Son de todos los estamentos sociales; algunos sin trabajo
1-2-2011
EL CAIRO | EL PAÍS DE MADRID
Los revolucionarios son personas de todos los estamentos sociales, de la más alta a las más baja. Mujeres, niños, adolescentes, estudiantes de Medicina o activistas de derechos humanos, camareros o farmacéuticos, y también desempleados.
No tienen un perfil determinado y el Gobierno no es capaz de encasillarles. En las calles se ayudan sin tener en cuenta si son musulmanes o cristianos; se apoyan, se ofrecen agua o se invitan a comer. También se han limpiado las heridas o han corrido a buscar un médico cuando la policía ha disparado a uno o varios de ellos.
Ahora se pintan unos a otros la cara con lemas contra el Gobierno y se amontonan, carteles en ristre, cantando y gritando contra la represión del régimen de Hosni Mubarak. Han salido a la calle en todos los puntos del país y no piensan volver a sus casas hasta que aquello que anhelan (libertad, seguridad, bienestar, pan y democracia) logre instalarse desde Asuán hasta Alejandría, pasando por El Cairo.
Ellos cuentan sus historias, sus esperanzas y sus miedos. Yehi, de 56 años, trabajador de un gimnasio, dice: «Basta, basta y basta». Le cuesta decidirse pero al fin arranca a hablar mientras camina arriba y abajo por el pasillo del gimnasio donde trabaja, en un hotel de lujo del centro de El Cairo. «No creo que Mubarak sea un mal hombre. Hizo cosas bien. Nos trajo la paz y acabaron los enfrentamientos con Israel», explica nervioso sin dejar de moverse. Aún le cuesta hablar, dice, son tantos años mordiéndose la lengua que la nueva situación de libertad en el limbo aún le supera. «Lleva demasiados años en el poder y hace mucho que se ha olvidado de nosotros, que tenemos una precaria educación para nuestros hijos y vivimos sin esperanza».
Ramy, de 24 años, es activista por los derechos de la mujer árabe. Las gafas le caen sobre la nariz como a un intelectual y con su mochila a la espalda y su gorra parece un estudiante. Ella defiende los derechos de las féminas del país. No le preocupa demasiado el dinero porque, dice, aún no está pensando en casarse. Sin embargo, no le gustan muchas de las cosas que el régimen de Mubarak ha hecho durante estos 30 años. Menciona la restricción de libertades: «La interrupción de Internet estos días es inconcebible en un país que no esté gobernado por una dictadura». Y la seguridad: «La tortura en las cárceles es sistemática. Bajo el Gobierno del rais no se respetan los derechos humanos». Por eso cree que ha llegado el momento de que se vaya. «Nací en 1987 y no he visto otro presidente», añade. «Mi familia es de una clase media que Mubarak ha hecho desaparecer. No es justo que nos mire desde lejos y no diga nada. No queremos ver la destrucción del país».
Hanna, de 51 años, trabaja en el Ministerio de Información. Es una egipcia linda. Vestida con clase, musulmana sin hiyab (pañuelo islámico) y oculta tras unas gafas de sol. Mientras hace fotos desde un coche que conduce su hija, una dentista de 25 años con la cabeza cubierta, explica que trabaja para ese Ministerio. No quiere dar muchos detalles sobre su vida, solo que habla inglés y español y que no trabaja como periodista. «Durante años», dice, «han pasado de largo las oportunidades de cambiar las cosas». «No veo futuro para mis hijos. Tengo dinero pero no tengo un lugar por donde pasear. Y hay más de 40 millones de personas en mi país que no tienen ni para comer», apunta. «Ha llegado el fin y todos lo sentimos así».
Maha, de 30 años, farmacéutica. «Cobro 600 libras al mes (unos 100 dólares) y no puedo llevar una vida digna», explica. Ella milita en los Hermanos Musulmanes. «No puedo ahorrar dinero, ni pagar una casa digna. Me gustaría casarme pero los jóvenes ahora no encontramos trabajo con facilidad y el tiempo se pasa esperando a ver qué sucede mientras la frustración crece», lamenta. Maha asegura que, aunque trabaja 10 horas en la farmacia, a veces tiene que hacer más horas en un laboratorio preparando inventarios para conseguir llegar a fin de mes. «Y lo peor es que no podemos decidir. Durante las elecciones no nos dejaron ir a votar, detuvieron a nuestros candidatos, nos pegaron», asegura. «Creo que no nos han dejado otra opción y que lo que ocurre es fruto de la represión que hemos vivido todo este tiempo. No hay derechos», explica entrecortada. «Necesitamos libertad y eso solo vamos a poder conseguirlo si el presidente se va».
¿Quiénes son los líderes de la revolución?
01/Feb/2011
El País