La nena que le abría la puerta a Eichmann

22/Dic/2014

La Nación, Por Hinde Pomeraniec

La nena que le abría la puerta a Eichmann

Ella le abría la puerta
todos los domingos, ya era habitual. El hombre de abrigo y sombrero negro
llegaba por la tarde y se encerraba con su papá durante horas; ella los
escuchaba hablar; en realidad, escuchaba a su padre hacer preguntas y a ese
otro hombre responder. Que su padre preguntara era natural: era periodista.
Saskia Sassen, la más influyente teórica de la globalización, intelectual de
izquierda reconocida en todo el mundo y autora de libros como La ciudad global,
nació en Holanda y vivió gran parte de su infancia en Buenos Aires. Su padre,
Willem Sassen, era un periodista y actor de origen holandés, sí, pero también
se había alistado voluntariamente con las SS durante la invasión a la URSS, en
la llamada Compañía de Propaganda. El hombre vestido de negro a quien
entrevistaba todos los domingos cuando ella tenía unos diez años y a quien
Saskia le abría la puerta era Adolf Eichmann, el inventariador del nazismo.
Para Arendt, Eichmann,
responsable de la solución final, fue un eslabón de la cadena asesina, un
burócrata esclavo de la obediencia debida
En la casa de los Sassen
en Florida se reunían además miembros del círculo nazi local, entre ellos
integrantes de las SS que habían encontrado refugio en la Argentina y que
algunas veces se juntaban con Eichmann. Las visitas del responsable de la
logística de la muerte en los campos de concentración siguieron hasta su
secuestro por parte del Mossad israelí, en 1960, lo que derivó en el célebre
juicio y su posterior ejecución en 1962. Por entonces, Sassen -quien fue
sospechado de traicionar a Eichmann, aunque nunca pudo ser probado- vendió a la
revista Life parte de sus grabaciones. No mencionó su relación personal: dijo
que una vez lo había encontrado de casualidad en un bar. El nombre de Sassen
apareció en el famoso libro de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén (1963), que
narra el juicio y en el cual la filósofa acuñó su clásico concepto de
«banalidad del mal». Para Arendt, Eichmann, responsable de la
solución final, fue un eslabón de la cadena asesina, un burócrata esclavo de la
obediencia debida.
Sin embargo, otra
filósofa llegó para contradecir a Arendt. En su ensayo Eichmann before
Jerusalem, Bettina Stragneth explora la etapa argentina del genocida y pone el
foco en las grabaciones de Sassen (muerto en 2001), a quien describe como
«corresponsal de guerra, novelista, actor y bon vivant». En una de
esas cintas es donde Eichmann pronuncia frases como ésta: «Si de los 10,3
millones de judíos hubiéramos matado a 10,3 millones, me sentiría satisfecho y
podría decir: «Dios, hemos destruido al enemigo»». Quien habla no parece
un operario desangelado, sino un perfecto asesino. Un asesino frío y
calculador, alejado de toda forma del arrepentimiento.
Hace unos días, el
prestigioso sitio estadounidense www.chroniclecareers.com publicó una nota
titulada «El capítulo perdido de Saskia Sassen». El periodista Marc
Parry visitó a Saskia Sassen (67) en su departamento de Nueva York y
conversaron sobre este punto de su vida, que, aunque no es negado por ella,
suele ser tratado de manera particular. Explico mejor: el asunto -su infancia,
su padre, el nazismo- no aparece en sus escritos más biográficos y suele
negarse a tratarlo en simultáneo con cuestiones vinculadas a sus libros, aunque
sí ha participado en algunos documentales y ha dado testimonio como hija del
propagandista del nacionalsocialismo. A diferencia de lo que señala el título
de la nota, no parece que se trate de un capítulo perdido de su vida, sino más
bien de una separación voluntaria, una manera de compartimentar su vida y de
lidiar con semejante conflicto. Como si dijera «Sí, soy hija de un nazi y
también soy una intelectual de izquierda. Puedo ser ambas cosas».
Para Saskia, quien no
niega la fascinación de Willem por las ideas de Hitler, lo prioritario en su
padre era ganar dinero y subsistir. Fue un fanático alineado con los nazis,
pero fue básicamente un amante del periodismo y del teatro, recuerda, y los «ridículos
textos» que escribía como vocero del círculo local de nazis eran un modo
de «tener un ingreso». En casa desde temprano hubo enormes
diferencias: «Éramos como dos pequeños titanes teniendo un montón de
debates políticos (…) Estábamos completamente en desacuerdo», dijo la
mujer, que a los 12 años se proclamó comunista y que en cuanto pudo se fue a
estudiar al extranjero.
Es delicado tener que
defender a las personas que amamos de cosas horribles. El amor no
necesariamente va de la mano con la honorabilidad ni con la decencia. En la
Argentina lo vivimos con claridad cada vez que escuchamos a hijos apropiados
durante la dictadura decir que, aunque condenan a sus padres adoptivos y no
pueden perdonarles lo que les hicieron, no por eso dejan de amarlos. A los
padres no se los elige: todos podemos ser hijos de un canalla o de un asesino.
No puede haber sido fácil para Saskia, una persona preocupada por los efectos
económicos en el mundo real, una mujer que puso siempre el foco en los
migrantes, los desplazados y los desfavorecidos, llevar esta tremenda mochila
en su espalda.