1492: fasto y nefasto

09/Ene/2012

El País, Luciano Alvarez

1492: fasto y nefasto

7-1-2012
CRÓNICAS DE LUZ Y DE SOMBRAS
Luciano Álvarez
Las efemérides, es decir los hechos memorables «acaecidos en el pasado» cumplen una doble función de orientación. Por un lado refieren al universo de valores simbólicos -aquello de ha de recordarse y celebrarse por siempre- y, por otro, como señales fáciles que ordenan los grandes periodos de una cultura. Su origen griego -ephemeros, «diario»- también remite a otro significado: «Una tabla de valores que da las posiciones de los astros en un momento dado». Parecería que el primero es una metáfora del segundo, los grandes eventos como efecto de la alineación de los astros. Una serie de hechos ocurridos en España, 520 años atrás, construyeron un mundo del que somos tributarios y herederos.
En el otoño de 1491, los Reyes Católicos se han instalado en Santa Fe, ciudad campamento construida en pocos días con austeridad castellana, en piedra y ladrillo, sobre planta de damero, el antiguo modelo romano que habría de repetirse mil veces en América. Tiene murallas, torres, foso y cuatro puertas. A diez kilómetros está el objetivo: Granada.
El rey Fernando -menos poderoso que Isabel- tiene claro que «nada aporta más prestigio a un soberano que las grandes campañas militares y asombrosos alardes de sus habilidades personales». Tal como lo describirá Maquiavelo en 1513.
Junto a los reyes se encuentran todos los nobles de Castilla y Aragón. Antes díscolos y pertinaces conspiradores contra el poder real, compiten ahora en glorias y obediencia. «Al concentrar su mente en la guerra, no tendrían tiempo para causar problemas en casa», dirá Maquiavelo.
Hernán Pérez del Pulgar, un hidalgo castellano ha ganado título sobre título a fuerza de hazañas y en su escudo de armas ha puesto este lema: «Tal debe el hombre ser como quiere parecer». Una noche se deslizó hasta las entrañas de Granada acompañado de quince hombres y su escudero Pedro, recorrió la ciudad sin ser descubierto, llegó hasta la mezquita principal y clavó sobre la puerta un cartel con el «Ave María». Luego de algunas escaramuzas regresó ileso a Santa Fe.
Granada era la capital de un emirato fundado en el siglo XIII, pero que durante 250 años había pagado tributo al reino de Castilla. En su apogeo comprendía parte de las provincias actuales de Córdoba, Sevilla, Jaén, Murcia y Cádiz, y la totalidad de Almería, Málaga y Granada. En el siglo XV se había reducido a las provincias actuales de Granada, Almería y Málaga.
En 1491, bajo el reinado de Boabdil, a quien se conocería como Al-Zugabi, «el Desdichado», la ciudad era el último y precario ejemplar de ocho siglo de España musulmana. A las endémicas y sangrientas luchas palaciegas se sumó la decisión de los Reyes Católicos de poner la península bajo su dominio directo. A pesar de todo, Granada era todavía una de las ciudades más prósperas de Europa; centro comercial y cultural de primer orden, albergaba unos 165.000 habitantes. La industria de la seda era su principal actividad económica. La Alhambra y el Generalife, el incesante rumor de las aguas generosas del Darro y el Genil inspiraban al poeta: «¿Por qué alardeará tanto el Cairo de su Nilo, si Granada tiene mil Nilos?»
El 2 de enero de 1492, los Reyes Católicos ocuparon Granada. En pocos meses se sucederían otros tres hechos que signarían los venideros siglos.
El 31 de marzo firmaron el edicto de expulsión de los judíos de la Corona de Castilla, poco después Aragón tomará la misma medida. Dos semanas más tarde, el 17 de abril, Cristóbal Colón que durante años había fatigado cortes tratando de vender su proyecto de llegar a la China navegando hacia el Oeste por la Mar Oceánica, firmó con la reina Isabel los contratos que le permitirán zarpar del puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492. A la medianoche del 2 de agosto había vencido el plazo otorgado a los judíos para convertirse o salir de España. Entre 150 y 170 mil rechazaron la alternativa de la conversión al catolicismo y dejaron Sefarad para siempre. En ese mismo mes Antonio de Lebrija publicó su célebre Gramática Castellana, la primera de una lengua vulgar. La dedicó a «la mui alta assí esclarecida princesa doña Isabel, la tercera deste nombre, reina i señora natural de España». En su justificación agrega una premonición: «Cuando bien comigo pienso, mui esclarecida Reina, (…) una cosa saco por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio».
Ciertamente comenzaba el parto de un imperio donde jamás se pondría el sol, empresa que arrinconó hacia la modestia, las de griegos y romanos, las de Julio César y Alejandro Magno.
Pero con la imponente España que nace en 1492 también moría aquel mundo de las tres culturas; quedaba en el olvido la sabiduría de Alfonso X que en «Las siete partidas» prescribía que «deben vivir los moros entre los cristianos en aquella misma manera que lo hacen los judíos, guardando su ley y no denostando la nuestra. (…) en seguridad de ellos no les deben tomar ni robar lo suyo por fuerza».
La imponente España que nace en 1492 será lo más parecido a lo que hoy llamaríamos un Estado totalitario. La Inquisición -brazo policial del Estado- vigilaba la vida de cada individuo, sin distinción de privilegios, en toda la extensión del territorio. Cualquier niña mayor de 12 años o niño de 14 era considerado completamente responsable ante el Tribunal.
Con la expulsión de los judíos, -más tarde de los moriscos- la imponente España que nace en 1492 ha perdido a los más capaces para la administración de las finanzas públicas y privadas, lo mejor de sus artesanos, comerciantes e industriales y buena parte de su mundo cultural y científico.
Consecuentemente, el oro de América no será capaz de nutrir el progreso. Don Francisco de Quevedo habrá de sintetizarlo en unos pocos versos: «Nace en las Indias honrado, Donde el mundo le acompaña; Viene a morir en España, Y es en Génova enterrado».
España se convierte en tierra donde el trabajo es deshonor, tierra de honras y rentas, picaresca y ensoñación; tierra del lazarillo de Tormes, la Celestina y el ingenioso hidalgo. En el siglo XVIII España censaba 723.000 hidalgos y el rey Carlos III hubo de publicar dos decretos aclarando que el trabajo no hacía perder la hidalguía.
Granada era capital de un emirato fundado en el siglo XIII, pero por 250 años había pagado tributo a Castilla.