ADOLF HITLER. UNA BIOGRAFÍA NARRATIVA, de John Toland. Ediciones B, 2009. Barcelona, 1482 págs. Distribuye Ediciones B.
LA DE JOHN TOLAND (Estados Unidos, 1912-2004) no fue la primera ni la última biografía completa de Adolf Hitler. Se publicó en 1976 y fue precedida por las de Allan Bullock en 1952 y Joachim Fest en 1973 (ambas traducidas al español muchos años después) y seguida por la de Ian Kershaw en dos volúmenes, en 1999 y 2000. Pero Toland distinguió la suya por un propósito bien definido: no hacer teoría. Naturalmente, arriesgó hipótesis y juicios de valor sobre aspectos particulares, pero nunca llegó a conformar un conjunto coherente de conceptos destinado a explicar al personaje. Esto ha mantenido el libro al margen de las disputas, a veces muy agrias, que rodearon a las otras biografías del dictador y, por otra parte, se puede considerar una decisión inteligente porque la fortaleza de Toland es la narración de los hechos clara, fluida, sensata y basada en documentos y no la capacidad de abstraer de ellos grandes ideas. La única vez que intenta construir una imagen total del biografiado nos dice que «fue hasta el final un caballero de la Cruz Gamada, un arcángel descarriado, un híbrido de Prometeo y Lucifer». Lo malo de esta síntesis no es la grandilocuencia sino su total desconexión con la llana cotidianeidad con que describe a Hitler en el resto del libro.
En realidad, lo que destaca a Hitler entre los líderes del siglo XX es la desproporción entre la insustancialidad de su programa político esencial y el terrible sufrimiento que provocó su intento de cumplirlo. Fanático, determinado, arriesgado y carismático (al menos para sus compatriotas), desarrolló ideas simplistas y sin fundamento a partir de sus temores y estuvo acompañado de millones de individuos con temores e ideas parecidas. Él miedo pavoroso a la «destrucción» de Alemania comenzó a invadirlo con la derrota en la I Guerra Mundial y se apoderó completamente de él en los caóticos años de la posguerra. Su programa político esencial surgió de este pavor y de una pobre comprensión del darwinismo social y estuvo encaminado a asegurar la «supervivencia» de la nación mediante dos disparatados proyectos estratégicos: la aniquilación de aquellos que él creía con la voluntad y el poder de destruir Alemania (los judíos y los comunistas) y la expansión del «espacio vital» germánico hacia las ilimitadas extensiones del Este de Europa. Durante su ascenso al poder, Hitler colgó de este programa un conjunto sincero, pero contingente, de proyectos sociales y económicos que muchos de sus seguidores confundieron con los esenciales y que en los cuatro primeros años de su gobierno mejoraron notablemente el nivel de vida de su pueblo.
Pero la constante pesadilla de la destrucción de Alemania y su creciente megalomanía lo dispararon a una guerra que sobrepasó su capacidad personal y la de su país. Se suicidó convencido de que el fracaso había sido consecuencia de la traición de sus jefes militares y de la debilidad del pueblo alemán. Se creía un genio y tuvo lo que podría denominarse un éxito al revés: destruyó lo que quiso fortalecer y fortaleció lo que quiso destruir.
J.G.
Biografía
10/Dic/2010
El País Cultural, J.G.