Shakespeare, antisemitismo y anticapitalismo

31/May/2012

Búsqueda, Marcos Cantera Carlomagno

Shakespeare, antisemitismo y anticapitalismo

31-5-2012
El futuro de la Historia

Por Marcos Cantera Carlomagno (*)
“El mercader de Venecia”, de Shakespeare, es un magnífico ejemplo del antisemitismo y anticapitalismo que dominaban la joven Europa renacentista.
En el centro de la escena se encuentran Shylock y Antonio. Shylock es el prototipo del judío “asesino de Jesús” y cultor del capital: prestar dinero con interés es su principal ambición. Antonio, por el contrario, es un comerciante cristiano amigo de la amistad y enemigo de la avaricia: otorga préstamos a sus amigos sin cobrarles interés.
El contraste entre ambos hombres no puede ser más contundente. Antonio odia a Shylock por usurero, y este odia a Antonio por hacerle una competencia que considera desleal.
Pero el drama comienza cuando Bassanio, un notorio despilfarrador, le pide un préstamo a Antonio, pues desea conquistar a una rica heredera. Como Antonio ha invertido todo su capital en una flota mercante, no se lo puede prestar. Sin embgargo, queriendo satisfacer a su amigo por sobre todas las cosas, acude a Shylock.
De esta manera, Shakespeare plantea dos temas cruciales de la época. Uno es la cuestión del préstamo con interés, el otro es el dilema ético que supone todo proceso de acumulación de riquezas.
¿Es justo el préstamo con interés? La Iglesia siempre lo condenó como uno de los mayores pecados, aunque el papado fuese el principal prestamista del continente (con intereses, se entiende…): un simple detalle de doble moral que nunca les quitó el sueño a los santos pontífices.
Una de las más ingeniosas variantes de la actividad financiera de la Iglesia fue la venta de perdones por pecados ya cometidos o, ¡incluso!, por posibles pecados a cometer en el futuro. Esta práctica llevó a Lutero a exigir cambios que pronto condujeron a la Reforma y a la división de la Iglesia.
La necesidad del naciente capitalismo de “hacer trabajar el dinero”, posibilitando inversiones que produjesen ganancias, las cuales permitían mayores inversiones, las cuales producían mayores ganancias, y así sucesivamente en un círculo positivo que creaba cada vez más riquezas y mayor progreso, puso a la Iglesia en un aprieto ideológico.
El papado intentó solucionar este conflicto moral aceptando el cobro de una tasa de interés “justa”, pero fracasó rotundamente, pues ¿dónde iba el límite entre esa tasa justa y la usura pura y dura?
Por esos motivos, el capitalismo, alimentado por pecados capitales, se presentaba a los ojos de la Iglesia como la obra del diablo. O de los judíos usureros.
En su trama, Shakespeare entrelaza dos cuestiones a priori ajenas entre sí: la necesidad de financiación que tenía el capitalismo y la presencia “contaminadora” del judío en la sociedad cristiana.
El nexo entre la transformación de la sociedad en sentido capitalista y la actividad judía por excelencia (el préstamo de capital), debida, justamente, a la prohibición que tenían los judíos para dedicarse a otras cosas, era la usura.
Hasta aquí, el libreto no contiene sorpresas para el público de la época. Sin embargo, Shakespeare hace un movimiento genial en el tablero de ajedrez de su obra: Shylock, como buen judío, acepta prestarle a su enemigo Antonio la suma solicitada, pero no quiere recibir un interés en oro, como es habitual, sino que pone la siguiente condición: si la suma no es devuelta el día prefijado, el judío tiene derecho a quedarse con medio kilo de carne de su deudor.
Seguro de que su flota llegará a puerto antes de esa fecha, y valorando por sobre todas las cosas su amistad con el joven Bassanio, Antonio acepta el extraño trato.
Al hacer así, Shylock deja de actuar como judío, pues en vez de apuntar a aumentar su capital se guía por un sentimiento irracional de venganza, muy común en la sociedad cristiana.
Esta actitud totalmente inesperada del judío sorprende al público.
Entonces, Shakespeare vuelve a patear el tablero de la escena: la flota de Antonio naufraga y el comerciante no puede devolverle el préstamo a Shylock, que insiste en recibir el medio kilo de carne del cristiano.
De nada sirve que la rica amante de Bassanio le ofrezca a Shylock el triple del dinero adeudado: el judío sostiene que el acuerdo firmado se debe cumplir al pie de la letra.
Una vez más, Shylock vuelve a actuar como un cristiano, y muy especialmente como un inglés. Un judío “normal” hubiera aceptado más que gustoso una ganancia tres veces mayor al capital prestado. Pero para un anglosajón primaba el valor del trato acordado.
Para nueva sorpresa de los espectadores, Shylock desarrolla el razonamiento de un verdadero hijo de Albión: los contratos se deben respetar (aunque en realidad, su verdadero deseo es el de eliminar de la escena al odiado Antonio).
“El mercader de Venecia” no termina así ni aquí. El primer acto de esta columna, sí.
(*) El autor es doctor en Historia y escritor.