El temor a los judíos como componente esencial del antisemitismo

01/Dic/2014

Nueva Sion, José Alberto Itzigsohn

El temor a los judíos como componente esencial del antisemitismo

En el último tiempo,
vemos un aumento del antisemitismo, tanto en sus formas más agresivas con ataques
físicos a judíos e instituciones judías, como en formas más insidiosas como
películas en las cuales aparecen personajes judíos con estereotipos negativos.
No incluyo en forma
automática en las manifestaciones antisemitas a las críticas que se llevan a cabo
ante la política del gobierno de Israel. En algunos casos, sí se pueden
percibir formas claras o solapadas de antisemitismo; en otras no, y tienen una
base ética y o política, como la continuidad de la política de ocupación y sus
consecuencias. Valgan como ejemplo de críticas objetivas, las que se realizan
en el propio Israel y que provienen, muchas veces, de personas cuyos
antecedentes excluyen toda sospecha de antisemitismo o negación del derecho a
la existencia del Estado de Israel.
De todos modos, en la
actualidad el antisemitismo está a la orden del día, la ocultación vergonzante
del antisemitismo de veinte años atrás ha desparecido, y ahora muestra su
verdadero rostro. Esto hace que debamos seguir profundizando en sus causas. Una
de las causas principales del antisemitismo es el temor a los judíos. Fenómeno
conocido y estudiado pero no agotado.
A los judíos del común,
se nos hace muy difícil comprender ese miedo. Al fin de cuentas nosotros mismos
y los grupos familiares que nos rodean, somos seres falibles, pero no nos
podemos sentirnos como temibles. Sin embargo, el espectro del temor hacia
nosotros nos ha acompañado desde el
comienzo mismo de nuestra dispersión. El miedo al extraño, la xenofobia,
existió y existe a lo largo y lo ancho de la humanidad, incluyéndonos, por
supuesto, a nosotros los judíos, que a pesar de haber sido víctimas seculares
de la misma, no estamos exentos de ese mal.
Todo miedo al extraño
puede tener componentes reales y componentes fantaseados, vinculados a nuestros
mecanismos psicológicos más profundos. En este trabajo me referiré a dos de
ellos. Uno es el mecanismo psicológico de escisión y proyección, por el cual
nos ocultamos a nosotros mismos algunos de los aspectos más temidos de nuestra
personalidad y se los adjudicamos a otros, especialmente cuando se trata de un
colectivo humano que se nos presenta como un objetivo relativamente fácil e
históricamente adecuado para eso.
El segundo mecanismo es
la tendencia a estructurar nuestro entorno de acuerdo a una escala de valores
de los distintos grupos humanos, colocando a nuestro propio grupo en un lugar
prominente de esta escala, lo cual asegura una imagen valorada de nosotros
mismos. Este mecanismo, iniciado tempranamente en la historia del pueblo judío,
puede interpretarse por la posición del «otro» que clasificaba al
judío, y además, coincidentemente por circunstancias de peligro comunal o
personal, cuyo origen podía adjudicarse al judío. La persistencia histórica de
esa conjunción determinó la creación de leyendas y creencias que fueron
afirmándose a lo largo de siglos.
Esta consolidación
estableció falsamente su verdad. En la estructura social de muchos países,
están al alcance de la población y se manifiestan metafóricamente en
producciones literarias y empresas políticas. Con frecuencia, los judíos
estamos colocados en un lugar ambiguo en esa escala. Por un lado, muchas veces
se nos considera inteligentes, pero con una inteligencia que puede ser
malintencionada, ya sea por factores genéticos como lo afirmaba el nazismo y lo
afirman sus continuadores, o por factores históricos distorsionantes.
Inclusive, muchas personas bien dispuestas hacia amigos judíos concretos,
pueden mantener el recelo de que en los judíos, no ya en particular, sino en
general, existe un surplus de tendencia hacia el mal. Nos dirán, hay judíos
buenos, pero el judío, cuando es malo, es peor… Personalmente he oído esta
expresión en boca de personas pertenecientes a toda la gama del espectro
político.
Otro componente del temor
es el valor otorgado a los ritos de pasaje, que en la cosmovisión del mundo de
cada grupo sirven para controlar tendencias arcanas amenazadoras del ser
humano. La ejecución de estos ritos permitiría la incorporación del individuo a
una grey determinada, con la seguridad de su pertenencia a la misma y
garantizaría una conducta aceptable para el grupo. Este es valor del bautismo
entre los cristianos que los liberaría del pecado original. En el caso de los
judíos, la circuncisión sella un pacto de alianza con la divinidad. Para cada grupo,
el rito del otro carece de valor y marca una frontera diferencial que aumenta
el recelo.
Así hemos andado por el
mundo los judíos, interactuado bien o mal con personas que nos temían y nos
odiaban por extraños. Hemos sido excluidos en guetos, obligados a usar
vestimentas especiales, expulsados de un país a otro, acusados de envenenar los
pozos en las grandes epidemias, acusados de cometer crímenes rituales, hemos
sido quemados vivos en la hoguera, sujetos a pogromos, gaseados, etc. Y paro de
contar.
Las racionalización de
esas conductas fueron múltiples. Desde la época de la Ilustración, en la cual
los judíos comenzamos a integrarnos en la sociedad cristiana, hubo quienes
afirmaban que el antisemitismo no es un mal, sino una necesidad, incluso una obligación,
para defenderse de la actividad disolvente de los judíos y su amenaza contra la
cultura o el componente genético de los pueblos. Las consecuencias de este tipo
de pensamiento son de todos conocidas.
Por otra parte, dentro de
nuestra experiencia histórica judía, también se generaron sentimientos
negativos frente a los otros que hoy en día se expresan, en especial, en el
conflicto israelo-palestino.
Por otra parte, cuando
oigo la queja de: “Cómo es posible que Uds., los judíos, que han sufrido tanto
proceden de tal o cual manera frente a otros”, me pregunto si el sufrimiento
extremo y la humillación son la mejor escuela para desarrollar el humanismo, o
si los humillados y oprimidos no desarrollan, en algún momento, formas de
violencia extrema.
No justifico esa
violencia, pero tenemos que analizar su origen. Pensemos por un momento en la
mala conciencia que se ha desarrollado, más no fuera de manera inconsciente, en
quienes perpetraron y perpetran atrocidades frente a los judíos y otros, y el
temor de que la víctima puede en algún momento tomar venganza. Ese temor
aumentará cuando la víctima cobra fuerza y pasa de ser un ser despreciado a ser
un ser temido. Eso ocurrió con los judíos en Europa, cuando comenzaron a dar
muestras de capacidad organizativa, como fue el caso, por ejemplo, con el
Primer Congreso Sionista en Basilea, a fines del siglo XIX. La respuesta no se
hizo esperar, en la forma de los famosos Protocolos de los Sabios de Sión,
pergeñado poco después por la policía secreta zarista, y en la cual el fantasma
vengativo de los judíos tomó forma en la fantasía de que intentaban dominar al
mundo, usando armas tan antitéticas como el capitalismo y el comunismo. Ambas
formas disgregadoras de lo que quedaba de los valores de la sociedad
tradicional, sacudidos en sus cimientos desde la Revolución Francesa.
La fantasía, ligada a la
culpa, consciente o inconsciente, hipertrofia el peligro, Eso ha pasado y pasa
con los judíos, pasa también con la islamofobia de la que somos testigos hoy en
día, pero volviendo a nuestro tema central, el antijudaísmo (expresión más
precisa hoy que la de antisemitismo), veremos que la creación del Estado de
Israel, que en la esperanza de muchos
judíos y no judíos estaba destinado a hacer desparecer el antisemitismo, no lo
ha logrado. No me refiero aquí al antijudaismo musulmán, que ha existido a lo
largo de siglos y se ha realimentado con elementos del antijudaismo europeo, si
bien nunca alcanzó los extremos del mismo. Ese antijudaísmo ha sido exacerbado
por el conflicto israelo-palestino y por las reiteradas guerras y actos de
violencia recíprocos que ese conflicto ha engendrado. Aquí me refiero más a la
actitud de una parte importante de la población europea y americana.
Los países que en 1947
votaron por la creación de Israel, pensaron que de esa manera podrían exorcizar
los fantasmas de su mala conciencia, especialmente después del Holocausto, pero
una experiencia histórica tan traumática no se resuelve con un gesto. Y esa
frustración exacerba al temor. Israel es hoy un campo de batalla
ideológico-político entre sectores muy traumatizados cuyos temores y heridas
son revividas de continuo por los factores políticos ultranacionalistas y
religiosos mesiánicos y por amenazas apocalípticas del exterior, y la gente que
quiere vivir y coexistir en paz con los árabes y crear en todos los órdenes de
la vida, de cuya posibilidad la población de Israel ya ha dado muestras.
La derecha israelí
utiliza aspectos traumatizantes de nuestra historia para justificar acciones
frente a quienes consideran que amenazan nuestra existencia o la realización de
nuestro destino, justificando así actos como la ocupación, pero no toman en
cuenta los mecanismos psicológicos que esa violencia desencadena en el muchas
partes del mundo, su influencia sobre el antijudaísmo y el peligro potencial
que eso significa para la misma subsistencia de Israel y de su estructura
democrática.
Es común escuchar en
Israel la defensa de que hay hechos actuales mucho peores que los nuestros y
ellos no provocan las reacciones adversas que nosotros sufrimos. Pobre defensa
desde ya, pero es que ningún otro país está en el foco de tensiones políticas y
psicológicas como en el caso de Israel. La toma de conciencia de esa situación
específica debe llamar a la prudencia. Israel, por supuesto, tiene el derecho a
sobrevivir y defenderse, pero sus dirigentes debieran tomar conciencia de la
atención especial, de los temores y exigencias específicas de parte del mundo
ante nosotros, y actuar en todo momento con la máxima cautela posible, por
razones humanas, de psicología histórico social y políticas. Un área en la cual
esa prudencia debiera ser extrema, es el área de Jerusalén, por su gran valor
simbólico y emocional, para los mundos musulmán, cristiano y judío.
Una consideración final.
Me he referido a las reacciones ante el islamismo extremo, cuyos orígenes
difieren mucho de la experiencia histórica judía, pero si analizamos los
argumentos que se usan frente a la población musulmana de Europa en general,
veremos que incluye muchos que se han usado contra los judíos: como que
proliferan de una manera vertiginosa, que cambian el carácter del medio social,
que cambian el paisaje, que no se asimilan y que constituyen una amenaza para
los países huéspedes. Para quienes tenemos memoria de los argumentos que el
antisemitismo usó y usa contra los judíos, hallamos una gran similitud. La
xenofobia es única y en este caso no es vigente el dicho de que el enemigo de
mis enemigos es mi amigo. El enemigo de mi enemigo de hoy, es también mi
enemigo de ayer y de mañana. Podemos condenar las formas del islamismo extremo,
pero debemos cuidarnos del antiislamismo y del antipalestinismo generalizados,
así como debemos cuidarnos del antijudaismo.