El pueblo judío ha
construido su identidad mediante un Libro. Es algo insólito y asombroso, que
revela la profunda relación entre el ser humano y las palabras. La identidad de
cristianos y musulmanes también se ha forjado a partir de un texto, pero
siempre existió un espacio geográfico y político que permitía consolidar las
creencias y normalizar la vida comunitaria. Por el contrario, los judíos
carecieron durante siglos de un suelo y unas instituciones que salvaguardaran
su existencia como pueblo. De ahí que la Torá y el Talmud se convirtieran en la
patria real y simbólica de una comunidad hostigada, segregada y maltratada, a
veces hasta el exterminio. A pesar de la diáspora, los pogromos y la Shoah, el
puedo judío ha llegado hasta nuestros días, logrando constituirse como Estado.
Amos Oz (Jerusalen, 1939)
y su hija, la historiadora Fania Oz-Salzberger, han recreado esta inaudita
peripecia, señalando que incluso los ciudadanos israelíes escépticos y
descreídos -ambos se declaran “ateos del Libro”- no pueden pensar en sí mismos,
sin invocar la Biblia hebrea, una obra que interpela con el mismo vigor a
ortodoxos, ateos o heterodoxos.
Ser judío significa amar,
negar, relativizar o cuestionar las enseñanzas de profetas y rabinos. En el
interior de cada judío, hay una biblioteca, salvo que la asimilación voluntaria
o forzosa haya borrado su pasado textual. Esa circunstancia no es fruto del
azar, sino de “un linaje de alfabetización”. Las familias judías han instruido
desde muy temprano a sus hijos, pero no se ha tratado de una educación
inflexible y dogmática, sino abierta y discursiva. Amos y Fania no ocultan la
carga de intransigencia del judaísmo. De hecho, apuntan que el callejero
israelí no incluye el nombre de Baruch Spinoza, excomulgado en 1656 por la
comunidad judía de Ámsterdam por atribuir al ser humano y no a Dios la
composición de la Biblia.
Sin embargo, los actos de
intolerancia no han logrado extinguir la tradición de polemizar con los
maestros, retando a su ingenio para resolver paradojas y objeciones. Esa
costumbre ha actuado como una garantía de “innovación intelectual”, manteniendo
un espíritu dialéctico semejante al de la pregunta socrática, siempre
beligerante e insatisfecha. Para los judíos, “el mundo entero es un texto”.
Esta frase, que habría agradado a Borges, explica la pasión por saber, desvelar
e interpretar. La exégesis es lo genuinamente humano, pues no es posible
contender con lo real y textual sin esbozar un ejercicio hermenéutico. Hemos
“sustituido la fe por el asombro”, afirman Amos y Fania, evocando el impulso
matriz de la filosofía, al menos según las palabras de Aristóteles, que al
inicio de la Metafísica proclama: “los hombres comienzan y comenzaron siempre a
filosofar movidos por el asombro”. Algunas traducciones prefieren hablar de
admiración o perplejidad, pero con independencia de las cuestiones filológicas
-en absoluto, menores o despreciables- parece indiscutible que el judaísmo es
una incansable búsqueda de la verdad. “¿Por qué razón habría de importarnos que
las historias bíblicas sean hechos o parábolas? […] Los buenos relatos
encierran su propia forma de verdad”.
Los judíos y las palabras
es un libro valiente, agudo e irreverente, que no elude ningún tema. En sus
páginas se abordan los aspectos más espinosos de la historia judía: el papel de
la mujer, la incontinencia verbal, el humor, el sentimiento de culpabilidad, la
neurosis, el sexo. Auschwitz apenas ocupa unas líneas, pero se deja muy claro
su carácter de hito trascendental, que destruye la concepción circular del
tiempo presente en el Eclesiastés. Después de la Shoah parece obsceno escribir:
“nada nuevo hay bajo el sol”.
Se ha dicho que el judío
es el Otro, el Extranjero. No es falso, pero Amos y Fania proponen una
definición más modesta. El judío es “un hombre de libros, un itinerante morador
del mundo”. Creo que es una fórmula feliz y acertada. Solo añadiría una cosa.
La idiosincrasia judía no es algo acabado, sino un proceso que continúa y que
no excluye a los gentiles, pues como escribió Lévinas somos “rehenes” del
existir ajeno y no es posible “escapar a la llamada del prójimo”, sin caer en
lo inhumano. Si olvidamos que somos el guardián de nuestros hermanos,
desperdiciaremos la enseñanza fundamental del judaísmo.
Los judíos y las palabras
02/Oct/2014
El Cultural, España, Por Rafael Narbona