¿En qué país desean vivir?

27/Mar/2014

La República, Egon Friedler

¿En qué país desean vivir?

La República
ÁRABES ISRAELÍES
Egon Friedler
Recientemente tres compañías de encuestas israelíes, Dahaf, Panel Politics y Gallup Israel, realizaron sondeos de opinión entre los árabes israelíes sobre su disposición a trasladarse a un estado palestino en caso de que haya un intercambio de territorios en el marco de un acuerdo de paz.
Los resultados -muy similares entre sí- no sorprendieron a los israelíes pero sí a mucha gente muy mal informada en el mundo. El porcentaje de los que dijeron que deseaban quedarse en territorio israelí y no vivir bajo un gobierno palestino oscilaron entre el 92,5% y el 96,3%. En las ciudades de población mixta como Haifa, Yaffo, Aco y Beer Sheva, el promedio fue de más del 95%. En cambio, en ciudades puramente árabes, como Nazaret y Um al Fahm, donde hay una mayor influencia del movimiento islámico, solo un 86,4% manifestó el deseo de permanecer en Israel en cualquier nuevo marco político.
El tema del traslado de los árabes israelíes a un estado palestino a crearse se planteó en distintas oportunidades. La última vez fue a comienzos de este año, cuando el canciller israelí Avigdor Lieberman propuso un intercambio de poblaciones y territorios en el marco de un acuerdo de paz palestino-israelí. En esos días el periodista israelí Shlomi Eldar visitó la zona israelí del “Triángulo” densamente poblada por árabes que comprende las aldeas de Umm al Fahm, Taibe, Tira y Kfar Kassem. El rechazo a vivir en un estado palestino fue total, incluyendo a aquellos que se consideran palestinos. Según Ahmed Majmid, un contable padre de dos hijas, “solo muy pocos se llaman palestinos y se definen como tales. Yo nací en el Estado de Israel, estoy a favor de su seguridad y respeto sus leyes. No soy palestino, soy un árabe-israelí. Si nos expulsaran, yo no viviría en un estado palestino. Emigraría al extranjero”.
Otro residente de Umm al Fahm, Khaled Pauwer, se autodefine de manera diferente: “Yo soy una mezcla compleja ya que pertenezco a la nación palestina y a la cultura israelí en la cual crecí. ¿Por qué debo renunciar a lo que soy? De hecho, soy israelí. A veces visito Jenin, a veces voy a Ramallah y veo una mentalidad diferente allí, otra cultura, otro tipo de gente. Yo no pertenezco a Palestina, soy israelí en mis opiniones, en mi manera de pensar. Mi esposa dice que nos mudemos a Nazareth, quizás allí no tengamos problemas. ¿Qué puedo decirle, que no es posible escapar a los problemas?”.
Esta actitud no es nueva. En mayo de 2001 una encuesta reveló que un 87% de la población árabe de Israel estaba en desacuerdo con la transferencia de un territorio israelí con mayoría árabe a un estado palestino. Sin embargo, hubo momentos en que el porcentaje de quienes querían integrarse a un estado palestino fue mayor. Un sondeo de opinión realizado en 2011 por un equipo norteamericano dirigido por David Pollock, un ex investigador del Departamento de Estado, llegó a la conclusión de que un 30% estaría dispuesto a vivir en un estado palestino mientras un 35% elegiría la ciudadanía israelí (el resto quedó en la categoría, “no sabe, no contesta”). Un 40% dijo que se mudaría a otro barrio para ser ciudadanos de Israel, mientras un 54% dijo que si su barrio fuera asignado a Israel, no se mudarían a Palestina.
El porqué de estas preferencias fue descrito en estos términos por el periodista Jackson Diehl del “Washington Post”: “Los árabes prefieren los empleos, las escuelas, los servicios de salud y de bienestar de Israel a los de un estado palestino. Por otra parte, su nacionalismo no es lo suficientemente fuerte como para que renuncien a estas ventajas y quieran vivir en un país árabe”.
A todo esto cabe agregar el desastroso panorama regional de los últimos años y a las eternas peleas entre Fatah y Hamas. Los ciudadanos árabes-israelíes pueden vivir muy bien con discursos propalestinos de sus representantes en el Parlamento israelí pero eso no quiere decir que ellos quieran mudarse de un país desarrollado y democrático a otro autoritario y conflictivo. La política es una cosa; la vida, algo bastante diferente.