El conflicto de Medio
Oriente nos duele y nos preocupa a todos. La guerra, la violencia y la muerte
no pueden ser justificadas nunca. Reclamamos un cese inmediato de la
confrontación y un reconocimiento recíproco de los pueblos, ya que tanto el
pueblo de Israel como el palestino deben dividir la tierra para tener dos
Estados independientes, con fronteras seguras y convivencia pacífica.
No con la violencia, sino
con la paz, el diálogo y la cultura del encuentro podrá resolverse este trágico
conflicto que lleva tantos años de dolor. Para lograrlo, debemos asumir una
premisa: Mahmoud Abbas no es Hamas. En otras palabras, la paz sólo es posible
con la Autoridad Palestina liderada por hombres que, consagrados a sus causas,
aceptan la existencia del otro y no tienen como objetivo su destrucción. Ése es
el caso de la Autoridad Palestina encabezada por Abbas, con sede en
Cisjordania, y es lo contrario de Hamas, el movimiento islamista palestino que
gobierna la Franja de Gaza.
Aun cuando sabemos que el
pueblo palestino tiene una causa justa y que mucha de su población civil está
siendo diezmada en esta lucha y es utilizada como escudo humano, no hay que
confundir la justicia de la causa palestina con la condena que merece el grupo
terrorista Hamas, que actúa con las metodologías de destrucción, de violencia y
de negación del otro.
Al mismo tiempo,
esperamos y aspiramos a que el Estado de Israel, precisamente por ser un
Estado, por ser una democracia, por ser civilización y no barbarie, se aleje de
respuestas que no podemos justificar, aunque entendamos las razones.
Gaza no está ocupada por
Israel; lleva casi veinte años en manos de los palestinos; ahora, bajo el mando
de Hamas. Está aislada de Israel para garantizar la seguridad de sus
habitantes, aunque no es ésta la visión compartida del futuro al que aspiran palestinos
e israelíes de buena voluntad. Unos y otros anhelan erradicar el terror y
firmar la paz. Pero hoy tanto los civiles palestinos como los israelíes son
víctimas de Hamas, que conduce a Gaza a la violencia y a la muerte.
Aunque no es comparable
con el terrorismo de Hamas, y aun actuando legítimamente para defender a sus
habitantes, Israel debe responder por su ejército. No puede desentenderse de la
responsabilidad ante las víctimas civiles. No puede mantenerse el silencio ante
las injustificadas muertes como consecuencia de su respuesta militar. Se trata
de víctimas inocentes del terror, en la trampa mortal de Hamas y como
consecuencia repudiable de las acciones militares de defensa de Israel.
Si los organismos
internacionales, siempre listos para declaraciones y condenas, pero
ineficientes para anticipar y prevenir, no pueden velar por la paz, hace falta
que los moderados de ambos lados se sienten a negociar. La Autoridad Palestina
es reconocida no sólo por Israel, sino por todo el mundo, y tiene que ser la
que lidere y encauce una oportunidad malograda. El liderazgo del pueblo
palestino no puede estar en manos de un grupo terrorista financiado por Irán,
cuya carta orgánica pide la destrucción del Estado de Israel, a diferencia de
la Autoridad Palestina, que quiere diálogo y paz.
Por lo tanto, el pueblo
palestino tiene que dirimir quién lo representa: ¿estadistas o terroristas?, y
el pueblo israelí tiene que asumir ciertas renuncias para lograr resultados
conducentes a un tratado de paz como los que logró con Egipto y Jordania.
Esto no significa anular
las diferencias. Pero sostener opiniones diferentes no debe llevarnos a la
confrontación. Tenemos que evitar traer a la Argentina conflictos que no son
nuestros; como argentinos, somos todos hermanos, cristianos, judíos y
musulmanes. Justamente, hemos sido bendecidos como sociedad en el diálogo
interreligioso, que venimos practicando desde hace años y del que el papa
Francisco es uno de sus máximos exponentes.
Sin embargo, hay que
alertar sobre voces que se alzan en determinados medios de comunicación, que no
toman una posición ecuánime de condena a ambas partes. No corresponde condenar
al ejército israelí omitiendo el terror de Hamas o presentarlos en un plano de
simetría. Una organización terrorista que tiene como objetivo destruir a Israel
y aplica como método el terror no puede ser comparado con el ejército de
defensa de un Estado que es la única democracia en la región, aunque esto no
impide juzgar las acciones de Israel y de su ejército, que deben ser motivo de
rendición de cuentas dentro y fuera del Estado de Israel.
Quienes condenan a Israel
sin condenar a Hamas, que lanza misiles a poblaciones civiles e invierte
millones en armas postergando el bienestar de los civiles, no sólo faltan a la
verdad, sino también, en muchos casos, pregonan un antisionismo que es una
expresión contemporánea de antisemitismo.
Estamos convencidos de
que el mensaje universal del papa Francisco en su visita a Belén y Jerusalén, cuando
nos convocó a rezar por la paz y a trabajar para lograrla, es el camino a
seguir de todas las personas que anhelamos vivir como hermanos, en paz.
Esta escalada de
violencia es una trampa mortal para unos y para otros. Es Caín y Abel en
versión contemporánea. No se puede habilitar cualquier método para luchar por
una causa, y no hay causa que admita el uso del terrorismo y la profanación de
lo sagrado de toda vida humana, sin distinción.
Caín fue artífice del
primer fratricidio y nunca respondió por su hermano, sino que negó toda
responsabilidad por su crimen con la pregunta: «¿Acaso soy yo el guardián
de mi hermano?» Nosotros deberíamos poder responder unos por otros, sin
ceder posiciones, pero nunca habilitándonos a matarnos por ninguna causa que, seguro,
se enarbola como justa y deja de serlo cuando en su nombre elimino a mi
hermano.
Sólo así, en lugar de
fomentar el odio y la muerte, podremos migrar al abrazo fraterno y
reconciliador entre los dos hijos del patriarca Abraham. Uno de ellos, Isaac,
que tiene descendencia en Israel como pueblo y como Estado soberano,
democrático, próspero y seguro en la tierra prometida a los patriarcas
bíblicos, y el otro, Ismael, que dio origen al islam, donde Palestina tendrá
también un hogar nacional para coexistir y progresar en su bien común; tal como
hoy lo hacen judíos, cristianos y musulmanes como ciudadanos que viven en el
Estado de Israel.
Para lograrlo, no sólo
debemos desarmarnos de violencia, sino aprender a razonar juntos y amarnos como
hermanos. Reencontrar en la paz el abrazo de Isaac con Ismael, como el que se
dieron Shimon Peres con Mahmoud Abbas, al rezar juntos con Francisco en el
Vaticano.
Un abrazo que, esperamos,
pronto sea recuperado, ya no para rezar, sino en una tregua que conduzca de la
guerra al tratado de paz.
Lejos estaremos de
lograrlo si confundimos a Abbas, que es Ismael, con el terrorismo de Hamas, que
sigue siendo Caín. Un grupo terrorista no sólo para Israel, sino, como podemos
atestiguar en estos días, victimario de los civiles palestinos, a quienes
condena en Gaza a vivir y morir en un infierno.
El autor es rabino de la
congregación israelita de la Argentina y diputado nacional por Pro.
La paz sólo es posible sin Hamas
30/Jul/2014
La Nación, Sergio Bergman