Que tristeza mi país

02/Sep/2014

Marcos Hendler

Que tristeza mi país

Resulta innegable que hay
una ola de antisemitismo en nuestro país.

Es preciso reconocer el fenómeno, definir su
naturaleza y analizar sus causas para erradicarlo.

Las reacciones histéricas que produjo la
respuesta de Israel sobre la franja de Gaza, a la criminal e inicial ofensiva
del grupo terrorista Hamas, denotan que se ha instalado entre nosotros, una
peligrosa cultura del prejuicio contra los judíos y contra lo judío.

Se puede desear la paz en ese rincón del
mundo.

Se puede pedir contención
y proporción al ejército israelí en su respuesta a las continuas agresiones de
Hamas.

Se pueden admitir muchos
peros y matices bien intencionados, pero lo que no se puede es ignorar de quien
ha partido la provocación, quien disparó los primeros misiles, quien no respeta
las treguas pactadas; y quien reitera su proclama de destrucción total de
Israel, la muerte de todos sus habitantes, y de todos los judios sin importar
el lugar del mundo donde se encuentren.

Esto sí, Sr. Ministro Almagro, es lisa y
llanamente una apología al genocidio!

La aniquilación y exterminio previamente
planificado de todo un grupo étnico, al que se
diaboliza, se criminaliza por la infausta, insensible y fascista postura
de querer evitar su extinción, es genocidio!

Vaya desfachatez la de los judíos que no
entienden que defenderse no es políticamente correcto!

Hay una paradoja que distingue al nuevo
antisemitismo del clásico, del de toda la vida.

Si el primero se cimentaba sobre argumentos
tradicionales y reaccionarios, éste, se basa en valores presuntamente
progresistas.

Si aquel se justificaba principalmente en el
odio racial o por limpieza de sangre, a la nueva judeofobia se llega por vía de la corrección política, del buenismo,
del utopismo, del pacifismo y paradójicamente del antirracismo.

Es preciso comprender ésto, para no hacer un
diagnostico falso y combatirlo con la adecuada vacuna ideológica.

¿Por que gran parte de nuestro gobierno se
identifica con la causa islámica y teocrática, y no con una moderna democracia
como Israel?

¿Sigue vigente todavia la candidez que hizo un
movimiento libertador a la revolución iraní, o hay nuevos factores que abundan
en esa identificación supersticiosa?

¿Cómo apoyar
a un gobierno absolutamente alejado de todo lo que significa derechos humanos, que desconoce la
palabra democracia y calificarlo de
gobierno progresista?

¿Dónde está esa ideológica izquierda que apoyaba toda manifestación de protesta
estudiantil en cualquier lugar del mundo, por el simple y maravilloso derecho a
expresarse, y que hoy asume una postura de silencio frente a apaleamientos y
muerte de estudiantes en países «progres».

La respuesta triste, pero
real, es que lo politico está por encima
de las sanas ideas y de la justicia.

Hay una cultura de laxitud que ha enojado a buena parte de
nuestra sociedad, que ve como moralmente reprochable y políticamente detestable
la clara y legitima autodefensa de un Estado, y la osadía de aspirar a su propia
supervivencia.

Como corolario concluyo,
con mucha tristeza, que a ese sector de nuestra sociedad lo que más le
irrita y llega a exacerbarlos es que los
judíos no respondan al cliché que el antisemitismo tradicional ha elaborado de
ellos y que todos los URUGUAYOS rechazamos.