¿Un giro pragmático de Hamas?

23/May/2017

Infobae, Por Federico Gaon

¿Un giro pragmático de Hamas?

A principios de mayo trascendió que el
grupo palestino Hamas habría reconocido implícitamente que un Estado palestino
puede basarse en los límites de 1967, antes de que Israel se expandiera en la
Guerra de los Seis Días. Consecuentemente, la agrupación islamonacionalista
estaría renunciando, por lo menos temporariamente, a la histórica pretensión de
una Palestina «desde el Jordán hasta el Mediterráneo». Es decir,
estaría reconociendo tácitamente la existencia de Israel, aunque no así su
derecho a existir. Suponiendo que esta interpretación sea adecuada, Hamas
estaría intentado proyectar que está moderándose, blanqueando su imagen y
abriendo la ventana a potenciales negociaciones con los actores de la región.
Este desarrollo podría ser especialmente
relevante a la hora de tratar el conflicto israelí-palestino. Por eso cabe
preguntarse qué llevó a Hamas a este rumbo y qué posibilidades hay de que, en
efecto, haya un desenlace positivo. ¿Son reales los indicios que sugieren que
los tiempos están cambiando? ¿Se puede confiar en Hamas?
Para empezar, lo que sucedió concretamente
fue que Khaled Meshal, el exiliado líder saliente de la organización, anunció
la introducción de un documento político con nuevas directrices. Busca darle a
Hamas dinamismo, para que tenga la flexibilidad para hacer negocios. Así y todo,
Meshal dejó en claro que el objetivo ulterior de la plataforma continúa siendo
la completa liberación de Palestina, y que no pueden hacerse concesiones,
independientemente de toda realidad o coyuntura. Esta ambigüedad significa
esencialmente que, aunque el grupo podría contemplar convivir con «el ente
sionista», está postergando la lucha armada, acaso iniciando una tregua
unilateral por una duración indeterminada.
Las autoridades israelíes han dejado en
claro su escepticismo, planteando que las declaraciones de Meshal son una
cortina de humo para ocultar las intenciones verdaderas de su agrupación. Desde
luego, es muy temprano para poner a prueba la pretendida moderación de la
plataforma militante, cuyo propósito fundacional está atado a la destrucción de
Israel. Por este motivo, a diferencia de lo que algunos medios han reportado,
aún no es preciso hablar de la existencia de una nueva carta orgánica. En tanto
el grupo no deje entrever que su comportamiento ha cambiado, su virulenta carta
fundacional de 1988 seguirá vigente. Aunque el nuevo documento distingue entre
judíos y sionistas, ablandando el tono antisemita del texto fundacional, queda
por verse cómo evolucionará la retórica del movimiento. Los ayatolas hacen la
misma diferencia y, sin embargo, niegan el Holocausto con caricaturas
antisemitas.
Vistas las cosas desde una perspectiva más
amplia, las declaraciones de Meshal no necesariamente están orientadas a
cambiar la percepción de los israelíes. Ocurre más bien que Hamas tiene una
prioridad específica, reflejada en que quiere congraciarse con la mayoría de
los Estados árabes, que consideran al grupo islamista un lastre. En vistas de
los jugadores musulmanes del vecindario, Hamas no es fidedigno de confianza por
varias razones.
En primera instancia, sus lealtades son
cambiantes. En 2012, con el trasfondo de la guerra en Siria, los regentes de la
Franja de Gaza mudaron su oficina de Damasco a Doha y se distanciaron de sus
benefactores iraníes. En aquel entonces el conflicto sectario contribuyó a que
el grupo se apartase del eje chiíta que antagoniza con el sentimiento que
predomina entre los sunitas. No obstante, más recientemente, a partir del año
pasado, el grupo empezó a reconciliarse con Teherán. Esto se debe a que el
patronazgo de Qatar no le alcanza al movimiento islámico, especialmente desde
que Mohammed Morsi fuese derrocado en 2013. El ex presidente egipcio afiliado a
la Hermandad Musulmana representaba un aliado prometedor a quien no dejaron
cumplir. Por ello, desprovistos de patrones con peso regional, a los líderes de
Hamas no les quedó opción salvo reanimar viejas amistades. Ahora bien, es
evidente que Teherán no puede hacer mucho por Hamas en tanto su atención esté
fijada en Siria y en Irak.
En segundo lugar, la campaña beligerante de
Hamas contra Israel se ha vuelto un dolor de cabeza en capitales árabes cada
vez más dispuestas a normalizar relaciones con Jerusalén. Desde que el grupo
tomara posesión de Gaza, hace ya una década, viene provocando a Israel lanzando
cohetes contra su territorio, incitando duras retaliaciones. Durante tales
circunstancias, incluso cuando los Estados árabes se vieron forzados a condenar
abiertamente las operaciones israelíes, en privado hacían todo lo posible por
desprestigiar a Hamas. Es un tema delicado porque ayudar a Gaza es lo mismo que
respaldar a sus gobernantes, y esto socava los intereses de Al-Fatah, el
histórico partido secular de Yasir Arafat que goza de reconocimiento
internacional.
En la «calle árabe» los ataques
de Hamas contra Israel son vistos como prueba fehaciente de que la vieja
guardia palestina, hoy encabezada por Mahmoud Abbas, ya no hace nada para
plantarse frente a los designios del «enemigo sionista». Esto explica
en parte la insuperable rivalidad entre Hamas y Al-Fatah por la conducción de
la política palestina. Notoriamente, hace pocas semanas Abbas le informó a
Israel que dejaría de pagar la factura de electricidad de Gaza, a los efectos
de presionar a Hamas a que le ceda el mando de la franja.
Con la excepción de Qatar, los países
sunitas miran con aprensión a los movimientos islamistas. Sopesando estas
consideraciones, a ningún regente árabe le conviene que Hamas se imponga sobre
Al-Fatah, que islamice la escena política palestina o que ejerza influencia
entre partidarios esparcidos por el mundo árabe, sobre todo luego de las
revueltas de 2011. Lo cierto es que el islamismo representa una inmensa fuerza
de movilización social que despierta resquemor entre los regímenes aferrados al
poder.
Por este motivo, desde el año pasado Hamas
viene intentando minimizar su afinidad ideológica con la Hermandad Musulmana.
Por ejemplo, en marzo de este año todos los afiches esparcidos por Gaza
conmemorando a Morsi fueron removidos. Pero El Cairo no compró el cuento. La
desconfianza es tal que los gazatíes tienen vedado el accedo a Egipto. Mientras
se desarrolla una insurgencia yihadista en el desierto egipcio, el paso
fronterizo de Rafah raramente abre. Además, tras la llegada al poder de Abdel
Fatah al-Sisi, los túneles entre «Hamastán» y el Sinaí fueron
clausurados, asentando un duro golpe a traficantes y a la economía clandestina
de Gaza en general. Estas trabas se suman a las impuestas por Israel y por el
liderazgo palestino en Cisjordania, efectivamente castigando los prospectos
económicos de Gaza, y con ellos la popularidad del grupo islamista.
Volviendo a las premisas, el propio Ismail
Haniyeh, el jefe político de la organización, afirmó: «Los cambios
[expresados en el nuevo documento político] tienen que ver con desarrollos regionales
y la necesidad de adaptarse al momento». De este modo, rompiendo la
tradición, el nuevo texto evita mencionar a los hermanos musulmanes,
retratándose como un movimiento independiente. A juzgar por el lenguaje del
documento, la organización está bajando su retórica islamista, enfatizando en
su lugar postulados nacionalistas. Desvincularse con la Hermandad Musulmana
significa que la organización palestina puede dispensar de compromisos
inoportunos y adoptar una agenda más flexible.
Este análisis da la pauta de que el grupo
está adoptando esta postura porque su situación es precaria. Se ha quedado sin
aliados y la presión de los actores regionales sigue acumulándose. Podría
decirse que los islamistas luchan por su supervivencia y su relevancia. Por esto
es que Meshal, Haniyeh y compañía necesitan integrarse al proceso político
palestino, para así perfilarse como una alternativa legítima a Al-Fatah. Para
que esto suceda el grupo necesita hacerse con cierto reconocimiento
internacional. No obstante, dado el expediente de estos personajes, este apoyo
dudosamente llegará a materializarse en el tiempo previsible.
¿Coexistencia con Israel?
Hay una reflexión positiva que vale la pena
rescatar. En este momento, Hamas no puede permitirse invitar otra intervención
israelí en Gaza. Esto cancelaría el lavado de imagen al que los militantes
apuestan, especialmente vis-à-vis Egipto, Estados Unidos y la Unión Europea.
Así y todo, incluso si quisiera atacar a Israel, sus probabilidades ya se
encuentran de por sí bastante limitadas. El sistema defensivo móvil israelí
Cúpula de Hierro puede interceptar cohetes en el aire con casi un 100% de
efectividad. Israel también está construyendo un muro subterráneo en torno a
Gaza para evitar infiltraciones.
En mi opinión, Hamas está diciendo
tácitamente que aceptará una tregua por tiempo indeterminado. Es lo que en la
tradición política islámica se conoce como hudna. Si bien no renuncia a su
sueño de destruir a Israel, reconoce que este objetivo es momentáneamente inalcanzable.
En otras palabras, posterga el sueño para adecuarse a una realidad tajante. Si
la historia sirve de pauta, la Organización para la Liberación de Palestina
(OLP), dominada por Al-Fatah, sólo alteró el contenido más aguerrido de su
carta orgánica en 1996, una vez manifiesta la incompatibilidad de esta con los
acuerdos de Oslo. A su vez, también hay que recordar que Arafat sólo negoció
con Israel una vez que cayó en desgracia. De no haber sido por el acuerdo de
paz, la OLP hubiera quedado marginada en la era pos-soviética. En este sentido,
apoyar a Saddam Hussein durante la guerra del Golfo fue a Arafat lo que apoyar
a Mohamed Morsi fue para Hamas.
Pese a que tras Oslo la OLP se ha
transformado en la Autoridad Nacional Palestina, la vieja guardia nacionalista
tampoco ha descartado su deseo de destruir a Israel. Esta reticencia a enmendar
la narrativa maximalista se ve en el hecho de que el liderazgo palestino no
está dispuesto a reconocer a Israel como el Estado judío que es. Lo reconoce
como una realidad temporaria, asumiendo que en algún futuro lejano ya no
molestará. Si uno es optimista, esto no quita que las partes puedan alcanzar
una paz imperfecta. Si uno es pesimista, esto implica que en tanto el odio no
se extinga, nunca habrá una paz verdadera.
Sobre la base de lo expresado
anteriormente, Hamas puede ser objeto de un juicio similar. En la medida en que
necesita mostrarse como una plataforma moderada, lo más probable es que se
abstenga de provocar a Israel. En cambio, priorizará perfilarse doméstica e
internacionalmente como una plataforma circunstanciada con la realidad
regional. En todo caso, el tiempo dirá si será el inicio de una tensada
coexistencia. No solamente entre Hamas e Israel, pero entre agrupaciones
palestinas también.
En conclusión, la aparente maduración
política de Hamas no es signo de que su ideología ha cambiado. Siempre hay
pugnas puertas adentro de las organizaciones y no hay razón para suponer que el
flamante documento político refleja las preferencias de todos sus miembros. Sin
embargo, el caso también marca que ciertos fanáticos pueden llegar a ser
pragmáticos cuando los hechos prevalecen sobre ideas inalcanzables.