Varsovia en la piel

27/Ago/2014

La Nación, Por Ana Wajszczuk

Varsovia en la piel

Warschau ist kalm. Ese
martes 1° de agosto de 1944, a las 13.29, con el calor del verano ascendiendo y
lloviznas en el horizonte, el parte diario de la agencia de noticias alemana
informaba el estado de la ciudad que desde hacía cinco años sobrevivía bajo la
brutal ocupación nazi: Varsovia está en calma. No era cierto.

Del otro lado del río
Vístula, que recorre de norte a sur la capital de Polonia, tan vital en su ruta
hacia Berlín como odiada por Hitler, se escuchaba la artillería del Ejército
Rojo acercándose. Menos el invasor, toda Varsovia -el millón de habitantes que
quedaba después de la deportación o el asesinato sistemático de miles de
personas- presentía lo que estaba por suceder.

Entre 40 y 50 mil hombres
y mujeres, en su mayoría jóvenes, muchos aun niños, vestidos con ropas de civil
o con viejos uniformes y un brazalete rojo y blanco -los colores de la bandera
polaca- en la manga, esperaban en la clandestinidad que el reloj marcara las
17: la hora W, la hora del estallido (wybuch, en idioma polaco), pero también
la de la liberación (wyzwolenie).

Era la señal para el
inicio de la insurrección que venía preparando el AK (Armia Krajowa, Ejército
de la Patria) desde el mismo momento de la ocupación nazi en septiembre de
1939. Un ejército clandestino sin parangón en la Europa ocupada: apoyado desde
Londres por el gobierno polaco en el exilio, tenía 400.000 miembros en toda
Polonia. Bajo su paraguas, en contra del enemigo común, terminarían uniéndose
desde organizaciones de ultraderecha hasta las de orientación comunista.

El AK formó en 600
compañías distribuidas en siete distritos, con reservas de armamentos y comida
para combatir de tres a siete días, lo justo para recibir a los Aliados rusos
en una ciudad liberada y poner freno a las ambiciones de Stalin sobre
territorio polaco. Confiaban en la ayuda de los Aliados occidentales, a quienes
Polonia tanto había contribuido a costa de sus propias fuerzas. Apenas el diez
por ciento de los insurgentes contaba con un arma, en su mayoría viejos
revólveres o filipinkas, granadas de mano de fabricación casera. El entusiasmo,
sin embargo, era enorme.

Un puñado de chicos y chicas
que aguardaban, expectantes, en diferentes puntos de la ciudad, no podían
imaginar en ese momento que setenta años después contarían esta historia -o la
contarían sus hijos- al otro lado del océano, en la Argentina.Todavía tampoco
sabían que era el inicio de un calvario de sesenta y tres días en los cuales el
resto del mundo los abandonaría a su suerte. La rebelión más larga y sangrienta
de la Segunda Guerra Mundial, que concluiría con la muerte de alrededor de
200.000 ciudadanos, con la expulsión de 700.000 civiles y 15.000 miembros del
AK prisioneros, en una ciudad arrasada calle por calle hasta los cimientos,
entraría a la historia como el Levantamiento de Varsovia. Y estaba a punto de
comenzar.

EL NIÑO DE LA GUERRA

Cerca de la casa de Jorge
Lagocki, en el barrio obrero de Wola, la sublevación se adelantó: órdenes que
no llegaron a tiempo y la proximidad del cuartel general del AK hicieron que ya
a las 2 de la tarde se sintieran los primeros tiros. Jorge se llamaba Jerzy en
ese entonces. Tenía 7 años y sabía perfectamente que todo el mundo estaba de
alguna manera vinculado con la resistencia en Varsovia, esa ciudad donde una
tía -enfermera y, luego se enteraría Jorge, miembro del AK- lo alojaba junto a
su mamá desde el año anterior, cuando escapaban de Lwów, en el sudeste polaco,
ante el avance del Ejército Rojo y la muerte de su padre en el frente.

Los primeros días del
Levantamiento se protegieron en el sótano del edificio donde vivían, junto a
otros vecinos: mujeres, niños, viejos. Esperando. «Al tercer día, los
comentarios eran que nuestro barrio estaba prácticamente limpio, en manos de la
resistencia», cuenta hoy este ingeniero de 77 años de dicción impecable y
ojos verdes, en la sala de reuniones de la Unión de los Polacos de la República
Argentina, donde ocupó diferentes cargos a lo largo de los años. «Con mi
mamá decidimos subir al tercer piso, al departamento. Estábamos cenando y de
repente, una explosión terrible. Se oscureció todo.» Contra Jorge impactó
el vidrio de un ventanal. Chorreando sangre, no sabía qué había pasado. Su
madre se había salvado de ser aplastada por un rodillo de exprimir ropa.
«Rezá, rezá para que la escalera esté y podamos bajar», recuerda que
le gritó ella. Lograron salir y llegar a una posta sanitaria.

Jorge dice que en ese
momento empezó a ser quien es hoy. «Estaba justo en el lugar que me tocaba
estar, en el medio de los combatientes. Me sentía de lo más orgulloso. Lo único
que me faltaba era un arma.» Luego se enteró del porqué de la explosión:
el AK había volado el edificio contiguo a su casa, repleto de oficiales
alemanes que se negaban a rendirse.

Los primeros días del
Levantamiento, el factor sorpresa inclinaba la balanza para el AK: la bandera
polaca ondeaba por primera vez en cinco años al tope del edificio más alto de
Varsovia, la resistencia también había tomado otros puntos vitales. Para el 5
de agosto, el Levantamiento logró su mayor extensión, más del 70% de la ciudad.
En el barrio de Jorge, como en todos, los vecinos se sumaban armando barricadas
con muebles y tranvías; construyendo pasajes subterráneos, sacando las banderas
ocultas por años. Pero la ayuda de Occidente, a pesar de los desesperados
pedidos del AK, seguía sin llegar. Y la artillería rusa, sorpresivamente, dejó
de oírse al otro lado del Vístula.

Ese mismo 5 de agosto, 50
mil tropas alemanas entraron a Varsovia, entre ellas la Brigada Kaminski,
integrada por asesinos y violadores liberados de las cárceles alemanas.
Atacaron directamente a la población civil: en pocos días, más de 35 mil
hombres, mujeres y niños fueron asesinados, quemados vivos junto a sus casas o
usados como escudos humanos frente a los tanques. Los Lagocki vivieron el resto
del Levantamiento apiñados con sus vecinos en el sótano del edificio, comiendo
lo que quedaba en las casas derrumbadas o carne de los caballos muertos en la
calle.

Wola fue el primer
distrito en rendirse. Hacia fines de septiembre, Jorge, su madre y los
habitantes del sótano fueron deportados al campo de prisioneros en Pruszków, 15
km al oeste de la ciudad. Por allí, entre agosto y octubre de 1944, pasaron más
de 500 mil varsovianos, muchos directo hacia Auschwitz. Se rumoreaba, en el
camino, que habría una selección. Jorge sabía lo que significaba.
«Nosotros no íbamos a formar parte de ninguna selección. O nos mataban ahí
mismo o nos fugábamos.» Los Lagocki se escaparon de la fila, a un pueblo
donde tenían conocidos. Tres años después, en plena represión comunista,
lograron que otra tía, que vivía en la Argentina, los sacara de Polonia. Jorge
construyó aquí su vida: cuatro hijas, nueve nietos, una gerencia en la fábrica
Ford. Volvió dos veces a Polonia. Y hay una imagen que no olvida: «¿Viste
la película El pianista, lo que muestra de Varsovia al final de la guerra? Era
tal cual, pero en la película falta el humo y los cadáveres. Y los alemanes con
los cañones derribando las casas. Eso era su venganza por el
Levantamiento».

TRES HERMANAS

Era la hermana del medio.
Y la líder. Anna Gologowska tenía 23 años cuando estalló el Levantamiento, y
hacía un tiempo que había convencido a sus hermanas, Wanda e Irene, de unirse
al AK. Pero había llegado el momento de blanquearlo ante sus padres. «Me
contaba que el abuelo se quedó duro, pero se le veía el orgullo de que sus tres
hijas se jugaran así por la patria», cuenta su hija, Mónica Ponc, una
mujer bajita y rubia de mirada dulce que nació tres años después de ese
momento, cuando su madre se había casado y había emigrado a Inglaterra. Mónica
dio sus primeros pasos en el barco que en 1948 los trajo a los tres, más su tía
Irene y esposo, a Buenos Aires. «La abuela empezó a llorar, pero al rato
ya les estaba buscando zapatos que les podían servir, porque estaban armando el
uniforme.» El distrito de Sródmiescie, el centro de la ciudad, donde
lucharon las hermanas Gologowska, aguantó hasta el final, rodeado y casi sin
víveres. El AK apenas lograba recuperarse con los escasos suministros arrojados
desde aviones que no caían en manos alemanas. Y Stalin se negaba a dejar usar a
los Aliados su espacio aéreo.

Ninguna de las tres
hermanas vive hoy. Mónica, que trabaja en la Biblioteca Polaca Ignacio Domeyko,
tal como lo hizo su madre durante muchos años, muestra las fotos donde se las
ve con el uniforme polaco, jóvenes y sonrientes una vez liberadas del campo de
prisioneras. Como la mayoría de las aproximadamente 5 mil mujeres insurgentes,
no tenían entrenamiento militar: eran mensajeras y trabajaban en enfermería. El
general Tadeusz Bór Komorowski, comandante en jefe del AK, reconocería en sus
memorias el extraordinario valor de estas muchachitas, que eran más resistentes
que los hombres, psicológicamente hablando.

Después de la
capitulación, primero Anna y luego sus hermanas fueron trasladadas en vagones
de carga de Pruszków a Alemania. Recalaron en un campo destinado exclusivamente
a las mujeres del AK, en Oberlangen (Sajonia, cerca de la frontera holandesa).
Eran más de 1500. Después de meses de hambre y frío, en abril de 1945 el campo
fue liberado por el 1er. Cuerpo Polaco del general Maczek. «En un batallón
estaban quienes serían luego mi papá y el esposo de mi tía Irene», cuenta
Mónica. Hubo muchos matrimonios entre los soldados de Maczek y las chicas del
AK. La alegría de haber sido liberadas por paisanos era contagiosa.

«Dentro de todo, mi
mamá tenía buenos recuerdos, a pesar de lo que sufrieron. La camaradería, el
valor. Cuando fue el 60° aniversario dieron un documental, y se agarraba la
cabeza: ¡Qué locura hicimos!, decía. Pero las tres estaban muy orgullosas de
haber luchado por su país», cuenta Mónica, que creció escuchando a los
amigos de sus padres hacer catarsis hablando de esos momentos. Todos extrañaban
Polonia, dice, pero ya no era su lugar. Allí habían quedado sus raíces. Acá
nacían sus hijos.

BAJO LAS BALAS

-Papá, estoy en el AK. Va
a estallar una insurrección y tengo que presentarme.

El padre de Hanna no se
enojó ni la criticó. Y ella respiró aliviada: hacía varios meses, desde que
había terminado el secundario, que pertenecía al AK y no le había dicho ni una
palabra a sus padres. «Mi madre me dijo llorando: Ya sé que no te voy a
ver nunca más. Y fue así: años después, ella enfermó de cáncer y nunca volvimos
a vernos», cuenta hoy Hanna Chodowiec de Chelmicki, una señora de 90 años,
menuda como un pajarito, mientras sirve café y masitas en la misma casa de
Adrogué que empezó a construir con su esposo poco después de llegar a la
Argentina en 1948.

Hanna vivía junto a su
familia en el suburbio residencial de Saska Kepa, del otro lado del Vístula.
Había empezado a estudiar Medicina, en la escuela clandestina. En el AK la
nombraron enfermera. Su seudónimo era Irka. «La insurrección tenía que
empezar en el puente que une el barrio de Praga, donde estábamos, con Varsovia.
Y mi grupo estaba por salir cuando llegaron noticias: iba a estallar del otro
lado. Teníamos que esperar órdenes. Por la noche, se veían las balas de los
cañones. Eran como naranjas incandescentes, pelotas de fuego que volaban por el
cielo.»

Las veces que intentaban
salir a la calle, les llovían balas de los techos. Por fin les llegó la orden:
abandonar Praga y unirse a las tropas clandestinas en los bosques de Kampinos,
al oeste de Varsovia. Después de varios días lograron llegar. En uno de los
poblados, el grupo de Hanna hizo base. «Un par de semanas después nos
atacaron. Rodearon completamente el bosque, eran como ocho mil soldados.»
La operación fue bautizada Sternschnuppe (Estrella fugaz) por los alemanes. Los
aviones volaban bajo disparando ráfagas de ametralladora, dispuestos a
exterminar a los partisanos de Kampinos. «Por qué no me llegó una bala, la
verdad no lo comprendo.» Hanna cuenta: durante el Levantamiento estuvo
directamente en cinco bombardeos, y cuatro veces bajo las balas de las
ametralladoras.

Al anochecer del 30 de
septiembre, el grupo de Kampinos había dejado de existir. Hanna cayó
prisionera. La llevaron a Pruszków, donde se enteró de que el Levantamiento
había terminado. «Yo no sabia qué había pasado con mi familia. Después
supe que incluso celebraron una misa por mí: pensaron que había muerto.»
Mientras escapaba por los bosques, los miembros del AK eran reconocidos
formalmente como parte de las fuerzas armadas polacas, amparados por la
Convención de Ginebra. Tal vez esa fue la razón de que la tomaran prisionera en
vez de matarla. Hanna recaló en el campo creado para las mujeres del AK.
Sobrevivía apenas con los paquetes de comida que enviaba la Cruz Roja.

Cuando las tropas del
general Maczek liberaron el campo, pidió ser enviada a Bélgica a estudiar. Bajo
el nuevo régimen digitado por la URSS, volver a Polonia no era una opción: más
de 50 mil ex insurgentes fueron arrestados en los primeros meses de 1945. En
Bélgica pudo por fin comunicarse con su familia, y conoció a Teodosyus, su
futuro marido, que había pasado toda la guerra prisionero. Casados llegaron a
la Argentina, ese país que Hanna imaginaba como El Congo y resultó ser más que
París: las calles y su arquitectura palaciega, la gente tan educada, el jamón
rebasando los sándwiches. Tuvieron dos hijos, nietos y bisnietos. Nunca se
arrepintió de unirse al AK, dice. «Pero no me gustaba recordar esos
tiempos. Teníamos rencor contra los rusos que no nos ayudaron, contra los
Aliados que permitieron eso. A partir de mis nietas pude recordar. No de otra
manera, pero sí sin que me doliera tanto.»

UN BOY SCOUT EN LA LÍNEA
DE FUEGO

Hacia fines de agosto de
1944, el contraataque alemán se dirigía hacia el sur de Varsovia, a Czerniaków,
en la ribera del Vístula. En un internado salesiano de ese barrio estaba
Ricardo (Ryszard, en polaco) Arendarz: un chico de 14 años, pero también un
veterano de guerra. Su padre ya había logrado escapar a la Argentina un par de
años antes; su madre, que cumplía tareas de intérprete en el AK, había sido
evacuada de Varsovia por la organización cuando detuvieron a su jefe.

El AK puso a Ricardo en
el internado, con documentos falsos: pasó a ser Ian Bontrom. Y junto a un grupo
de seis o siete chicos decidió unirse a las Columnas Grises (Szare Szaregi), la
organización de resistencia clandestina de los boy scouts. «¡Sabés cuántos
muchachos de mi edad se unían al AK! Y más chicos también», dice hoy
sentado en el comedor de su casa este señor de ojos claros e impecable corbata,
tiradores y cárdigan, vicepresidente de la Asociación de Ex Combatientes
Polacos en la República Argentina (SPK, por sus siglas en polaco).

Para cuando estalló el
Levantamiento, Ricardo estaba viviendo en la casa de un jefe del AK que conocía
a su madre. «En cualquier momento la organización te puede necesitar, me
dijo. Nos daban instrucción, pero no armas, porque éramos muy chicos»,
cuenta. «Pero yo me conseguí una. Era muy primitiva, de la Primera Guerra
Mundial. La cambié por dos litros de vodka, conseguí unas balas en el mercado
negro y me fui a practicar a un lugar alejado. Por suerte andaba, y yo me
sentía más seguro.» Ricardo ya había logrado llegar al internado, donde
estaba su grupo. Hacía de enlace, en bicicleta, con los combatientes de la localidad
de Sadyba, a dos km. Un día, a fin de agosto, como ya oscurecía, tuvo que
quedarse a dormir allí. Fue la noche en que los alemanes atacaron.
«Bajamos a los sótanos, a todos los menores nos ordenaron sacarnos los
brazaletes y las insignias, y entregarnos como civiles si nos detenían. Y
empezó un tiroteo enorme.» Ricardo fue llevado con otros prisioneros a
Pruszków. Pensaba en escaparse, pero no tenía dónde ir. Y en Czerniaków seguía
la lucha: el barrio aguantó casi hasta el final del Levantamiento. Los
insurgentes que quedaron escaparon por los canales cloacales hacia Mokotów, en
el sudoeste. Así ya habían evacuado la Ciudad Vieja, en una de las acciones más
trágicas y arriesgadas del Levantamiento, el general Bór, el Estado Mayor
Subterráneo y varias centenas de insurgentes.

Ricardo fue enviado como
mano de obra a Breslau, la capital de Silesia (hoy Wroclaw). Cuando los rusos
atacaron, logró huir, regresar a Polonia y encontrar a su madre. Juntos
volvieron a Varsovia en 1945. No tenían idea de la magnitud de la destrucción.
Bajo veinte millones de metros cúbicos de escombros y cenizas yacía su ciudad.
No había electricidad, y el agua se recogía del Vístula o de algún caño roto
que largaba un líquido verdusco. A pesar de ser una tierra baldía, ya habían
regresado más de 150 mil personas. La madre de Ricardo logró mandar un
telegrama a la Argentina, y así su padre, que los creía muertos y se había
vuelto a casar, se enteró de que en Varsovia todavía tenía mujer e hijo.
«Era difícil salir del país, pero todo el mundo se quería ir. Muchos se
afiliaron al Partido Comunista sólo para que les dieran trabajo en el
exterior.» Por las gestiones de su padre lograron un permiso de visita.
Ricardo nunca regresó. Primero por el miedo a ser detenido, después para no dejar
sola a su madre. A los 85 años, dice que todavía tiene ganas de volver a ver
Varsovia.

EL SOLDADO DE MOKOTÓW

En 2004, la CNN televisó
un especial sobre el Levantamiento, con filmaciones originales del Departamento
de Propaganda del AK. Escenas de bombardeos y escombros, pero también de bodas,
misas y ollas populares. Y del desfile de capitulación: los insurgentes marchan
en columna, la cabeza en alto, la mirada acongojada, usando los brazaletes
blanquirrojos por última vez. Un plano medio muestra a un muchacho alto, las
mejillas hundidas, que lleva la bandera polaca y una frazada al hombro. Andrés
Chowanczak se quedó helado: ese hombre era su padre.

«No lo podía creer.
Fue algo muy emocionante», dice hoy este ingeniero de 48 años, una de las
personas, al menos en la Argentina, que más saben sobre el Levantamiento de
Varsovia, donde además de su padre participó su abuelo. Andrés investigó aquí y
en Polonia sobre esas historias que escuchaba de chico en su casa, y que tanto
se parecían a una leyenda. Stanislaw Chowanczak, su padre, rebautizado
Estanislao en la Argentina, había muerto en 1997, y había contado poco de su
participación a los 19 años como combatiente en el distrito de Mokotów, uno de
los últimos bastiones de la resistencia.

El abuelo de Andrés, Jan,
era toda una personalidad en Varsovia: dirigía el imperio peletero más
importante de Europa. A. Chowanczak i Siew exportaba a todo el mundo, proveía
de abrigos al cuerpo diplomático y a las estrellas de cine. Jan también era
socio de un banco, vivía en un palacio -donde hoy es el Ministerio de Cultura-
y les había dado a sus hijos una educación de élite. A pesar de las
advertencias de sus socios ingleses, Jan no sacó un centavo de Polonia, sino
que se dedicó a financiar con su patrimonio al AK y a formar el Estado
Subterráneo. «Era muy amigo del presidente polaco y del jefe de gobierno
de Varsovia», dice Andrés. «Sobornaba a los gendarmes alemanes para
liberar a personas detenidas o comprar armas que ocultaba en el sótano del
palacio, escondía a gente perseguida por la Gestapo, organizaba reuniones del
Comando de la resistencia, creó escuelas clandestinas. Como pantalla, puso a un
alemán en el directorio de la empresa.»

Su hijo Estanislao,
mientras tanto, se enfrentaba a los tanques enemigos con botellas de gasolina
en un distrito cada vez más cercado. «Mi papá fue herido, pero igual
siguió luchando hasta la capitulación de Mokotów, el 27 de septiembre de
1944.» Ese fue uno de los días más trágicos del Levantamiento. Junto a
otros combatientes, Estanislao reptó por los canales cloacales buscando llegar
al centro de la ciudad, que aún resistía. El cineasta Andrzej Wajda retrataría
años después, en la película Kanal, la asfixia y el terror que dominaron esos
laberintos repletos de remolinos, materia fecal y ratas, donde muchos vagaron
por horas para morir ahogados, enloquecidos por los gases tóxicos o bajo las
granadas de los alemanes. Otros, como Estanislao, perdieron la orientación para
dar nuevamente en Mokotów, justo en las fauces de los nazis, que a pesar del
cese del fuego y la capitulación ejecutaron a más de cien insurgentes. Cuando
le tocaba el turno, Estanislao y su grupo vieron llegar a un general alemán
vestido de gala, que apenas podía contener el vómito ante los cadáveres y la
sangre manchando sus botas bien lustradas. Alguien susurró que era Erich von
dem Bach, el general SS que dirigía la liquidación del Levantamiento. Habían
contravenido sus órdenes. Furioso, mandó que los llevaran al fuerte Mokotów, a
reunirse con el resto de los detenidos.

Estanislao se salvó. Hizo
el recorrido de la mayoría de los insurgentes prisioneros: primero Pruszków,
luego el campo Stalag XB en Sandbostel (Sajonia). Solía contarle a su hijo
Andrés que de su metro noventa, la parte más gorda cuando fue liberado del
campo era la rodilla. Jan, por su parte, había sido enviado a Buchenwald, donde
lo tiraron a unos perros que le destrozaron una pierna. Mas tarde pudo volver a
Varsovia, donde presidió el sindicato de peleteros y ayudó en la reconstrucción
de la ciudad. Murió en 1949, como consecuencia de la amputación de su pierna,
mal curada. Padre e hijo no volvieron a verse.

Después de liberado,
Estanislao viajó a estudiar economía a Bélgica y luego llegó a Buenos Aires,
donde se instaló en zona norte. Se casó con una hija de polacos que también
habían peleado la guerra; nacieron dos hijos. Andrés preparó y ganó un juicio
contra el estado polaco por la confiscación durante la época comunista de las
numerosas propiedades de su familia: entre ellas, 10 hectáreas en donde hoy se
levanta el estado nacional. Pero todavía no recibió un centavo.

LAS RUINAS HELADAS DE
VARSOVIA

A las 8 de la noche del 2
de octubre de 1944, ya al límite de sus fuerzas, el general Bór decidió
capitular a condición de que la Wehrmacht y no las SS comandaran la rendición.
Los combatientes tendrían trato de prisioneros de guerra según la Convención de
Ginebra y los civiles no sufrirían consecuencias. Los alemanes, a pesar de su
inmensa superioridad militar, habían perdido casi el 50% de sus fuerzas: más de
25 mil muertos, desaparecidos y heridos.

El 5 de octubre, a las
9.45 de la mañana, las últimas columnas del AK dejaron la ciudad. A partir de
ese día, siguiendo las órdenes de Hitler de que Varsovia debía desaparecer
completamente de la faz de la Tierra, la capital fue saqueada, incendiada y
bombardeada: palacio por palacio, monumento tras monumento, casa por casa. Fue
la campaña más destructiva de toda la Segunda Guerra Mundial. Sólo quedó en pie
el 15% de las edificaciones: las pérdidas superaron a Hiroshima y Nagasaki
juntas.

Los líderes del AK no
sabían que el futuro de Polonia se había decidido un año atrás, en la
Conferencia de Teherán: un tercio del territorio sería anexado a la Unión
Soviética y el país quedaría bajo su área de influencia. El 17 de enero de
1945, el Ejército Rojo por fin cruzó el congelado Vístula, y las ruinas nevadas
de Varsovia cayeron sin un disparo. Dos días después, con los alemanes fuera de
la capital, se disolvía para siempre el AK. Empezaba una dictadura que duraría
cuarenta y seis años.

UN LUGAR PARA RECORDAR

Sólo hacia el final del
régimen comunista se pudo empezar a honrar en Varsovia la memoria del
Levantamiento. En este 70° aniversario, los ex insurgentes que aún viven serán
recibidos por el presidente -ya una tradición- y se organizarán actos y
conmemoraciones por toda la capital polaca. Quedan unos 3300 sobrevivientes en
todo el mundo. Muchos acudirán al homenaje: por la Argentina está invitada
Hanna Fuglewicz (no pudo participar de esta nota por problemas de salud), que
fue mensajera del AK. Como ella, se calcula que de los 25 mil polacos que
llegaron a la Argentina entre 1946 y 1951, recalaron unos 250 ex insurgentes,
muchos agrupados en el Círculo del Armia Krajowa, que funcionó hasta 2004. El próximo
domingo, 31 de agosto, una misa en la iglesia polaca Nuestra Señora de
Guadalupe (Mansilla 3842) y una ceremonia en la Unión de los Polacos (J. L.
Borges 2076) recordarán a los insurgentes de Varsovia.