Turquía intenta revivir al viejo Imperio otomano

22/Ene/2021

Búsqueda- por Eduardo Zalovich

 

El actual presidente, Recep Erdogan, pretende sustituir el proyecto de Ataturk, reconduciendo el país hacia el Imperio. Desde 2014, ha dado pasos significativos en esa dirección.

 

La República de Turquía es el Estado sucesor del Imperio otomano. Su primer presidente, Mustafá Kemal Ataturk, dirigió un proceso de secularización y modernización del país, que históricamente tiene una cultura islámica, con un 99% de musulmanes mayoritariamente suníes. Desde la fundación de la república, las Fuerzas Armadas asumieron la misión de garantizar los principios laicos y velar por la seguridad de un país estratégico. Ambas misiones han implicado una marcada influencia de los militares en todos los ámbitos de la sociedad turca. Tras el derrumbe del Imperio otomano, el proyecto del mariscal Ataturk fue reconstruir Turquía como un Estado avanzado y proccidental. Con 784.000 km² y 82 millones de habitantes, la nación se encuentra en Asia Menor, como una península que apunta hacia Europa. La abundancia de agua y tierras de cultivo han favorecido el aumento demográfico y hoy conforma uno de los tres gigantes del Cercano Oriente junto con Irán y Egipto.

 

El actual presidente, Recep Erdogan, pretende sustituir el proyecto de Ataturk, reconduciendo el país hacia el Imperio. Desde 2014, ha dado pasos significativos en esa dirección. Tres ejemplos clave fueron la reforma constitucional de 2017, que fortaleció brutalmente el poder presidencial, la reforma educativa y la transformación de la histórica basílica de Santa Sofía en una mezquita. Las características de su política son el nacionalismo imperialista y la expansión del islamismo suní. En concreto, ha virado del kemalismo al otomanismo.

 

En teoría, Turquía es una democracia parlamentaria. La Constitución establece un Estado democrático, laico y respetuoso de los derechos humanos. Un presidente encabeza el Ejecutivo por cinco años con posible reelección. El Poder Legislativo se compone por la Gran Asamblea Nacional, de 600 bancas.

 

El fracaso del golpe de Estado impulsado en 2016 fue utilizado por Recep Erdogan para ejecutar purgas dentro del Ejército, tradicional bastión secular, así como en la administración pública, la Justicia, los medios de comunicación y las universidades. Con los tres poderes del Estado controlados, el sistema turco derivó hacia un modelo autocrático y confesional. Se decretó el estado de emergencia. El incidente provocó más de 6.000 detenciones, unos 300 asesinados y más de 2.000 heridos. Además, 2.750 jueces fueron destituidos. El 19 de julio de 2018, el presidente Erdogan levantó el estado de emergencia que había sido prorrogado en siete ocasiones mediante la votación del Partido Justicia y Desarrollo (AKP), dominante en el Parlamento. Ese mismo año fue reelecto para el período 2018-2023.

 

Política exterior agresiva

Frente a los países del golfo Pérsico, Erdogan optó por el enfrentamiento. Ante Arabia Saudita pretende que los sunitas del mundo dejen de ver al reino como su principal defensor, remplazándolo por —faltaba más— Turquía, buscando así un liderazgo religioso. En Siria e Irak, Ankara continúa su estrategia expansionista bajo el pretexto de evitar que un vacío de poder propicie la creación de un Estado kurdo. Ya tiene presencia militar al norte de ambas naciones.

 

El giro exterior resulta más evidente ante Irán. Turquía estrechó lazos de amistad con la nación persa, pese a que está sometida a sanciones internacionales. Pesó más el enfrentamiento de los ayatolás con la sunita Arabia que el régimen chiita con su apoyo al terrorismo, su programa nuclear y de misiles. El brazo de Turquía llegó también hasta Libia. Ha enviado “voluntarios” para evitar que el mariscal Jalifa Haftar —laico, pro-Washington y pro-Egipto— alcance el poder. Por ahora lo ha conseguido.

 

Observemos hacia Rusia, durante siglos enfrentada con el Imperio otomano. Erdogan introdujo aquí otro viraje. Ankara ha comprado a Vladimir Putin su sistema de misiles tierra-aire S-400, que no resulta compatible con el sistema de la OTAN, a la que Turquía pertenece. El arreglo con Moscú se ha visto sobre el terreno en el conflicto de Nagorno Karabaj. Turquía apoyó al bando musulmán, y Azerbaiyán venció. Los armenios cristianos han debido ceder en sus justas aspiraciones y verse reducidos geográficamente. Rusia ha dejado hacer, priorizó su relación con Turquía frente a la defensa de Armenia. En consecuencia, Estados Unidos ha excluido de la lista de aliados que recibirán el avanzado caza F-35 a Erdogan, quien reaccionó “indignado”.

 

Azerbaiyán y Armenia firmaron un acuerdo mediado por Rusia para poner fin a los combates. Se aprobó la creación de un corredor terrestre que comunicará la región autónoma de Najicheván con el territorio azerbaiyano. La tregua fue considerada como una victoria para Azerbaiyán y una mala jugada para Armenia, cuyas Fuerzas Armadas se han retirado de varias zonas basadas en el acuerdo.

 

Como un aspecto vergonzoso de la política turca, señalemos su permanente negativa a reconocer el genocidio cometido contra los armenios hace más de un siglo, con un millón y medio de víctimas.

 

En la década de 1970 Turquía invadió el norte de Chipre, de mayoría turco-chipriota. La incursión originó el desplazamiento de 150.000 greco-chipriotas, que huyeron al sur de la isla, donde los griegos son mayoría. Chipre desde entonces vive partida en dos. Turquía es el único país del mundo que ha reconocido (1983) la legitimidad de la denominada República del Norte. Desde entonces, las resoluciones de las Naciones Unidas intentan que toda la isla sea un único Estado. Erdogan apoya dos estados plenamente independientes —en realidad el norte es un satélite de Ankara—, hecho que ha ocasionado unánime rechazo internacional. Además, Turquía viene realizando perforaciones en busca de hidrocarburos en el fondo marino griego y chipriota, donde carece de soberanía alguna. La tensión con Atenas y Nicosia es enorme.

 

No solo intereses

Para la mayoría de los expertos un hecho clave en las relaciones internacionales es que “no hay amigos ni enemigos, solo intereses”. Nunca está de más negar esta afirmación tajante, que cae en lo que Vaz Ferreira definía como falsa oposición. Los intereses sin duda existen y pesan, pero también influyen los ideales y los sentimientos humanos.

 

Turquía tiene un problema importante en el este; la gran presencia kurda, que constituye la mayoría de la población en esta área del país. Los kurdos son diferentes a los turcos, viven en las montañas y tienen más hijos, un promedio de cuatro niños en comparación con dos para una familia turca. La consecuencia es que la mayoría kurda en el este aumentará y quizás se extenderá a otras zonas. Si bien los kurdos no intentan separarse del país, sino mejorar su situación en Turquía, la fuerza que les dará constituir un porcentaje mayor de la población podría modificar esta actitud. Con un menor desarrollo humano, buscan mayor autonomía cultural y administrativa, al tiempo que apoyo económico del gobierno central.

 

Si se estableciera un Kurdistán independiente al norte de Irak y Siria, ello alentaría a los kurdos de Turquía a intentar unírsele. La posibilidad de un Estado separado es una amenaza real para Ankara. Una nación de ese tipo, unificando al pueblo kurdo en territorios de tres países, ocuparía un territorio estratégico importante. La amenaza kurda es el único temor coherente en la política turca en Siria. Israel es por ahora la única potencia regional que apoya al Kurdistán independiente, pues ganaría un aliado en medio de países debilitados pero hostiles, a lo cual se suma su actual alianza con siete países árabes, a la cual se sumarán pronto Arabia Saudita y Omán.

 

Turquía puede dar forma a un nuevo estatus para sí misma en la escena internacional. En lugar de formar parte de la alianza occidental, podría ser una fuerza más independiente en Eurasia, que teóricamente es capaz de extender una zona de influencia en Europa. Debido a que los desafíos reales de Turquía son pocos —impedir la independencia kurda y asegurar su fuente de energía— la posibilidad es concreta. Esto si se utiliza la diplomacia y no la agresión, pues esta última conduce a la derrota inevitable. Ankara no está operando en el vacío y su expansionismo la condujo a conflictos con fuerzas que no puede vencer, como Rusia, Francia, Israel, Italia y Grecia. Turquía ciertamente se ha vuelto más independiente, pero no como potencia regional, sino como nación aislada.

 

Si en Siria los turcos ya se habían hundido en el barro, en la cuenca mediterránea van por igual camino. El descubrimiento de gas hizo que la región aumente su importancia. Para los países costeros (Grecia, Israel, Chipre y Egipto) el descubrimiento de gas significa seguridad y exportaciones, lo que aumentará su importancia y enriquecerá su presupuesto. Juntos decidieron formar un equipo y trabajar para desarrollar los recursos marítimos, excluyendo a Ankara.

 

En los últimos años Turquía se ha convertido en una fuerza imperialista, agresiva y despiadada. Pero carece de la estabilidad política y el poder que le permitan crear un imperio sólido. El “sultán” marcha por toda la región, pero de modo errático y sin un plan coherente. Como su antecesor, el Imperio otomano —llamado el hombre enfermo de Europa— si no controla su ambición el derrumbe será inevitable. Y positivo.

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