Convivencia imperfecta

21/Ene/2015

La Diaria, Por Rosario Lázaro Igoa desde Amberes, Bélgica

Convivencia imperfecta

-¿Cuál es el contexto
europeo migratorio? ¿Por qué vemos manifestaciones islamófobas en Alemania y
atentados terroristas llevados a cabo por y contra ciudadanos franceses?
-Para comprender por qué
en Francia, en Holanda y en Bélgica hay movimientos islamófobos, por ejemplo, y
por qué en España no, hay que tener en cuenta la historia de las migraciones en
la Europa del siglo XX. En El País leí que en España los musulmanes se sienten
mucho más queridos que en el resto de Europa, pero allí la islamofobia forma
parte de la formación de la nación, que se construyó desde la base del rechazo
al Islam y al judaísmo. En España, las migraciones son recientes, de los años
90, y nunca fue un Estado de bienestar. La mayoría de los inmigrantes de
América Latina y del Magreb que llegaron a España no obtuvieron allí derechos
sociales, nacionalidad ni subsidio de paro, como sí lo hicieron los que
llegaron al norte de Europa.
-¿Podría explicar por qué
es distinto lo que ocurre en el norte de Europa?
-Las migraciones
mediterráneas hacia países europeos del norte comienzan después de la Segunda
Guerra Mundial. Frente a la necesidad de la reconstrucción, se llama a
trabajadores primero del Mediterráneo europeo y luego de Turquía y Marruecos.
Es una inmigración regular, con contratos de trabajo, en parte para la
industria minera. Los inmigrantes marroquíes en Francia, Bélgica y Holanda son
los últimos en venir. Llegan a partir de 1965 y, pocos años después, con la
crisis del petróleo en la década del 70 y la reconversión industrial, se
encuentran masivamente desempleados. A pesar del cierre oficial de las
fronteras a la migración económica y la falta de oferta de trabajo para mano de
obra escasamente o no cualificada, el número de inmigrantes marroquíes y turcos
no ha parado de crecer.
-¿Hay alguna
particularidad en el caso belga?
-Bélgica ha sido un país
con una legislación migratoria abierta y flexible, con leyes de reagrupación
familiar, de nacionalidad, y un sistema de ayudas sociales generoso. Esto
determinó que se transformara en un país de “llamada” de inmigrantes cuando las
fronteras ya estaban cerradas desde los 70. Además, cuando a finales de los 80
crecen los partidos de la extrema derecha xenófoba, se toman medidas para
facilitar la integración del extranjero, como el acceso a la nacionalidad, que
no han conducido al resultado deseado. Hoy en día, hay miles de personas sin
trabajo y sin capacitación. Son ciudadanos belgas musulmanes, que, aunque viven
relativamente bien con ayuda de subsidios, no ven un futuro ni se sienten
apreciados por la población en general. Los jóvenes que ahora se refugian en la
religión como fuente de autoestima se han educado en un entorno en el que los
padres no hablan la lengua, no saben los mecanismos del sistema y apenas han tenido
una experiencia laboral.
-¿Qué significan, en
términos de las políticas de cohesión social, los atentados del 7 de enero en
París, que tuvieron ramificaciones en territorio belga?
-Estamos frente al
fracaso de dos políticas de integración. Por una parte, la que exalta el
multiculturalismo, el fomento a que cada grupo hable su lengua, mantenga sus
costumbres, que es la línea de Gran Bretaña, Alemania, Holanda, Dinamarca y
Noruega, y que sabemos que no ha conseguido su objetivo. Por otra parte, está Francia,
proclive a la asimilación, cuyo modelo se basa en el consenso de que el francés
debe ser la lengua de todos, así como en los valores de igualdad, fraternidad y
libertad. Ante el problema de la diversidad, cualquier política, actual o del
pasado, ha tanteado entre esos dos modelos y se ha inclinado, según el momento,
hacia un extremo u otro.
-En este sentido, ¿cuál
ha sido la postura de Bélgica, el país que, en relación con su población, es el
que tiene más combatientes jihadistas en el extranjero?
-Bélgica es de por sí un
país multicultural, donde conviven belgas flamencos y francófonos, por lo que,
en realidad, debido al sistema político, las políticas de integración de cara a
la población inmigrante han sido dobles. Como han tenido que luchar para que se
respetaran sus derechos lingüísticos en la educación, la justicia y la
administración, los flamencos optaron por políticas multiculturalistas.
-¿Cuál era la idea detrás
de esas políticas?
-Se pensaba que el
fortalecimiento de las diferencias de cada grupo de inmigrante llevaría a la
emancipación, como ocurrió con el Movimiento Flamenco en tanto partido
político, que también coincide con la prosperidad de la región. Y ha sido lo
contrario. Pero vemos que el fracaso ocurre también en Francia, donde se exige
la integración mediante la asimilación a la cultura francesa, el manejo de la
lengua y la inserción en la laicidad. Hoy, muchos musulmanes ven una
contradicción entre la laicidad y el respeto de la libertad religiosa, cuando
es precisamente la laicidad la que en Europa ha puesto punto final a las
guerras de religión y ofrece el marco de convivencia en la diversidad.
-¿Cuál es la prensa fruto
de esta noción de laicidad?
-Charlie Hebdo es un
producto típico de este consenso laico sobre el que se fundamentan las
democracias europeas. No nos interesa siquiera saber si los colaboradores de
Charlie Hebdo son creyentes o ateos. Ejercen la sátira social de acuerdo con la
libertad de expresión y de prensa. Es justamente ése el puente que va demasiado
lejos a los ojos del Islam radical. Lo trágico de Europa es que el éxito que
está teniendo esta variante del Islam parece confirmar el fracaso de las dos
opciones de integración de minorías que conocemos.
-En este contexto, ¿cómo
se resuelve el dilema entre la tolerancia a la diversidad y el respeto a los
valores considerados fundamentales?
-La convivencia se torna
imposible si no se acepta que existen diferentes visiones en la sociedad.
Personalmente, no me gusta el humor hiriente, pero entiendo que es un fundamento
de nuestra sociedad democrática. Si no, seguiríamos viviendo en el Antiguo
Régimen. Voltaire criticaba a la religión católica, y sus críticas satíricas se
hicieron por un cambio hacia la tolerancia. Cuando en Europa pensábamos que se
habían acabado las guerras de religión, nos dimos cuenta de que una visión
intolerante de la religión está intentando ganar terreno con las armas. Los
islamistas quieren hacer creer a los musulmanes en general que la laicidad es
incompatible con el Islam e incluso un peligro. Es una visión que compromete
seriamente cualquier intento de integración y que no deja ningún margen para la
comunicación intercultural, ya que para esta visión sólo existe una verdad, la
islámica, que convierte al Islam en sinónimo de lo perfecto, eterno e infinito.
Cuando se entra al terreno de lo sagrado no hay margen de negociación ni
posibilidad de acercamiento. Y entonces no hay humor.
-¿Qué diferencias hay
entre la población musulmana en Francia y otras poblaciones también marginadas
que no poseen grupos radicales capaces de perpetrar ataques terroristas como el
del 7 de enero?
-Religión es, además de
creencia, religar, vincular, hacer una comunidad, y ninguna comunidad se hace
sin control social. Clifford Geertz ha observado que el Islam es una religión
relativamente sencilla, en la que la conversión no requiere grandes rituales ni
presencia de una autoridad. No hay una estructura jerárquica. En una época de
globalización, movilizaciones y redes, esto es una gran ventaja. Posee una gran
flexibilidad para el cambio de líderes espirituales, de lecturas, que conviven
a nivel local con un alto grado de control social. Además, como el
cristianismo, el Islam posee aspiraciones universalistas y la voluntad de
imponer su verdad única a la totalidad de la humanidad, aunque sea a la fuerza.
Estas características, sumadas al fracaso de la integración del inmigrante
musulmán, favorecen la existencia de grupos violentos.
-¿Cómo se ha vivido esta
radicalización en las ciudades?
-En este punto voy a
hablar como antropóloga pero también como ciudadana de Bruselas, de un barrio
multicultural con gran presencia musulmana. En Occidente se suele ver a la
población musulmana como un todo homogéneo, cuando en realidad hay grandes
diferencias internas. Por ejemplo, los marroquíes que llegaron como inmigrantes
en los 60 eran en su mayoría bereberes, de tradición suní, y practicaban un
Islam tradicional, moderado. Durante la crisis del petróleo, en la década del
70, Bélgica autorizó a Arabia Saudita, que no tenía ningún vínculo político ni
cultural con esta población inmigrante, a construir en Bruselas la primera gran
mezquita de la ciudad. Asimismo, los saudíes empezaron a tener control sobre
los musulmanes en Europa y a importar interpretaciones más radicales y conservadoras
del Islam, como el wahabismo. En los últimos años también ha habido influencia
de los Hermanos Musulmanes y una tendencia a la conversión al chiismo por parte
de marroquíes belgas de tradición sunita.
-En su libro Ni una gota
de sangre impura: la España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara
(Galaxia Gutenberg) propone que tales proyectos políticos e ideológicos
compartieron la “preocupación enfermiza por la cohesión social” a la que se
llegaría por medio de la “eliminación brutal de la diversidad étnica”. ¿Es
posible aplicar algunos aspectos de esa interpretación a la situación europea
actual?
-Desgraciadamente, el
islamismo radical de los atentados se parece a estos fenómenos. Es importante
partir de la base de que no todo musulmán es terrorista, así como no todos los
españoles cristianos en la época de la España de la Inquisición eran
fundamentalistas ni todos los alemanes de los años 30 y 40 eran nazis. En lo
que se puede establecer una comparación es en el uso que se hace de la religión
con motivos políticos y de disciplinamiento de la población en su totalidad,
con la intención de aniquilar cualquier disenso o diferencia. Estamos aquí
frente a un modelo simplista, con reglas que disciplinan absolutamente no sólo
la vida pública, sino también la privada, la misma estrategia que montó el
cristianismo durante la España inquisitorial. La fuerza emocional de una
religión es enorme sobre la población de creyentes, por lo que no se pueda
banalizar o subestimar el peligro que constituyen los islamistas para nuestras
sociedades.
-¿Hay alguna forma de que
los puntos que el terrorismo coloca como necesidades se consigan por la vía
democrática? ¿No habría también temor de que eso ocurriera?
-En relación con una
minoría como la de los musulmanes, lo que vemos es que la lista de
requerimientos fruto de la radicalización del Islam son infinitas. El problema
de la convivencia se hizo visible primero por la discusión del velo, pero no
terminó allí: muchos colegios se ven frente al hecho de que las alumnas
musulmanas se niegan a participar en la clase de natación, o de que existe una
negación a reconocer la autoridad de una mujer, como la maestra. Hay escuelas
de Amberes con mayoría musulmana donde ya se sirven exclusivamente comidas
halal –permitida por la sharia o ley islámica– a todos los alumnos, sean
musulmanes o no. Aun así, las denuncias de racismo contra esas escuelas son
constantes. Entonces, todo lleva a preguntarse dónde termina lo que se entiende
por religión. Al mismo tiempo, sentimos que como europeos nos estamos rompiendo
la cara contra nuestras palabras, es decir, que el concepto de religión, que
desde la Ilustración quedó relegado al espacio privado, íntimo, irrumpe
nuevamente en la esfera pública, lo que complica el consenso que existía antes
sobre la libertad de religión.
-¿Lo anterior tiene
consecuencias sobre la idea de nación?
-La nación es una idea
utópica de una identidad común, basada en elementos culturales compartidos,
como puede ser la lengua. El concepto moderno de nación se vincula en Europa
con los valores de la Revolución Francesa, que, al mismo tiempo, son el
fundamento de la convivencia en nuestras sociedades. En este marco moderno, la
religión queda relegada al espacio privado. Todos sabemos que incluso en el
caso de Europa, el estado-nación muchas veces es una ilusión. El estado belga
fue construido de forma artificial sobre esta ilusión, sabiendo que se trata de
un país compuesto por dos grandes comunidades lingüísticas. Actualmente, hay
una población musulmana con una presencia muy significativa a nivel nacional,
lo que viene a complicar la arquitectura estatal de Bélgica como supuesta
nación. Lo curioso es que ni siquiera sabemos cuál es el concepto de nación para
los belgas musulmanes, o cuál sería su equivalente en árabe. Constato que
seguimos manejando conceptos que creemos universales pero no lo son, como
emancipación, libertad, religión.
-En uno de sus trabajos
usted cita al sociólogo australiano Stephen Castles para apoyar la idea de que
la transculturación llevaría a un ideal de nación menos ligado a lo afectivo y
más a lo instrumental. De esta manera, ¿qué tipo de ciudadanos es el que
emerge?
-El error ha sido pensar
que el desarrollo de la sociedad con respecto al musulmán inmigrante o hijo de
inmigrantes sería lineal, hacia una meta final de integración. En el caso de
otras poblaciones eso ocurrió, pero hoy con parte de la población musulmana se
constata un camino reverso hacia un concepto de religión radicalizado. Esa
radicalización, como ya mencioné, no existía cuando sus padres, migrantes
marroquíes o turcos, llegaron a Bélgica en los 60 y 70. Son los hijos los que
están trayendo a casa interpretaciones más rigurosas del Islam que son fruto,
precisamente, del espacio de las imperfecciones de la convivencia europea.
-Cuando el papa
Francisco, días atrás, condenaba el tipo de humor empleado en Charlie Hebdo,
¿no estaba aplicando la religión al ámbito de la vida pública?
-Claro que un concepto de
la religión que abarca la totalidad de la vida, tanto privada como pública, no
está restringido al Islam, sino que también existe en el cristianismo. No
obstante, en Europa del Norte esta visión ya no es mayoritaria y, además, saben
que tienen que respetar las reglas del juego democrático. Existen intelectuales
musulmanes europeos, como Tariq Ramadan, que propugnan una lectura del Islam
compatible con la democracia, un Islam europeo –aunque en el caso de Ramadan se
ha dicho que tiene un discurso doble, según se dirija a una audiencia musulmana
o no musulmana–… Como toda población, el Islam tiene su ala extrema, aunque
lo nuevo es que en Europa no se limita al juego democrático e intenta imponer
su visión radical mediante la violencia.
-En su libro usted narra
la “fiesta de la vaquilla” en España, en la que el judío es ridiculizado. ¿Las
caricaturas de Mahoma realizadas desde Charlie Hebdo no tendrían un mecanismo
similar?
-Vemos que los mismos
símbolos que se usaron en la lucha entre moros y cristianos hace siglos surgen
ahora, como las cabezas de cerdo puestas en las mezquitas en protesta por los
atentados islamistas en Francia. Notamos cómo en la polémica actual surgen los
mismos símbolos para estereotipar a unos y a otros. Lo que denuncio en el libro
es la falta de conciencia en los españoles de que hay manifestaciones que
hieren, como la “fiesta de la vaquilla”. Puede ser legítimo denunciar estas
prácticas culturales ante la Justicia o en el debate público, pero en ningún
caso mediante actos violentos y terrorismo.
-¿La solución pasaría por
tener conciencia de que ese tipo de manifestación duele, pero seguir llevándola
a cabo?
-Sí, en democracia los
cambios se realizan mediante el debate, por eso fue un símbolo muy fuerte, en
el caso de Charlie Hebdo, el de la pluma o el lápiz frente a las armas de los
terroristas. Pero con el Islam el problema es que los radicales ya están
consiguiendo instaurar el miedo, y hoy en día nadie se atreve a un debate
democrático. Hay miedo, y eso es una realidad.
-¿Hay autocensura?
-Yo diría que sí. Holanda
es un caso paradigmático, ya que ha sido el primer país del norte de Europa en
sufrir asesinatos políticos por las críticas al Islam radical. Aun así, siempre
hay intelectuales o políticos holandeses que se atreven a ir contra la
corriente de lo políticamente correcto, contra el silencio frente a la deriva
del Islam radical. De hecho, en la ciudad de Rotterdam, donde Pim Fortuyn fue
asesinado cuando tenía la posibilidad de ganar las elecciones, el alcalde
actual es un holandés de origen marroquí que se atrevió a decir que los
islamistas que no se identifican con la sociedad holandesa deben marcharse. Eso
es algo inadmisible en el resto de Europa, y él se puede permitir decir eso
porque es musulmán y porque está en Holanda.
-En un artículo publicado
en Courrier International, el filósofo esloveno Slavoj Žižek sugiere que en el
mea culpa de una parte de la izquierda liberal occidental con respecto a los
atentados hay también una brecha para el fortalecimiento de la radicalización
del islamismo en Europa.
-No voto a la extrema
derecha, pero reconozco que si tiene tanto poder es porque la izquierda en
Europa nunca ha permitido el debate sobre la convivencia con el Islam, porque
la sola formulación de la pregunta ya era tomada como una acción racista. El
asesinato de Pim Fortuyn y luego el de Theo van Gogh fueron las primeras
manifestaciones de que este debate no se podía dar con el islamismo radical.
-¿Hay similitudes entre
el discurso de la extrema derecha de Le Pen y el del islámico radical?
-Es el mismo discurso.
Ambos lados sugieren que en nuestra sociedad se ha instalado un cáncer. La
imagen que se emplea para ilustrar el fenómeno es el primer paso para hacerlo
real. Es una imagen típica de cualquier discurso fascista o totalitario que se
arroga el poder de definir quién es el bueno y quién el malo, y a quién habría
que expulsar de la comunidad por ser diferente, ina- similable y un peligro
para la pureza de la “nación”. En ambos casos se trata de aniquilar las
diferencias y no aceptar la diversidad.