Viajé a Israel unas
semanas antes de que estallase la actual espiral de violencia que ha llevado a
centenares de muertos en Gaza. Fue un viaje interesante en el que mantuvimos
reuniones con muchos personajes de distintos ámbitos de la vida social y
política del país.
Por supuesto, para el
grupo de periodistas españoles del que formaba parte pocos asuntos resultaban
más interesantes que el conflicto árabe-israelí, sin embargo, en la mayoría de
nuestros interlocutores se podían palpar ciertos sentimientos comunes: hastío,
hartazgo, cansancio, desesperanza…
Así, mi sensación –puesta
en común con compañeros periodistas y expertos– es que después de la segunda
Intifada y del fracaso práctico de la desconexión de Gaza la mayor parte de la
sociedad israelí no se plantea dicho conflicto sino bajo una premisa: la
separación absoluta y que les dejen en paz –literalmente– de una maldita vez.
Me llenan de estupor, por
tanto, las explicaciones sobre lo que actualmente está ocurriendo en Gaza que
podemos ver, oir y leer en casi cualquier medio de comunicación español y que
teorizan sobre la voluntad de dominio de los israelíes –¿dominio de un
territorio que has abandonado voluntariamente hace sólo unos años?– o las que,
peor aún, nos aseguran que la agenda oculta es el exterminio o el genocidio de
una población que, curiosamente, no deja de crecer.
Una población, dicho sea
de paso, a la que se avisa sistemáticamente de que se va a bombardear
determinada zona o incluso cada casa. De hecho, si estos críticos tuviesen
razón estaríamos asistiendo a la forma más hilarante de la guerra de Gila:
«Oiga, que vengo a exterminarle».
Lo cierto es que en
Israel muy pocos querían esta guerra, pero una vez iniciada muy pocos están en
contra de ella. Particularmente revelador es el apoyo de cierta izquierda
intelectual que, al menos hasta ahora, era muy respetada en el resto del mundo
y que siempre ha apostado claramente por el entendimiento con los palestinos y
por la paz. Un buen ejemplo podría ser el conocido y prestigioso novelista Amos
Oz –uno de los grandes narradores vivos– que empezaba una entrevista en una
radio alemana intercambiando los papeles y preguntando él a los oyentes:
¿Qué haría usted si su
vecino de enfrente se sienta en el balcón, pone a su pequeño hijo en su regazo,
y empieza a disparar fuego de ametralladora contra el cuarto de su bebé?
¿Qué haría usted si su
vecino de enfrente cava un túnel desde el cuarto de su bebé hasta el cuarto del
suyo con el fin de hacer estallar su casa o de secuestrar a su familia?
Dos preguntas que pueden
parecer brutales, pero que resumen a la perfección lo que hace Hamás desde
Gaza: utilizar casas, guarderías, hospitales y cualquier instalación civil para
sus planes criminales contra Israel. Unos planes que es cierto que no causan un
número alto de víctimas, pero no por una cuestión de suerte: yo mismo he visto
cómo en el sur del país las guarderías, muchas viviendas e incluso las paradas
de autobús tienen extrañas formas y gruesos muros de hormigón y no por
capricho, sino porque están preparadas para resistir el impacto de una bomba.
Eso, sin contar con el multimillonario sistema antimisiles de la Cúpula de
Hierro que los israelíes pagan con sus impuestos, un dinero que les aseguro que
preferirían dedicar a otros menesteres.
No, Israel no gastaría
ese dinero y mucho menos aún sacrificaría a sus jóvenes –ya han muerto varias
docenas– si la amenaza de Hamás no resultase insoportable o si pudiese
solucionarse de otra forma mucho menos onerosa y dolorosa.
Pero es que Hamás no es
lo que a nosotros nos gustaría que fuese, no es lo que a Israel le gustaría que
fuese y, sobre todo, no es lo que la izquierda española y europea cree que es:
son fanáticos asesinos sin escrúpulos, tan cegados por su forma de entender la
religión que están dispuestos a sacrificar a sus hijos y a sus mujeres.
Desde nuestros valores
occidentales, que son los de Israel y que ensalzan por encima de cualquier cosa
la vida humana, nos parece inconcebible que alguien desate una ofensiva enemiga
en la esperanza de recolectar un buen número de muertos que le hagan ganar una
batalla política o propagandística; desde los valores de Hamás un muerto por
Alá no es sino un motivo de orgullo y un paso más en pos de la victoria final,
que no es otra que la aniquilación del enemigo.
No, Israel no quiere
exterminar a nadie ni ocupar nada, pero ¿cómo luchar contra un oponente que
desprecia la vida de los suyos? ¿Qué normas se pueden respetar cuando tu
enemigo no respeta las más básicas? ¿Cómo puede defenderse Israel de gentuza
tan salvaje e inmoral como Hamás? ¿Qué hacer cuando disparan a tus hijos con un
niño en brazos?
Israel no sólo tiene la
necesidad de defenderse: tiene el derecho de hacerlo y también el deber. Y
tiene que llevar a cabo esa defensa en una región del mundo en la que la fuerza
sigue siendo necesaria y contra un enemigo que no entiende otro lenguaje. Desde
aquí es muy fácil usar expresiones como exterminio o genocidio, pero si las
bombas cayesen sobre nuestras casas y nuestras calles quizá entenderíamos que
hay ocasiones en las que la única salida que te queda es la guerra.
Y en la guerra, incluso
cuando haces todo lo posible por evitarlo, mueren personas y mueren inocentes.
Es triste, es lamentable, pero es así.
¿Qué quiere Israel de Gaza?
06/Ago/2014
Libertad Digital, Carmelo Jordá