Sobre idiotas, velos e imanes

30/Sep/2014

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Sobre idiotas, velos e imanes

Vaya por Dios. Compruebo
que hay algunos idiotas -a ellos iba dedicado aquel artículo- a los que no
gustó que dijera, hace cuatro semanas, que lo del Islam radical es la tercera
guerra mundial: una guerra que a los europeos no nos resulta ajena, aunque
parezca que pilla lejos, y que estamos perdiendo precisamente por idiotas; por
los complejos que impiden considerar el problema y oponerle cuanto legítima y democráticamente
sirve para oponerse en esta clase de cosas.
La principal idiotez es
creer que hablaba de una guerra de cristianos contra musulmanes. Porque se
trata también de proteger al Islam normal, moderado, pacífico. De ayudar a
quienes están lejos del fanatismo sincero de un yihadista majara o del
fanatismo fingido de un oportunista. Porque, como todas las religiones extremas
trajinadas por curas, sacerdotes, hechiceros, imanes o lo que se tercie, el
Islam se nutre del chantaje social. De un complicado sistema de vigilancia,
miedo, delaciones y acoso a cuantos se aparten de la ortodoxia. En ese sentido,
no hay diferencia entre el obispo español que hace setenta años proponía meter
en la cárcel a las mujeres y hombres que bailasen agarrados, y el imán radical
que, desde su mezquita, exige las penas sociales o físicas correspondientes
para quien transgreda la ley musulmana. Para quien no viva como un creyente.
Por eso es importante no
transigir en ciertos detalles, que tienen apariencia banal pero que son
importantes. La forma en que el Islam radical impone su ley es la coacción: qué
dirán de uno en la calle, el barrio, la mezquita donde el cura señala y ordena
mano dura para la mujer, recato en las hijas, desprecio hacia el homosexual,
etcétera. Detalles menores unos, más graves otros, que constituyen el conjunto
de comportamientos por los que un ciudadano será aprobado por la comunidad que
ese cura controla. En busca de beneplácito social, la mayor parte de los
ciudadanos transigen, se pliegan, aceptan someterse a actitudes y ritos en los
que no creen, pero que permiten sobrevivir en un entorno que de otro modo sería
hostil. Y así, en torno a las mezquitas proliferan las barbas, los velos, las
hipócritas pasas -ese morado en la frente, de golpear fuerte el suelo al
rezar-, como en la España de la Inquisición proliferaban las costumbres pías,
el rezo del rosario en público, la delación del hereje y las comuniones
semanales o diarias.
El más siniestro símbolo
de ese Islam opresor es el velo de la mujer, el hiyab, por no hablar ya del
niqab que cubre el rostro, o el burka que cubre el cuerpo. Por lo que significa
de desprecio y coacción social: si una mujer no acepta los códigos, ella y toda
su familia quedan marcados por el oprobio. No son buenos musulmanes. Y ese
contagio perverso y oportunista -fanatismos sinceros aparte, que siempre los
hay- extiende como una mancha de aceite el uso del velo y de lo que haga falta,
con el resultado de que, en Europa, barrios enteros de población musulmana
donde eran normales la cara maquillada y los vaqueros se ven ahora llenos de
hiyabs, niqabs y hasta burkas; mientras el Estado, en vez de arbitrar medidas
inteligentes para proteger a esa población musulmana del fanatismo y la
coacción, lo que hace es ser cómplice, condenándola a la sumisión sin
alternativa. Tolerando usos que denigran la condición femenina y ofenden la
razón, como el disparate de que una mujer pueda entrar con el rostro oculto en
hospitales, escuelas y edificios oficiales -en Francia, Holanda e Italia ya está
prohibido-, que un hospital acceda a que sea una mujer doctor y no un hombre
quien atienda a una musulmana, o que un imán radical aconseje maltratos a las
mujeres o predique la yihad sin que en el acto sea puesto en un avión y
devuelto a su país de origen. Por lo menos.
Y así van las cosas.
Demasiada transigencia social, demasiados paños calientes, demasiados
complejos, demasiado miedo a que te llamen xenófobo. Con lo fácil que sería
decir desde el principio: sea bien venido porque lo necesitamos a usted y a su
familia, con su trabajo y su fuerza demográfica. Todos somos futuro juntos.
Pero escuche: aquí pasamos siglos luchando por la dignidad del ser humano,
pagándolo muy caro. Y eso significa que usted juega según nuestras reglas, vive
de modo compatible con nuestros usos, o se atiene a las consecuencias. Y las
consecuencias son la ley en todo su rigor o la sala de embarque del aeropuerto.
En ese sentido, no estaría de más recordar lo que aquel gobernador británico en
la India dijo a quienes querían seguir quemando viudas en la pira del marido
difunto: «Háganlo, puesto que son sus costumbres. Yo levantaré un patíbulo
junto a cada pira, y en él ahorcaré a quienes quemen a esas mujeres. Así
ustedes conservarán sus costumbres y nosotros las nuestras».