Once de setiembre: Trece años después, el enemigo yihadista seguía ahí

11/Sep/2014

ABC, España, GUILLERMO D. OLMO / MADRID

Once de setiembre: Trece años después, el enemigo yihadista seguía ahí

Eran las 8.46 de la
mañana en Nueva York cuando un Boeing 767 de American Airlines se empotraba
contra la torre norte del World Trade Center. Era el inicio de una pesadilla
que dejó casi tres mil muertos y que la historia recordaría como los ataques
del 11-S. El mundo nunca volvió a ser el mismo.
Hoy se cumplen trece años
de una matanza que supuso el comienzo de una nueva era en el orden mundial, un
seísmo cuya onda expansiva alcanza la actualidad, y la amenaza del odio
islamista contra los Estados Unidos y el Occidente liberal se mantiene. Ahora
con renovado brío en el sanguinario impulso del Estado Islámico (EI) y sus
matarifes de vídeo casero.
El aniversario de los
atentados llega el día después de que el presidente Obama, un anónimo miembro
del Senado de Illinois aquel septiembre de 2001, haya hecho público su plan
para combatir al EI, un desafío que recuerda que en este tiempo el enemigo
yihadista habrá cambiado de cabecillas y de siglas, pero no ha desaparecido.
Muchas cosas han pasado
en estos trece años. El entonces presidente George W. Bush reaccionó al zarpazo
terrorista declarando su «guerra contra el terror», bajo cuya égida Washington
lanzó las invasiones de Afganistán e Irak, intervenciones en las que se dejó
las vidas de miles de sus militares, cantidades ingentes de dinero y gran parte
de su crédito internacional. Fue una lucha cruenta que resucitó en los
norteamericanos los fantasmas de Vietnam y que trasmitió una imagen arrogante
de la Administración Bush en el exterior.
Los estadounidenses se
acostumbraron en aquellos años a las escenas de los cadáveres de sus jóvenes
volviendo a casa en bolsas de plástico y a las de Bin Laden y su curtido
Kalashnikov. Mientras, en paralelo a las guerras de Bush, al árbol terrorista
de Al Qaida le brotaron esquejes por doquier. Surgieron filiales como Al Qaida
del Magreb Islámico, Al Qaida en la Península Arábiga, Al Shabab en Somalia o
el Frente Al Nusra en Siria, y sus seguidores regaron de sangre lugares tan
distantes como Madrid, Londres o Nairobi.
En 2009 los demócratas
volvían a la Casa Blanca gracias a la figura carismática y promisoria de Barack
Obama y la política exterior estadounidense daría un giro copernicano. El nuevo
presidente recuperaba la bandera wilsoniana del multilateralismo y se
comprometía con la retirada de los frentes afgano e iraquí. Pero ni la nueva
retórica ni la entrega del poder en Irak al Gobierno formado por Nuri al Maliki
estabilizaron una región que sigue siendo un aspersor de resentimiento hacia
Norteamérica, y el vacío que dejó el repliegue estadounidense lo cubrieron los
sectores autóctonos más fanatizados.
En todo este tiempo, los
servicios de inteligencia del Pentágono nunca cejaron en su batalla en la
sombra contra el yihadismo, y el 2 de mayo de 2011 llegaba la noticia más
esperada. El criminal más buscado, Osama Bin Laden, caía abatido por un comando
de los Navy Seals en su escondite al norte de Pakistán. La desaparición de su
líder fue un duro golpe, pero no terminó con la hidra terrorista. Los meses
posteriores confirmaron que la política de eliminación de blancos destacados
tampoco era suficiente. La multiplicación de los ataques con drones y el
refuerzo de la cooperación internacional permitieron desmantelar células
terroristas en todo el mundo, pero nunca erradicar su matriz. No habían pasado
24 horas de la muerte de Bin Laden cuando el egipcio Ayman Al Zawahiri lo
sucedía al frente de Al Qaida.

Poco antes de eso, una masiva movilización
popular había derrocado en Túnez a su anciano dictador Ben Alí. Era la primera
de las primaveras árabes, una ola revolucionaria que sacudiría toda la orilla
sur del Mediterráneo y a la que Obama iba a reaccionar con una política
errática que sus detractores no dejan de reprocharle y que, según los críticos,
derivó en la actual fortaleza del Estado Islámico. Con su no intervención en
Siria y su marcha atrás en la decisión de armar a los rebeldes que combaten a
Al Assad, Washington permitió que el bien organizado y financiado Estado
Islámico se convirtiera en un enemigo tanto o más mortífero que aquel Bin Laden
de 2001. Trece años después, la yihad ha cambiado de abanderado, pero su espada
sigue apuntando al corazón de Occidente, y Obama, aunque mucho menos convencido
que su predecesor, se ve arrastrado a una nueva guerra en Irak.