Tras los pasos de mi abuelo

20/Ago/2018

El País, Domingo- por Déborah Friedmann

Tras los pasos de mi abuelo

Kaja no puede bajar. Los tacos altos —es mi
traductora y está vestida como para ir a una oficina— no la van a dejar llegar,
dice. No termino de entender por qué pero le digo que está bien. Los demás sí
salimos del auto. Acaba de parar de llover y vamos hacia el monumento que
recuerda a los judíos de Rozan, el pueblo de Polonia donde nació Wolf
Kwartowich, mi abuelo materno, en 1915. Los recuerda, porque allí no hay ni un
solo judío. Los exterminaron. Ese es uno de los motivos por los que esa
localidad aparece en los libros de historia. El otro es porque a un centenar de
judíos los obligaron a meterse en la sinagoga de un poblado cercano, los
encerraron y la prendieron fuego. Con ellos adentro. Con Motl, mi bisabuelo,
adentro.
Bajamos en un descampado. Javostaw, el
guía, comienza a caminar entre los pastizales, que nos llegan casi a la rodilla.
Los pies se hunden, se siente como un pantano. Ahora entiendo por qué Kaja no
podía acompañarnos con esos tacones altos. A él lo seguimos bastante de atrás.
A lo lejos se ve el monumento, cercado con una reja y un portón con estrellas
de David. Con toda naturalidad Javostaw saca una llave y lo abre. Después
explicará que hace 56 años vive en el pueblo y que un conocido, encargado de
ese sitio, le prestó la llave.
Adentro el pasto está tan descuidado como
afuera. Tres lápidas se dejan ver entre las espigas. Son copias, advierte
Javostaw. Aquí, casi todo es copia. En la Segunda Guerra Mundial destruyeron el
95 por ciento de Rozan. Por eso, aclara que desde ese momento solo va a
explicitar cuando algo sí sea original.
Caminamos unos pocos pasos más. La escultura
recordatoria son dos piedras que emulan una Torah, una estrella de David en el
centro y varios trozos de lápidas pegadas. Esas sí son auténticas, dice
enseguida Javostaw. Del cementerio judío es lo único que queda. Todo el resto
lo hicieron desaparecer: los nazis sacaron las lápidas y las usaron para hacer
calles. De los cuerpos nunca más se supo.
Una placa explica que el sitio honra la
memoria de los 3.000 judíos que vivieron en Rozan por siglos y fueron
asesinados por los nazis. Hoy la población ronda apenas las 2.000 personas. El
guía aclara lo innecesario: ningún judío.
Dudo si sacar fotos, enseguida decido que
sí, sobre todo para poder mostrárselas a mi familia, en especial a Bruno, mi
hijo de tres años, cuando crezca. Miro hacia el suelo y al pie del monumento
hay varias piedritas. Es el modo tradicional de los judíos para recordar a sus
muertos. Busco alguna entre el pasto, no encuentro. Javostaw, siempre atento,
se aleja y vuelve con un par de piedras. Me agacho otra vez, las dejo junto a las
otras, pienso en mi abuelo y en todos los que allí quedaron que no conocí. Que
nunca tuvieron tumba. Que eso es lo más cercano que van a tener. Que soy la
primera de la familia que, en 80 años, decide volver. Consciente de eso Sabrina
Grauer, mi amiga del alma que me acompaña, me saca una foto.
En viaje.
Había llegado a Rozan con Sabrina, desde
Varsovia, solo unas horas antes. No tenía expectativas sobre la capital de
Polonia que me deslumbró, pero sobre todo me produjo un sentimiento de
familiaridad inesperado. Algo así como ir a Buenos Aires. Extraño sí, porque no
comprendía una sola palabra del idioma, pero me movía con naturalidad. Los
rostros, y esa combinación de tez clara, pelo negro y ojos celestes por todos
lados, la misma que tenía mi abuelo, acentuaban la sensación.
Salimos temprano del hotel de Varsovia
porque nos dijeron que quizás los lunes de mañana, como ese día, habría
atascos. Pero no. Así que contentas por tener tiempo para desayunar, vamos
directamente a la oficina de información para ver de qué plataforma salía el
bus.
La señora que atiende es rubia de pelo
corto y no sonríe. Le digo «Buenos días» en inglés, no contesta. Le
muestro el pasaje que, por consejo de una chica que asesora turistas en el
hotel habíamos comprado antes. Dice one. Infiero que eso quiere decir
plataforma uno. Le pregunto si el bus va directo a Rozan, no responde. Le
consulto si entiende inglés, hace que no con la cabeza.
Todo un tema esto del inglés. En tiendas
grandes o restaurantes es posible encontrar alguien que lo hable. Después, es
difícil. En la calle, eso de acercarse y preguntar si hablan inglés suele
terminar con que te ignoren. Incluso sucede con jóvenes, aunque todos aprenden
el idioma en la escuela. Se ve que a muchos no les gusta comunicarse en otra
lengua. Y listo.
Son las 9:57. El bus es bastante moderno
pero los asientos se reclinan poco. Espero que el chofer nos avise dónde es
Rozan, y no terminar quién sabe dónde. No habla inglés pero un pasajero que
algo entiende se lo pidió. Para no dormirme y porque lo necesito, empiezo a
escribir. Había elegido con cuidado la libreta que llevaría a Polonia. La
portada es verde, con Frida Kahlo dibujada y un cartel que dice
«Renacer». Casualidad, nada.
Mi abuelo siempre decía que Rozan, el
pueblo donde nació en 1915, era cerca de Varsovia. Ahora son dos horas en bus.
Él hizo este trayecto por última vez, pero en sentido contrario y hace 80 años,
en setiembre de 1938. Solo sé que llevaba consigo una caja de madera con fotos
de su familia, que todavía conservamos. También un retrato grande de sus
padres, que siempre estuvo colgado en su habitación.
Mi bus avanza bastante despacio. Al costado
solo se ven árboles. No se sabe qué hay atrás; el follaje lo tapa todo. Hace
una hora que salimos y ahora atravesamos un pueblo que tiene un puerto. Hay
casas bajas y grises, y pocas personas en la calle. Yo escribo.
Mi abuelo jamás hablaba de su vida en
Polonia ni de su viaje a Uruguay. Solo una vez pude charlar con él sobre esto.
Después de darle mil vueltas al asunto porque había fracasado en todos mis
intentos por conversar —y yo sentía bien fuerte que tenía que conocer mi
historia—, vi la convocatoria a un concurso de cuentos sobre inmigrantes. Le
propuse escribir su peripecia y no se resistió. Charlamos una tarde, sentados
en la mesa del estar de su casa. Era claro que esa era la oportunidad y no iba
a haber otra. Pregunté todo lo que quise. Él se abrió, habló y habló mucho, con
ese fuerte acento polaco que tenía en español. Ese que conservó siempre aunque
no recordara ni una sola palabra de su idioma natal. O al menos eso decía.
Lo primero que me contó es que Rozan tenía
un río. Que con su familia hablaban yiddish y con el resto se comunicaba en
polaco. Que hacía frío en invierno y no lo sufría tanto. Que había aprendido el
oficio de sastre y con eso se manejaba de forma razonable.
La comunidad judía era activa en Rozan.
Había movimientos juveniles como Hanoar Hazioni, Hashomer Hatzair y Hechalutz y
sobre 1930 establecieron también una escuela, la Beit Yakov, a la vez que
instalaron clubes sociales, deportivos y pequeñas bibliotecas.
A partir de 1935 la vida se volvió difícil
para los judíos. Para mi familia. Empezaron prohibiéndoles a los vendedores
ingresar a otras aldeas, luego vinieron boicots en el mercado frente a tiendas
y puestos de hebreos. Un año más tarde, las manifestaciones antisemitas
crecieron y pasaron a otro plano: los golpeaban y destruían sus casas y
tiendas. En ese momento, todavía, la Policía polaca los defendía. Sin embargo,
se siguieron repitiendo hasta el último día de mi abuelo Wolf en Rozan.
Tenía 23 años y solo tuvo 24 horas para
dejar su pueblo, su casa, su familia. Su vida. Ser el mayor selló su suerte.
Los judíos tenían cada vez menos derechos y su padre supo que solo podría
salvar a uno de sus hijos. Mi abuelo era el mayor de los que quedaban en
Polonia. Le tocó a él.
En Uruguay vivían ya dos de sus hermanos.
Para que Wolf pudiera abandonar Polonia precisaba un contrato de trabajo en
otro país. Alter, uno de ellos, lo consiguió, y así llegó ese telegrama que
cambiaría todo.
«Te vas mañana», le dijo su padre
desde el jardín. Era el 14 de agosto de 1938. De esas horas mi abuelo se
acordaba poco. Sentía que no había podido casi despedirse. En los meses
previos, mientras se tramitaban los papeles, había pensado en una larga charla
con cada integrante de la familia. Nada más lejos. Tenía el tiempo justo para
empacar y tomar un tren a Trieste, de donde zarparía su barco.
Juntó unas pocas cosas, saludó a sus
hermanas, abrazó a su padre, miró detenidamente, con sus ojos turquesas, cada
rincón de su casa. Descolgó de la pared una foto de Dora, su madre, que había
muerto dos años antes. Falleció de golpe, poco después de que una infección en
el oído matara a su hermano Bernardo. Antes de irse, puso varios recuerdos en
una pequeña caja de madera.
Tomó el tren hacia el consulado uruguayo en
Varsovia, donde lo esperaba su pasaje a Uruguay. Por la ventana pudo ver cómo
soldados alemanes golpeaban a un judío ortodoxo. Pensó en bajar, pero sabía que
iba a terminar como él. Muerto. Se agarró con una mano de su asiento, como para
no soltarse, y siguió.
De Varsovia fue a Viena. Llegó a la
estación dos horas antes de la partida del tren hacia Trieste. Se sentó en un
bar a tomar un té. Un retrato de Hitler lo miraba. Cuando estaba por empezar a
beber su té decenas de soldados entraron al grito de Heil Hitler. Lo dejó, pagó
y se fue.
Cuando llegó al andén la muchedumbre lo
abrumó. Se acercó a una mujer y le preguntó qué pasaba: solo ocho mil personas
tenían permiso para abandonar Austria. Vio despedidas. Escuchó llantos. Oyó
gritos de desesperación. El tren empezó a andar. La gente que quedaba abajo
gritaba: «No nos olviden», «Hagan algo para salvarnos antes de
que sea tarde».
Encuentros.
El pueblo es pequeño pero simpático.
Avangarda, el único hotel, dejaría maravillado a cualquiera que fuera a
alojarse en una localidad pequeña de Uruguay. Es moderno, impecable y con
jardines preciosos. Hay silencio, solo interrumpido por el canto de los
pájaros. Aleksandra, la recepcionista con quien me había contactado antes, nos
recibe sonriente y enseguida anuncia que en la habitación me dejó dos regalos:
un libro que cuenta la historia del pueblo, con fotos de todas las épocas, y un
montón de información que bajaron de Internet, ahora impresa y encuadernada.
Entre agradecida y emocionada los miro por
arriba, pero no tengo mucha paciencia. Quiero salir y ver el pueblo con mis
propios ojos. Caminarlo.
El Centro de Rozan es la típica disposición
de plaza principal con tiendas alrededor (en Varsovia cuesta encontrar
jugueterías y allí hay tres en una manzana), cuatro peluquerías (se ve que el
cabello es un tema importante), supermercado, carnicería, joyería y florería.
Para comer, sin embargo, la única opción es un carrito —podríamos decirle food
truck— que vende hamburguesas o baguettes. Y al costado, apenas atrás de la
plaza, la iglesia.
Llegué a Rozan con una dirección: Maja 27.
Allí era la casa de mi abuelo. Estaba escrita en una postal que recibió en 1937
y en el sobre de una carta sin fecha. No creía que esa calle existiera. Me
equivoqué. No solo no estaba alejada del Centro —una posibilidad que había
manejado— sino que era justo la calle de la Iglesia. Buscamos el 27 pero no lo
encontramos: la numeración llega al 21. No podía ser tan fácil.
Bajamos del auto y fue ahí justo cuando
Kaja dijo el dato, ese que podía cambiar todo. En la acera de enfrente vive la
misma familia desde hace más de cien años: los Bandurski. Y uno de ellos, de
más de 80 años, puede haber conocido a los Kwartowich, mi familia.
¿Y si le tocamos timbre?, pregunto. El guía
y la traductora se asombran con ese desenfado latino, dicen que es gente muy
especial, que quizás nos quieran cobrar algo. Digo que con tocar timbre y
explicar la situación no se pierde nada.
Mientras vemos qué hacer, el guía señala
hacia la esquina. Bandurski viene caminando despacio desde la iglesia. Javostaw
me pide que le anote rápido el nombre y el apellido de mi abuelo. Lo hago con
letras bien grandes; también escribo el de mi bisabuelo. Hoja en mano, se
acerca y se lo muestra. El hombre comienza a hablar, los demás nos unimos. No
sé lo que dice, pero me mira y sonríe.
Traducción de Kaja mediante sé que no
conoció a mi abuelo. Nació en 1934, solo cuatro años antes de que Wolf partiera
y era muy chico, pero se acuerda bien claro de que enfrente suyo vivía una
familia judía. La única de la cuadra. Las numeraciones no se mantienen, cuenta,
porque en ese entonces la fachadas de las casas eran muy angostas y en la
postguerra construyeron menos en el mismo territorio. Es por eso que la calle
no llega al 27. Pero sabe dónde vivía esa familia judía, mi familia. Señala el
lugar sin dudar. Es justo donde termina una casa amarilla y empieza otra que
está abandonada. Me apoyo suavemente contra la pared. Para sacarme una foto sí
y para tomar aire y que se note menos que me tiemblan las piernas.
Bandurski se entusiasma y sigue hablando.
Dice que él y su familia tuvieron que irse tres veces de la casa pero, como era
de material y no de madera como la mayoría, pudieron volver. Que poco después
de que mi abuelo partiera, judíos que habían sido trasladados a guetos eran
obligados a ir por esa calle para llegar a un afluente del río Narew, que
tenían que cambiar de curso. El recuerdo de este hombre es claro y se emociona:
mientras los judíos, con sus estrellas amarillas, caminaban calle abajo y
cantaban, los polacos comenzaban a andar a su lado con las manos en la espalda
y tarareaban bajito. Allí escondían algún alimento, en general pan, para pasárselos
sin que los nazis los vieran.
No es difícil imaginarlo. Tampoco caminar
dos cuadras y ver que esa parte del río ya no está. Sentir que ese pedazo de
tierra es parte de uno. Y que por más que mi abuelo decidiera no volver nunca,
de ahí vengo. Y de ahí soy.
De un pequeño pueblo de Polonia al
activismo judío en Montevideo
En la caja de madera que trajo mi abuelo de
Polonia, hay fotos, como esta, una de las últimas que se tomó en Rozan. Ya en
Montevideo, recordaba que los primeros tiempos no fueron fáciles, pero que este
país le resultó desde un principio amigable. Con un trabajo en la sastrería
donde ya estaba su hermano, se alimentó por cincuenta centavos durante un buen
tiempo en los comedores del INDA. Después pudo poner su propia casa de telas y
sastrería. Lo que hizo desde un principio fue integrarse a la comunidad judía
local: fue fundador del Movimiento Juvenil Jalutziano «Dror» y
dirigente de la Comunidad Israelita del Uruguay. En esa misma caja de madera
conservó la invitación al primer Congreso Sionista Latinoamericano, que le
enviaron el 7 de marzo de 1945 y luego una tarjeta de homenaje por haber
participado.
La única sinagoga y calle que sobreviven al
gueto de Varsovia
A veces perderse es la mejor idea. Eso
decidimos hacer con un grupo de periodistas argentinas en nuestro primer día en
Varsovia. Teníamos una hora libre para regresar al congreso y caminamos en
sentido contrario al Casco Antiguo, que íbamos a visitar más tarde. Habíamos
andado unas tres o cuatro cuadras, cuando Ana, una de ellas, dice: «¿Esas
no son letras en hebreo?. Nos acercamos y así era. Estábamos en la única zona
donde queda algún vestigio de lo que fue el Gueto de Varsovia. Las letras que
había visto Ana eran unos paneles que explicaban tradiciones judías y que
indicaban que a pocos pasos estaba la sinagoga Nozyk, la única que había
sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial en toda esa ciudad. Quedó en pie pese a
que todo lo que estaba a su alrededor fue bombardeado. ¿El motivo?: los nazis
la usaban como almacén. Es un pequeño templo pintado de amarillo bien claro,
que parece estar cerrado. Sin embargo, al mover el pestillo, la puerta se abre.
Hay un detector de metales, un guardia que avisa que hay que pagar entrada y
que solo se puede ingresar de a dos personas. No lo dudamos. Entramos con
Irina, recorremos en silencio y en soledad ese pequeño pedazo de historia.
Después, con el resto del grupo nos damos cuenta de que estamos bien cerca de
Prozna, la única calle del gueto de Varsovia que sobrevivió a la destrucción y
cuya denominación se ha conservado a pesar de las intervenciones alemanas y rusas.
Prueba de ello son los cuatro carteles con el nombre que tuvo esa pequeña vía a
través de los años. Los edificios, abandonados desde aquella época, dejan ver
por sus ventanas algunos restos que parecen inmortalizados en el tiempo.
GENEALOGÍA.
Buscar «papeles» antiguos
Quince minutos. Eso fue
lo que le llevó a un funcionario del Instituto Histórico Judío de Varsovia
encontrar en Internet al hermano del hombre que tenía sentado adelante. Se
habían perdido el rastro durante la Segunda Guerra Mundial y, más de medio
siglo después, su hermano recurrió a esta institución de la capital polaca
procurando saber algo. Lo que nunca imaginó es que el joven que tenía adelante
pudiera, en menos tiempo de lo que a él le había llevado contar la historia,
saber dónde vivía su hermano y también que estaba vivo. Obviamente esas son las
excepciones, dice Anna Przybyszewska Drozd, quien trabaja allí hace más de 20
años. La mayoría de quienes llegan al sector de Genealogía de ese Centro —para
lo cual se debe pedir cita a familyheritage@jhi.pl, mail al que también
responden consultas desde el exterior— lo hacen con la intención de tramitar un
pasaporte polaco, y así tener un documento de la Unión Europea. Es que allí más
que saber cómo fue la historia, se buscan los documentos que la prueben.