Un reiterado sentimiento
que actualmente envuelve a menudo las discusiones sobre la cuestión
israelí-palestina es el imperativo de evitar que el conflicto se convierta en
«religioso». Este sentimiento, que garantiza que las personas
ilustradas y liberales asienten con sus cabezas, se destaca incluso dentro del
abarrotado y competitivo campo de las expresiones ridículas de la ignorancia
histórica halladas en la discusión sobre la cuestión palestino-israelí.
Este sentimiento está
vinculado a la reciente ola de ataques terroristas en Jerusalén, que son el resultado
de las declaraciones palestinas de que Israel está tratando de alterar el
«statu quo» en el Monte del Templo. Según esta teoría, hasta ahora,
el conflicto había sido principalmente acerca de reclamos rivales sobre la
propiedad de la tierra y la soberanía, pero en este momento está en peligro de
convertirse en «religioso», y por lo tanto de volverse aún más
intratable. Por lo que esto debe evitarse.
La realidad objetiva
indica que el conflicto entre los judíos y los árabes musulmanes sobre las
tierras situadas entre el río Jordán y el mar Mediterráneo ha sido, desde sus
inicios, inseparable de la «religión».
Del lado árabe /
palestino / musulmán, los recientes acontecimientos en el Levante
(específicamente en Siria e Irak) deberían habernos enseñado cuán endebles y
contingentes son las supuestas identidades «seculares nacionales» de
las poblaciones locales. Estas identidades han sido ahora eclipsadas en gran
medida ahora, y reemplazadas por rótulos de lealtad sectaria, étnica y
religiosa. Como profesor el Mordechai Cedar lo señaló en un artículo reciente,
no hay razón para pensar que una identidad nacional «palestina» sea
más fuerte o más duradera que cualquiera de estas construcciones vecinas.
Esto no significa, por
supuesto, que la población árabe parlante de la zona no se moviliza para la
lucha. Los acontecimientos de los últimos días sugieren un compromiso asesino
para el combate. El motor de este compromiso, sin embargo, es religioso.
El motor es la
determinación de evitar que los judíos de una forma o de otra, aunque sea muy
leve, infrinjan la situación de facto de la dominación árabe musulmana de la
zona del Monte del Templo / Haram al Sharif. Este compromiso no es un nuevo
desarrollo; de hecho ha sido el motor a lo largo del conflicto.
Los primeros grandes
casos de violencia musulmana árabe contra los judíos en el siglo XX estuvieron
relacionados con esta misma área. En 1929, fue precisamente un intento de los
judíos de hacer valer sus derechos de oración en el Muro Occidental (conocido
en el mundo gentil como Muro de los Lamentos) lo que condujo a una furiosa
reacción árabe y musulmana. Esa reacción desencadenó la masacre de más de un
centenar de judíos y la destrucción de la antigua comunidad judía de Hebrón.
La supuesta amenaza a las
mezquitas en el Haram al Sharif y el presunto deseo de los judíos de construir
el Tercer Templo continuaron formando un elemento básico de la propaganda árabe
en contra de los sionistas en los años treinta y cuarenta. Este fue el momento
en que el naciente movimiento «nacional» palestino era dirigido por
un hombre que sostenía una posición de autoridad religiosa: el Mufti de
Jerusalén, Haj Amin al Husseini.
Esta centralidad de la
religión continuó disparando los diversos movimientos que luchan contra Israel.
El mismo nombre «Fatah», por ejemplo, que a menudo es descrito –
absurdamente – como un movimiento «secular», es un término religioso.
«Fatah» es un término árabe que significa literalmente
«abrir», pero utilizado en contexto significa «conquistar una
tierra para el Islam».
El papel central de la
religión en este conflicto ha servido para evitar la eventual renuncia y el
compromiso con la presencia de Israel, que predijeron muchos antiguos líderes
sionistas. Esta predicción se basaba en conflictos nacionales similares en
otros lugares, donde después de un período de lucha ambas partes se agotan,
resuelven sus diferencias, y cierran un acuerdo.
Pero los sentimientos
religiosos consiguen que no se llegue al agotamiento.
Y en el caso de Israel y
sus enemigos árabes musulmanes, la energía central en el lado árabe es la de
una furia religiosa – la sensación de que el restablecimiento de la soberanía
judía en algunas partes de la tierra antiguamente gobernada por los musulmanes
constituye un crimen contra Dios. Un delito de este tipo no puede ser perdonado
ni se puede llegar a un compromiso.
En un reciente artículo
en el sitio web de Hamas expresando su apoyo a los recientes ataques
terroristas, el columnista palestino Dr. Issam Shawer resumió la cuestión de
una manera sucintamente admirable:
“Sostenemos, y creemos,
que nuestra batalla contra el ocupante es fundamentalmente religiosa, no
geográfica, histórica o económica.
Allah, el alabado,
mencionó [en el Corán] nuestro conflicto [actual] con el ocupante, cuando le
dijo a sus siervos que ingresarían a la Mezquita de Al Aqsa, como entraron la
primera vez, y nos dijo [también] que todo lo que «Israel» ha
construido con el objetivo de establecer su frágil entidad será destruido. …
Por lo tanto, debemos dejar de argumentar que nuestra batalla contra el enemigo
es política, librada en el ámbito de la ONU, el Consejo de Seguridad, o
mediante negociaciones. Todas esas tonterías contradicen el Corán y el Hadiz”
(Traducción de MEMRI).
Shawer comprende la
dinámica del conflicto mucho mejor que la mayoría de los observadores
occidentales.
Por el otro lado, la idea
judía del «retorno a Sión,» la reconstrucción de Jerusalén, y la
renovación de los días de antaño están profundamente arraigadas en la tradición
religiosa judía e inseparable de ella.
El sionismo moderno puede
haber sido de naturaleza secular, pero extrajo de esas fuentes de la
auto-percepción judía.
La diferencia, a través
del tiempo, ha sido que los judíos han demostrado, desde el inicio de la lucha
moderna, la voluntad de aceptar los planes políticos que proponen la partición
de la tierra en discusión: en 1937, 1947, 2000, y 2008. El bando árabe musulmán
ha demostrado que no tiene una capacidad similar.
La auto-percepción judía
es la de una nación pequeña, cautelosa, insegura, a la defensiva.
La identidad árabe
musulmana sunita, por el contrario, se basa en el triunfo y la conquista como
el estado natural de las cosas, ahora acompañada por el humillante, y
desconcertante estado actual de fracaso y sometimiento. De ahí la enorme rabia
asesina en el estado actual de la derrota frente a un pueblo visto como
naturalmente subordinado: los judíos. De allí, la absoluta negativa a aceptar
el veredicto aparente de la historia, y el más reciente intento furioso
desalojar al enemigo.
La religión,
específicamente el Islam suní político, está liderando, como lo ha hecho en
todos los intentos anteriores. No muestra ningún signo de quedarse sin energía,
a pesar de los escasos resultados hasta ahora. Un profundo sentido de su propia
superioridad y la inevitabilidad de su eventual victoria orientan a sus
adherentes. Ya es hora de que los numerosos observadores occidentales obsesivos
de este conflicto comprendan la fuerza motriz religiosa y esencial. La religión
política, específicamente el Islam político suní, yace en su centro. Siempre ha
estado allí.
¿Cuál es el motor del conflicto “israelí-palestino”?
28/Nov/2014
Aurora, Jonathan Spyer