“Nos salvaron y seguimos unidos”: el vínculo que nació entre los sobrevivientes de Kfar Aza y sus rescatistas

21/Ago/2025

Ynet Español- por Matan Tzuri

En medio del caos del 7 de octubre, reservistas israelíes se infiltraron en los grupos de WhatsApp del kibutz para coordinar el rescate casa por casa. Hoy, familias y soldados se reencuentran para revivir el miedo, la marcha nocturna y una esperanza que aún tambalea. Crédito foto: Herzl Yosef

Cuando el sargento de reserva Ofri Morán se presentó por primera vez ante ellas con ropa civil, sin casco ni uniforme, las familias jóvenes de Kfar Aza apenas lo reconocieron. Pero bastaron unos segundos de contacto visual para que todo encajara. “Ahora sí te recuerdo, estabas ahí cuando abrí la puerta del refugio”, le dijo Shani Argento, y luego lo regañó entre risas: “¿Por qué no me contestaste cuando te pregunté quién fue el primer presidente del país? Pensé que eras un terrorista”.

Ofri se ríe. En apariencia, es una pregunta trivial, fácil de responder en tiempos normales. Pero cuando estás en medio del combate, rescatando civiles mientras intercambias fuego con milicianos, la cosa se complica.

Shani estuvo encerrada durante horas en el refugio de su casa en el kibutz. Cuando escuchó golpes en la puerta, no sabía si eran terroristas o soldados israelíes. Les lanzó preguntas desde adentro para confirmar su identidad. Ofri, kibutznik de Galil Yam, lideraba el grupo que irrumpió en las casas. Le respondió: “Abre la puerta, me llamo Ofri, soy kibutznik como tú, vinimos a rescatarlos”. No dijo “el primer presidente fue Jaim Weizmann”, pero su respuesta bastó para que Shani se sintiera segura. Y abrió.

Hoy, las risas de niños llenan el club comunitario de Kfar Aza, cuyos habitantes viven temporalmente en casas rodantes en el kibutz Ruhama. El fin de semana pasado se celebró allí un encuentro emotivo entre las familias jóvenes que sobrevivieron el ataque del 7 de octubre y los paracaidistas reservistas del batallón 71 de la brigada 55, que las rescataron ese sábado negro, muchas veces bajo fuego intenso. “Esa risa que escuchan, amigos, para mí es nuestra imagen de victoria”, dijo Noam Orbach, jefe del centro de mando del batallón.

Cinco familias rescatadas ese día mantienen desde entonces un vínculo estrecho con los soldados. Es la primera vez que los rescatistas visitan el barrio del kibutz Ruhama donde viven, al menos por ahora, los habitantes de Kfar Aza. Al encuentro asistieron las familias Ravid-Shegev, Adas, Argento, Peleg y Getmansky, con sus hijos pequeños, algunos nacidos después del ataque.

“Queremos que vean que todo lo que hicieron por nosotros no fue en vano”, les dijo Narkis Ravid-Shegev. “Aquí estamos, viviendo en casas que, aunque temporales, son parte de nuestra reconstrucción”.

Los paracaidistas llegaron al encuentro con sus parejas. Entre ellos estaban el comandante Davidi Ben Tzion, el oficial de operaciones Yair Sharaf, el sargento Ofri Morán, el sargento Niv Nir —herido semanas después en Jan Yunis—, el jefe del centro de mando Noam Orbach y el oficial de logística Yohai Zisman. El comandante del batallón, el teniente coronel Meir Carmi, quien lideró el operativo de rescate, no pudo asistir.

Uno de los niños que ríe en el club es Nir Ravid-Shegev, de apenas un año y ocho meses. Su madre, Narkis, fue rescatada en el octavo mes de embarazo y dio a luz en el hospital de Eilat, adonde fue evacuada. Hoy recuerda las horas de terror hasta que llegaron los rescatistas. “Estaba en alerta total, con un estrés tremendo. Leía los mensajes del grupo del kibutz y cada vez que decían que había terroristas cerca de las casas rodantes, el corazón se me caía. Pensaba: ya llegan. En cualquier momento entran también acá. Nos advertían: ‘Cuidado, se hacen pasar por soldados, hablan en hebreo’. Imaginate el nivel de desconfianza”.

No es raro que les hicieran preguntas de trivia. “Necesitábamos saber quién estaba detrás de la puerta. No sólo los esperábamos, también dudábamos si eran ellos o si eran los otros haciéndose pasar por ellos. Era muy confuso, sobre todo después de tantas horas de tensión. Pero cuando Ofri y Carmi empezaron a llamarnos por nuestros nombres —‘Narkis, Oren’— pensé: bien, esperemos que lo repitan. Si no tienen acento árabe, abrimos. Y lo repitieron: ‘Narkis, Oren’. Al final le dije a Oren: ‘Ya es más de las diez de la noche. No podemos seguir encerrados. Lo que sea, será’. Desde la mañana no habíamos salido del refugio ni un segundo”.

El peligro era real y palpable. Narkis y Oren vivían en una casa rodante en Kfar Aza. “Es una estructura liviana”, explica Narkis. “Con un solo disparo, el proyectil podía atravesarla”.

–¿Qué recuerdas del momento en que abriste la puerta?

–Recuerdo que Carmi nos dijo que todavía no saldríamos del kibutz, que iba a tomar tiempo. Mientras tanto, nos dio comida y agua. A los pocos minutos, Olga se unió a nosotros. Nos organizamos rápido, ni siquiera le puse zapatos a mi hijo. Salió descalzo. Hasta hoy le digo ‘el descalzo de Kfar Aza’. Los soldados nos dijeron que íbamos a caminar. Les dije: ‘¿Caminar? Estoy en el octavo mes, hace rato que no hago ejercicio’. Pero me dije: bueno, lo hacemos rápido, no hay opción. Esa caminata me pareció un cuento de juventud. No podía creer que fuera real. De hecho, todavía no lo creo.

Fue Narkis quien agregó a los soldados a los grupos de WhatsApp del kibutz, para ayudar a localizar a quienes necesitaban ser rescatados. “Cuando abrí la puerta y pasé por la casa de Narkis y Oren, vi que ya había muchos soldados”, recuerda Olga. “Esa imagen la tengo grabada: abrir la puerta y verlos ahí. Al ver que eran tantos, me sentí más segura”.

Del otro lado, para Ofri, el rescate se sintió como cruzar el mar Rojo. “Es la imagen que uso cuando me preguntan cómo lo viví: como el éxodo de Egipto”, dice. “Nos tomó mucho tiempo convencerlos de abrir las puertas del refugio. Pero a medida que pasaba el tiempo, se sentían más seguros y empezaron a salir”.

Ya pasada la medianoche, los paracaidistas lograron reunir a las familias jóvenes que vivían en una hilera de casas rodantes en Kfar Aza, junto a otras que habitaban en la llamada “zona tailandesa”, en referencia a los trabajadores extranjeros que vivieron allí en el pasado.

“Pensé que era como en 1948, en la guerra de independencia, cuando evacuaban los kibutzim en medio de los combates”, recuerda Narkis. “Hace unos días le pregunté a Davidi Ben Tzion por qué no nos evacuaron en vehículos blindados. Me dijo que había información de que se esperaba otra oleada de terroristas en Kfar Aza. Y que había que sacarnos lo más rápido posible”.

La siguiente parada fue la estación de servicio fuera del kibutz, donde esperaban los autobuses para evacuar a los residentes. El grupo de reservistas rodeó a los 50 civiles —mujeres, hombres y niños— y caminaron juntos en plena oscuridad, con disparos resonando alrededor, sin saber aún la magnitud de la masacre que se había desatado. En ese momento, Kfar Aza aún no había sido completamente despejado de terroristas, que seguían escondidos en rincones y casas invadidas, mientras los soldados combatían ferozmente para recuperar el control.

El trayecto fue relativamente corto, pero se sintió eterno. “Los guiamos por los senderos del kibutz hasta la salida, y todo el tiempo temíamos que los terroristas abrieran fuego”, recuerda Ofri. “Rodeamos a todos los civiles y les pedimos que se agruparan. Antes de salir, les dimos una especie de instrucción rápida. Nadie hablaba. Solo caminamos, lo más rápido posible, hasta llegar a la estación de servicio. Ahí entendí que estábamos viviendo un evento histórico, que algo grande y terrible había ocurrido”.

Narkis también recuerda un momento aterrador durante la marcha fuera del kibutz. “Uno de los que caminaba con nosotros era un vecino soltero que arrastraba una valija con ruedas. El ruido que hacía sobre el asfalto me puso los pelos de punta. Le pedí a uno de los soldados: ‘Dile que la levante, ese ruido nos expone’. Tenía muchísimo miedo”.

Incluso después de que los residentes subieron a los autobuses, los soldados permanecieron en el lugar. De hecho, los paracaidistas se quedaron en Kfar Aza tres días más, hasta que se recuperó el control del kibutz. Luego continuaron en servicio de reserva durante 260 días, combatiendo en Gaza y en otros frentes del norte. Pronto volverán a otro ciclo de servicio.

“Después de la guerra, celebramos”

Casi dos años atrás, cuando los soldados se despidieron de los habitantes de Kfar Aza en la estación de servicio, ya sabían que sus destinos habían quedado entrelazados. Fue el comandante Davidi Ben Tzion —hoy también vicejefe del Consejo Regional de Shomron— quien, poco después del 7 de octubre, creó un grupo de WhatsApp con las familias jóvenes del kibutz. Lo llamó con optimismo: “Después de la guerra, celebramos”. Desde entonces, el grupo sirve para mantener el vínculo y compartir recuerdos.

Ahora, Olga se sienta con los soldados rescatistas y les muestra fotos de su casa tomadas aquel sábado. Intenta entender cómo entraron, qué ocurrió del otro lado de la puerta mientras ella y sus hijas estaban encerradas en el refugio. “Ya a las seis y media entendimos que algo muy grave estaba pasando”, recuerda. “Había ráfagas de ametralladora muy cerca. También hubo una seguidilla de alertas rojas inusuales. Una tras otra. En ese momento le mandé un mensaje de voz a mi hermana. Estaba muy alterada, y eso no es común en mí. Normalmente soy yo quien la calma. Le dije que algo espantoso estaba ocurriendo, que no sabía exactamente qué, pero que era muy grave. Y entonces empezaron a circular mensajes horribles en los grupos de Kfar Aza. Alguien escribió que habían lanzado una granada dentro de su casa, que estaban incendiando viviendas, asesinando gente, secuestrándola. Gritos de auxilio. ‘¡Ayuda!’”.

Las demás familias se suman y relatan a los soldados los sonidos de los disparos fuera de sus casas, los golpes en las puertas, la duda sobre si abrir o no. “Estábamos en el refugio, y enseguida entendimos que la situación en Kfar Aza era realmente grave”, recuerda también Itay Adas. “Le dije a Dana: ‘Me parece que la unidad de emergencia está perdida. Esto está muy mal’”.

En comparación con otros residentes del kibutz, el grupo de jóvenes comprendió la magnitud del desastre más rápidamente. Vivían cerca del depósito de armas del kibutz, donde se libraban intensos combates, y lograban seguir las actualizaciones en los grupos de WhatsApp.

Dana se dirige a los soldados: “Les debemos gratitud eterna. Todo lo que hicieron no fue en vano. Vinieron a rescatarnos, arriesgando sus vidas. Entraron a Kfar Aza sin saber el nivel de amenaza. Para nosotros, eso es lo más noble. Lo que vivimos, cada familia en esas horas dentro del refugio, fue espantoso”.

Las consecuencias de la incursión terrorista en Kfar Aza fueron devastadoras: 64 residentes asesinados, 19 secuestrados a Gaza. 17 de ellos regresaron en acuerdos de intercambio. Todos esperan ahora el retorno de los mellizos Gali y Ziv Berman, aún cautivos en Gaza.

Mientras rescatistas y rescatados se sientan juntos, los recuerdos afloran. “Cuando iba camino a Kfar Aza, sin entender del todo lo que pasaba, pasé por una intersección cerca del kibutz y de repente vi un tanque en medio de la calle”, recuerda Zisman. “Estaba en el semáforo, en rojo, y pensé: ‘¡Carajo! ¿Qué hace un tanque esperando en el semáforo?’. No entendíamos la magnitud del evento”.

Avishai Argento también recuerda. “Después de empezar a caminar con los soldados, me acordé de que había dejado la computadora en casa. Quise volver a buscarla. No me dejaron. Y ya que estamos reunidos, quizá puedan ayudarme a resolver un misterio. Tenía un refrigerador rojo de Coca-Cola afuera de la casa. ¿Alguien sabe dónde fue a parar? Desde que nos evacuaron, no lo encontré”. Los soldados no tienen respuesta. Ellos rescataron personas, no objetos. Y mucho menos heladeras.

Davidi Ben Tzion: “Tengo un recuerdo muy fuerte de la casa de la familia Argento. Carmi, el comandante, y yo los sacamos de allí. Cuando abrieron la puerta del refugio, vi al hijo de ellos, Negev, que tiene la misma edad que mi hijo, Bari. No olvido su mirada. Era una mezcla: por un lado, parecía preguntar ‘¿por qué tardaron tanto?’, y por otro, se alegraba de vernos. Una mirada que decía ‘gracias por venir’. Recuerdo que en cierto momento nos sacamos los cascos, para que no tuvieran miedo, para que no pensaran que éramos terroristas. Para que vieran que éramos civiles como ellos”.

Un pacto de vida eterno

Casi dos años después del ataque sorpresa al kibutz, Kfar Aza sigue mayormente deshabitado. No hay impedimento de seguridad para volver, pero sí una “limitación de rehabilitación”: las infraestructuras aún no están listas para recibir nuevamente a los residentes. 500 de ellos viven en el kibutz Ruhama; otros están en Shfayim o dispersos por todo el país. “Estamos en un lugar agradable y seguro por ahora”, dice Narkis, “pero no hay certeza sobre nuestro futuro. Vivimos cada día como si fuera el 7 de octubre, hasta que encontremos un nuevo lugar y empecemos una nueva vida”.

Dentro de un año, las familias deberán abandonar Ruhama y tomar una decisión: ¿volver a Kfar Aza o comenzar de nuevo en otro sitio? Por ahora, la mayoría de las familias jóvenes no ha definido su postura. Algunos no descartan regresar, dependiendo de si la calma y la seguridad vuelven a la zona. Otros lo tienen más claro: “Después de todo lo que vivimos”, dice Itay Adas, “yo terminé con la vida en un asentamiento pegado a la valla”.

Hoy, los miembros de la comunidad de Kfar Aza están volcados en la lucha por el regreso de los secuestrados, especialmente sus amigos, los hermanos Gali y Ziv Berman. “No habrá verdadera reconstrucción mientras haya secuestrados en Gaza”, afirma Olga. “No tiene sentido hablar de eso con nosotros. No funciona. No va a pasar en paralelo. Sí, estamos aquí en Ruhama, tenemos un jardín lindo y una vida que parece normal, pero es solo cosmética. No es una recuperación real. No vamos a sanar mientras sepamos que alguien arrancado de su cama sigue allá”.

Sea cual fuere el rumbo que tomen sus vidas, el vínculo entre los paracaidistas y las familias está para quedarse. Ben Tzion lo cuida especialmente. “Entre nosotros hay una solidaridad eterna”, dice. “Hay que entender: entramos a Kfar Aza sin chalecos antibalas, sin protección, sin muchas instrucciones. Sabíamos que teníamos que hacerlo».

“Todos vinimos directo desde casa. Somos civiles como ellos. No es nuestro trabajo habitual. No llegamos por una orden específica. Vinimos porque son nuestros hermanos, estaban en peligro, y solo nosotros podíamos ayudar. No es solo un pacto de sangre. Es un pacto de vida eterno”.