ENTREVISTA Cecilia Custodio recibió una invitación de la Embajada Iraní para visitar ese país que tanto le llama la atención. Pese al asombro y el susto de sus allegados, aceptó. Viajó con la misma idea que tenía la Embajada: “desmitificar al monstruo”, pero que le quitaran el pasaporte al llegar al hotel y que no le permitieran salir a pasear sola cambiaron un poco su perspectiva. Su experiencia la narró en 40.000 caracteres, en dos crónicas para el semanario Voces, y ahora prepara un artículo para Público de España y otro para el Washington Diplomat de Estados Unidos.
29/12/2011
Autor: Matilde Marti
¿Entonces notaste disconformidad pero no actitud de cambio?
La gente está como vencida: “no me gusta pero es lo que hay”. Lo peor fue que yo, estando una semana, me pasó: llegó un momento que te empieza a venir como esa cosa de si esto lo puedo hacer o no, y entonces ante la duda no lo hago. En mi tercer día decidí que no quería agenda sino que lo iba a dedicar a los otros paseos: el parque de las mujeres, la sinagoga, la iglesia ortodoxa armenia, la Universidad, tal vez el parlamento… (…) Fui a consultar con una de las personas encargadas de la organización. Mi sorpresa fue grande al notar su sorpresa cuando le hice la consulta (…) Él no podía creer que yo quisiese hacer algo que no estaba dentro de la agenda. Me dijo: “Es que para hacer esto hay que pedir permiso”.
¿Con qué te pasó? ¿Cuándo quisiste salir del cronograma?
Sí. Es como un efecto de autocensura. En las entrevistas, el Embajador me dijo que yo podía hacer lo que quisiera, dentro de lo que uno hace cuando va a cualquier lado. Entonces fui contentísima y cuando llegué, bueno, pasó lo del pasaporte.
¿Cómo se dio que te lo quitaron?
Nunca me había pasado una cosa así, pero el otro día conversando con gente me dijeron que les había pasado en Egipto, creo. Pero en general eso no es así, la gente se maneja con su pasaporte todo el tiempo. ¿Por qué y para qué se quedan con tu pasaporte si vos, en la habitación, tenés caja de seguridad? Eran preguntas que yo hacía y nadie me respondía. “Room 1114”: dijo el recepcionista, pero casi ni lo escuché de lo estupefacta que estaba por lo que hizo antes, cuando a los dos turcos y a mí nos pidió que llenáramos la ficha de rutina, nos solicitó los pasaportes y los comenzó a guardar en un cajón… Entonces pregunté: “Disculpe ¿nos puede devolver el pasaporte?”, a lo que el señor, muy amablemente nos contestó: “No se preocupen que aquí están bien guardados”.
¿Y en esas situaciones, cómo reaccionaban los demás periodistas que estaban en el grupo?
Se sorprendían igual que yo.
De a poco empezaste a sentir esa falta de libertades de la que hablabas…
Una anécdota. Aún no había empezado la feria, yo tenía un día libre y poco que hacer. Quería empezar a familiarizarme con la ciudad, dije ‘me voy a ir a un Citytour’. Les pregunté a los de la organización y me dijeron ‘no, Citytour no, pero podemos llamar a alguien’… Trajeron a un muchacho joven para que me llevara a recorrer la ciudad. El problema era que el tipo no hablaba ni una palabra en inglés, ni una. Entonces, íbamos dando vueltas en un auto pero yo no sabía qué era qué. Intentaba comunicarme con gestos, con señas, pero no. Me dediqué a mirar para afuera. Otra cosa que me pasó fue que la primera vez que pedí Servicio a la habitación, yo no tenía el velo puesto (es el único lugar donde podés no usarlo) y cuando llega, abro la puerta y era un hombre, que me mira y como que se asusta, en seguida mira para abajo, y todo el trayecto de llevar la bandeja para adentro de la habitación y salir fue mirando hacia abajo. Sin mirarme. Pánico.
¿Cómo viviste vos esas situaciones a las que, evidentemente, no estás acostumbrada?
Es como una psicosis que se te va generando… La segunda vez que pedí Servicio a la habitación, automáticamente me puse el velo. Cuando te pasa una cosa una primera vez, es como que la segunda te sabés manejar. Si bien en Uruguay tuvimos nuestros años complicados, yo no los viví, nací en el ‘74, entonces nunca estuve en un lugar dónde no se puede hacer lo que uno quiere. A todo esto, me hice amiga de una rumana de unos 40 años, una mujer que vivió su adolescencia y juventud en dictadura, entonces ella estaba más empapada en el tema: veía cosas que, de repente, al principio yo no las notaba; ella me las comentaba y ahí yo las tenía en cuenta. Por ejemplo, había unos hombres en la vuelta, todos de traje, eran caras que las veíamos día a día pero no sabíamos quiénes eran. No eran ni de la organización, ni eran periodistas. Siempre estaban ahí, mirando. Y cada día eran más.
¿Nunca nadie les explicó quiénes eran?
No, tampoco me lo dijo el Embajador antes de irme. Era tan sencillo como decirnos “somos un país que tiene problemas con Israel, con Estados Unidos, siempre estamos en conflicto, entonces tenemos un sistema de inteligencia que de repente ustedes no están acostumbrados, pero no den bola”. Perfecto, yo me hago amiga. Pero lo que no me gustaba era sentirme observada.
¿Tuviste oportunidad de hablar con el Embajador, de contarle todo esto?
Sí. Es un tipo muy abierto, es encantador, y en parte él fue quien me dio esa confianza para viajar, eso que la gente no entendía. Cuando le comenté que me habían sacado el pasaporte se agarraba la cabeza. Es que eso fue mortal. Si vos vas a un país de Occidente, digamos Perú, y te pasan esas cosas, no es lo mismo que te pasen en Irán. Si te pasa en Occidente, inmediatamente te das cuenta que hay algo que está mal. Pero si te pasan en un país de Medio Oriente, no sabés si es parte de su vida, o por cómo se manejan en su sociedad, si es cultural, no sabés. Son situaciones para las que no estás preparada y las tenés que resolver en el momento porque tampoco tenés a quién recurrir. e dije todo lo que me había pasado, todo, todo. Las personas a las que no había podido entrevistar, los lugares a los que no había podido ir, sobre estos tipos de traje… Y el Embajador me agradeció. La mayor explicación fue que ellos son un pueblo que, como han tenido muchísimos problemas, no están acostumbrados a abrirse a la gente de afuera, menos si son occidentales y menos si son periodistas. Yo le contesté que lo entiendo, realmente lo entiendo; no es que yo voy a Irán y les digo cómo tienen que vivir, a mí me parece que cada país tiene su identidad y se la tiene que respetar. Ahora, no me inviten. Porque si lo que quieren es hacer una movida para desmitificar, número uno, actúen en consecuencia. Número dos, háganlo de adentro para afuera. Yo no puedo decir nada lindo de Tehran porque no vi nada lindo, porque no vi nada en realidad
¿Este viaje te cambió la idea que tenías de Irán, para bien o para mal?
No. Mi gran desilusión fue que yo iba en plan “quiero desmentir todo lo que se dice”, yo iba de cabeza a escribir cosas maravillosas, iba re ilusionada…
Porque realmente no creías que sea ese monstruo del que se habla…
Y lo sigo creyendo.
Una periodista (casi) suelta en Irán
26/Ene/2012
Universidad ORT, In Situ, Matilde Marti