Reaparece el antisemitismo

23/Sep/2014

El País, España, Shlomo Ben Ami

Reaparece el antisemitismo

Cuesta entender que
200.000 muertos en Siria pesen menos que 2.000 palestinosLa última guerra de Israel en Gaza resonó en
las capitales de Europa de una manera poderosa y destructiva. En Berlín,
Londres, París, Roma y otras partes, Israel está siendo denunciado como un
“Estado terrorista”. Manifestantes iracundos quemaron sinagogas en Francia y,
en Alemania, hubo quienes llegaron a cantar: “¡Judíos a la cámara de gas!”. El
entronque grotesco de la solidaridad legítima con Palestina y la diatriba
antijudía parece haber dado lugar a una forma políticamente correcta de
antisemitismo; algo que, 70 años después del Holocausto, está alimentando el
espectro de la noche de los cristales rotos en las comunidades judías de
Europa.
A los israelíes les
cuesta entender por qué cinco millones de refugiados y 200.000 muertes en Siria
tienen mucha menos gravitación en la conciencia occidental que los 2.000
palestinos asesinados en Gaza. No llegan a comprender por qué los manifestantes
europeos pueden denunciar las guerras de Israel y calificarlas de “genocidio”,
un término que nunca se aplicó a la hecatombe siria; el arrasamiento de Grozny
por parte de Rusia; las 500.000 víctimas en Irak desde la invasión liderada por
Estados Unidos en 2003; o los ataques aéreos estadounidenses en Afganistán y
Pakistán.
A decir verdad, la
respuesta es simple: definir los pecados de Israel en términos tomados del
Holocausto es la manera justificada que encuentra Europa para deshacerse de su
complejo judío. “El Holocausto”, como escribió Thomas Keneally en El arca de
Schindler, “es un problema gentil, no un problema judío”. O, como bien bromeara
el psiquiatra Zvi Rex, “los alemanes nunca perdonarán a los judíos por
Auschwitz”.
No se puede negar que la
agonía de Gaza es un desastre humanitario. Pero ni siquiera le pisa los talones
a otras crisis humanitarias de las últimas décadas, incluidas las de la
República Democrática del Congo (RDC), Sudán, Irak y Afganistán. De hecho, desde
1882, todo el conflicto árabe-judío-israelí ha generado apenas la mitad de la
cantidad de víctimas que Siria arrojó en sólo tres años. Desde 1950, el
conflicto árabe-israelí ocupa el puesto 49 en términos de víctimas.
La Franja debe buscar un
acuerdo político y económico con Israel que reprima la tentación de la guerra
Esto no se condice con la
denigración global de Israel que está sofocando las críticas legítimas. Cuando
otros países flaquean, sus políticas son cuestionadas; cuando el comportamiento
de Israel es polémico o problemático, se ataca su derecho a existir. Hay más
resoluciones de las Naciones Unidas dedicadas a los abusos a los derechos
humanos cometidos por Israel que a los abusos de todos los otros países juntos.
Las historias sobre
Israel se centran casi exclusivamente en el conflicto palestino. Joyce Karam,
el jefe de la oficina de Washington del periódico panárabe Al-Hayat, cree que
esto se debe a que “un musulmán que mata a otro musulmán o un árabe que mata a
otro árabe parece más aceptable que Israel mate a árabes”. Las víctimas sirias,
libias y yemenitas no tienen rostro. A las víctimas de Gaza, muchísimas menos
en comparación, se las idolatra y eso las torna únicas.
Esto no quiere decir que
deba consolarse a Israel por la aritmética macabra del derramamiento de sangre.
La hipocresía de algunos de los críticos de Israel de ninguna manera justifica
su usurpación colonial de territorio palestino, lo que lo convierte en el
último país “occidental” desarrollado que ocupa y maltrata a un pueblo no
occidental. La mayoría de los conflictos de hoy —en Colombia, Somalia, la RDC,
Sudán y ahora incluso Irak y Afganistán— son internos. Hasta una potencia
importante como Rusia se enfrenta a sanciones en señal de castigo por negarse a
poner fin a su ocupación de un territorio extranjero.
El enfrentamiento de
Israel con Palestina representa un drama particularmente imperioso para
Occidente. La historia de Israel se extiende mucho más allá del conflicto
actual, para referirse a una simbiosis extraordinaria entre el legado judío y
la civilización europea que culminó en calamidad. Desde su nacimiento, Israel
ha soportado las cicatrices del peor crimen cometido alguna vez en suelo
europeo. La penuria de los palestinos —las víctimas del triunfo del sionismo—
toca otro punto neurálgico en la mentalidad europea.
De todas maneras, la
tragedia palestino-israelí es única. Es una odisea que atrapa a dos naciones
con reclamos mutuamente excluyentes de tierras sagradas y santuarios religiosos
que son centrales en las vidas de millones de personas en todo el mundo.
También es una guerra de
imágenes en conflicto, en las que ambas partes reivindican un monopolio de la
justicia y del martirio. La persecución judía, y la manera en que el sionismo
la utilizó, se ha convertido en un modelo para el nacionalismo palestino.
Clichés como “exilio”, “diáspora”, “Holocausto”, “regreso” y “genocidio” hoy
son un componente inextricable del etos nacional palestino
Cabe destacar que el
Holocausto no le da a Israel inmunidad ante las críticas, ni cada ataque a las
políticas de Israel se puede desestimar como antisemita. El Israel del primer
ministro Benjamín Netanyahu es percibido, y con razón, como un Estado de statu
quo que aspira a tenerlo todo: un control continuo y colonización de los
territorios palestinos, y una “calma por calma” de los palestinos.
Pero el control de Hamás
dentro de Gaza es igualmente problemático. Para poner fin a su coqueteo fatal
con el yihadismo y fomentar la estabilidad, Gaza debe buscar un acuerdo
económico y político con Israel que reprima la tentación de la guerra. De la
misma manera que la recuperación de las ciudades egipcias a lo largo del Canal
de Suez, tras la guerra de Yom Kippur en 1973, allanó el camino para una paz
entre Israel y Egipto, una Gaza próspera serviría a los intereses de todas las
partes involucradas, empezando por Israel.
Shlomo Ben-Ami fue
ministro de Relaciones Exteriores de Israel y hoy es vicepresidente del Toledo
International Center for Peace.