Occidentofobia

19/Ene/2015

El País, Álvaro Ahunchain

Occidentofobia

Había pensado titular
esta nota con el gracioso neologismo “conspiranoia”, por esa respuesta casi
adictiva de alguna gente a explicar la masacre de París, como un plan
sofisticado del mismo Occidente, para justificar sus desbordes imperialistas.
Pero elijo este otro
neologismo, “occidentofobia”, en respuesta a la popular preocupación por la
islamofobia que están generando estos hechos.
Quienes confunden islam
con islamismo, religión con fundamentalismo, desarrollan un odio por todo lo
musulmán que sirve de poco para entender la realidad. Paralelamente, en estos
días no faltan las voces que critican genéricamente a los credos religiosos
como fuentes de irracionalidad e intolerancia. El enfoque también es
equivocado: el problema nunca está en las religiones, como tampoco en las
revistas satíricas, el arte o la cultura. El cáncer es el fanatismo, que no es
privativo de los credos, sino que está presente en cualquier actividad humana.
El fundamentalismo de los
terroristas de París es el mismo que mueve a los neonazis alemanes de Pegida a
ultimar a un inmigrante por el color de su piel. El mismo de aquellos
barrabravas uruguayos que acuchillaron a un compatriota en una parada de
ómnibus, en presencia de su esposa e hijo. Quienes sustituyen su cerebro por el
Corán, la Biblia, el nacionalismo o una camiseta de fútbol, actúan igual:
avasallan los derechos del otro y lesionan valores típicamente occidentales
como el respeto a libertad y la tolerancia a la diversidad.
Como no debería existir
la islamofobia, tampoco debería darse lugar a esa paranoia conspirativa que
convierte a los gobiernos de Occidente en culpables de todas las atrocidades en
el mundo. Parece que para algunos no existieran Al Qaeda ni el Estado Islámico:
todo es siempre un tinglado montado por los Estados Unidos e Israel para
justificar ataques a países petroleros o por la industria armamentista sedienta
de utilidades.
El argumento es tan
simplista que se derriba con un soplido: desde el matón de Al Qaeda que salió a
anunciar a cámara su autoría intelectual de la masacre (¡no fuera cosa que las
teorías conspirativas le quitaran ese mérito!) hasta el macabro reporte diario
de decapitaciones, atentados suicidas utilizando niñas, ajusticiamientos a
homosexuales, mutilaciones femeninas y un etcétera interminable, delitos que
estos fundamentalistas no solo perpetran desde el poder, sino que los difunden
con un orgullo repugnante.
Está claro que el hecho
de que Occidente bombardee posiciones civiles es injustificable. La diferencia
está en que en nuestro sistema podemos voltear a los gobernantes autoritarios o
genocidas con la sola arma de nuestro voto. Es una lección básica que los
occidentófobos parecen haber olvidado. En su disculpa y justificación
permanente a los fanáticos, demuestran al fin y al cabo un complejo de
superioridad: “yo vivo en un país libre y los comprendo; estoy por encima de
ellos y los autorizo a equivocarse”, sin admitir que “ellos” no serán tan
amplios y permisivos si logran avanzar sobre el mundo libre.
Lo mismo decían algunos
tontos justificando al nazismo, al fascismo y al estalinismo, antes de que
hicieran temblar al mundo y realizaran los genocidios más grandes de la
historia.
Nunca tan vigente como
hoy la conocida cita de Bertolt Brecht: “Primero se llevaron a los judíos, pero
como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a los comunistas, pero
como yo no era comunista, tampoco me importó. Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó. Más tarde se llevaron a los
intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. Después
siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó. Ahora
vienen por mí, pero ya es demasiado tarde”.