Niños sirios recordando el miedo

02/May/2014

Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski

Niños sirios recordando el miedo

Montevideo Portal
Ana Jerozolimski
A raíz de las intenciones del gobierno uruguayo de recibir a algunas decenas de refugiados sirios que huyeron de la guerra en su país, niños huérfanos de padre, con sus madres, que se hallan hoy en campamentos de refugiados en Jordania, creí de interés reproducir en este espacio, una serie de crónicas que escribí en setiembre último tras una cobertura especial en la frontera entre Siria y Turquía.
Enviada a entrevistar refugiados sirios, como cobertura especial que me fuera encomendada por el periódico «El Universal» de México del que me desempeño como corresponsal en Oriente Medio hace ya varios años, tuve la oportunidad de ver de cerca varios rostros de la guerra.
Allí, así como en otros medios de otros países, mis notas salen firmadas con mi apellido de casada, Beris.
Zina y Muhammad son demasiado pequeños para todo lo que ya han vivido en su país natal, Siria, antes de llegar a territorio turco donde están a salvo y donde los encuentra «El Universal».
Ella, con sus 10 años, sus hermosos ojos y su enorme sonrisa -que no podemos mostrar porque su abuelo pide expresamente no tomar fotos- podría parecer una niña normal en cualquier lado del mundo. Hasta que cuenta de su miedo a los aviones. «Es que de allí caen bombas… hacen mucho ruido… destruyen… y a mí me da miedo», cuenta con voz suave que no va bien con lo fuerte de su mirada.
También Muhamad los vio… probablemente a otros aviones, pero del mismo tipo…y con las mismas bombas. «Pero yo no tenía miedo», dice este niño de 13 años que quizás intenta mostrarse como mayor, activando al parecer algún mecanismo de defensa emocional que lo hace más fuerte de lo que cabría esperar. Sus ojos claros y fuertes tratan de convencernos de que realmente no le temía a nada… hasta que lentamente se abre y cuenta que cuando los oía venir y sabía que nada bueno saldría de ellos, temía perder a su familia, a sus amigos… temía quedarse solo.
A Zina la vimos en un edificio propiedad de un sirio adinerado que vive en el exterior y que cedió para albergar a refugiados. Un turco local lo maneja y al menos, las 60 personas que allí se instalaron desde hace meses, tienen un techo y lo mínimo para sentirse a salvo.
A Muhammad, acompañando a su padre en su trabajo como cuidador de una escuela para niños de refugiados que está funcionando en el lugar. Mientras lo espera pacientemente, sonríe cuando nos acercamos a preguntar si estaría dispuesto a tratar de explicar a niños como él, en el lejano México, qué es lo que ha vivido.
Pero Muhammad demora en contar detalles. Cuesta conseguir sus descripciones… y le lleva largo rato contar cómo corrió una vez que comenzaron a caer misiles y él estaba en la calle… cuánta destrucción vio a su alrededor. «Estaba todo caído, como si antes no hubiese habido nada…». Se corrige y aclara: «No, mejor dicho, como si lo que había hubiera desaparecido de una forma muy fea… con muertos y heridos».
Pero en medio de los malos recuerdos, parecería que la combinación del instinto humano de supervivencia y la singularidad del alma de los niños, garantiza lo esencial para poder seguir adelante: optimismo. Y posibilidad de ver lo bueno que todavía hay.
Por eso Zina cuenta que «tengo acá muchos buenos amigos y me siento muy bien» y hasta revela que «mi mejor amiga es Fatma, con la que hago de todo». Ella habla y pensamos qué incluirá en ese «de todo» cuando sus padres no pueden trabajar y ni sabemos si tiene algún juguete. Y mientras ese pensamiento nos cruza la mente, vemos por la ventana frente a la cual nos encontramos, una escena de la calle, una niña que ató una muñeca de trapo a un hilo, la hace balancearse desde arriba de una escalera como tentando a los otros chicos a que traten de atraparla, y la levanta nuevamente cuando casi llegan a ella, provocando un gran alborozo lleno de diversión.
Y Muhammad, un poco más grandecito, cuenta de sus planes, clarísimos por cierto… ser médico. Casi naturalmente preguntamos si es por la guerra.»No, siempre lo quise», responde en forma terminante. Su padre lo confirma.»Pero es cierto que con todo lo que hemos vivido, este deseo suyo se debe haber afianzado», comenta.
Zina y Muhamad, que no se conocen, saben que ahora, pueden estar tranquilos. Pero también recuerdan dónde está su verdadero hogar. Ambos, cada uno a su forma y cada uno por su lado, dicen que después de la guerra, quieren volver a Siria. ¿Cuándo es eso?, le preguntamos a él. «Pronto, ojalá, inshála», responde. Piensa un segundo y agrega: «Cuando Bashar ya no esté».