Senador Pedro Bordaberry: “La Shoah marca un antes y un después en la historia civilizada”

01/Feb/2017

Senador Pedro Bordaberry: “La Shoah marca un antes y un después en la historia civilizada”

SEÑOR BORDABERRY.- Señora presidenta: en su
persona y en la persona del señor canciller, saludo a todas las autoridades,
miembros del cuerpo diplomático e integrantes de las distintas organizaciones a
las que se ha hecho referencia.
Hace
una semana, el pasado 20 de enero, se cumplieron 75 años de la Conferencia de
Wannsee, fecha que quizá en Uruguay haya pasado un tanto inadvertida.
¿Qué
fue la Conferencia de Wannsee? Ante todo, Wannsee es una localidad situada en
las afueras de Berlín, rodeada de dos grandes lagos, donde quienes tenían una
posición económica buena se construían sus casas de veraneo. Un lugar muy
lindo, con grandes casas. En una de esas casas, el 20 de enero de 1942 se reunieron
quince altos jerarcas del Gobierno alemán nazi; de eso hace setenta y cinco
años y una semana. El que convocaba era Reinhard Heydrich, jefe de policía y
miembro de las SS. Convocaba porque su jefe directo, Hermann Göring, seis meses
antes le había pedido, por instrucciones de Hitler, que organizara lo que llamó
la «solución final de la cuestión judía»; Hitler le había pedido tabula rasa.
Por
un minuto, todos los que hoy estamos acá viajemos 75 años atrás en el tiempo e
imaginemos aquella casa: una mansión –busqué su fotografía en internet– con 37
ventanas en el frente, el lago detrás y grandes árboles. Imaginemos la llegada
de esos 15 jerarcas en aquel invierno de enero, seguramente con pesados
abrigos, haciendo ruido con el taconear de sus botas. Alguno los esperaría en
la puerta para acompañarlos al interior, donde se quitarían los abrigos y
pasarían a una sala. Seguramente, tendrían hojas en sus manos para preparar y
llevar adelante y organizar la «solución final». Imaginemos autos que llegan. Se
anunciaba que al final de la jornada, que empezaba a las 12 horas, se iba a
servir un refrigerio. La reunión duró noventa minutos. Allí se labró un acta
con 30 copias, pero una sola de ellas sobrevivió. En esa acta dicen lo que iban
a hacer y hacen referencia a aquella
«solución final»: deportar judíos a regiones del este de Europa para trabajar
en carreteras y en infraestructura. Ya se anticipa allí que muchos de esos
judíos morirían por las propias condiciones de trabajo y también se adelanta
que aquellos más fuertes, los que sobrevivieran, deberían ser sometidos a un
tratamiento adecuado porque no se quería que, de sobrevivir, los más fuertes
fueran el germen del resurgimiento del judaísmo. ¿Cuál fue el tratamiento
adecuado? Todo a lo que hicieron referencia los señores legisladores Gallo y
Lema: cámaras de gas, fusilamientos y otras formas de masacre.
Algunos
–como se hizo en la resolución de las Naciones Unidas– han llamado a esto
«Holocausto», palabra que proviene del griego y es un tipo de sacrificio a Dios
en el que se era consumido por el fuego. Por su parte, hay quienes lo llaman la
shoáh, y creo que es más correcto. ¿Por qué? Porque shoáh significa cataclismo
destructivo, y eso fue lo que sucedió, un cataclismo destructivo de judíos y de
la humanidad, esto es, de todos los seres humanos.
Uno
no puede decir que la shoáh comenzó exclusivamente un 27 de enero en Wannsee,
porque todos sabemos que venía de mucho antes, de muchos años atrás, incluso me
animaría a decir que de siglos atrás. Pero, sin lugar a dudas, aquello marcó un
comienzo, fue el punto de partida de una cantidad de barbaridades y de
cataclismos que vinieron después.
En
su Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges –en lo que creo es uno
de los mejores comienzos de la Literatura Universal– se propone escribir una
historia sobre los esclavos en el Misisipi, en el sur de Estados Unidos.
Para
comenzar esa historia de esclavos se remite a la decisión o al pedido que
realizara el cura De las Casas al emperador Carlos V para que le permitiera
importar, desde el África, seres humanos de raza negra para trabajar en las
minas antillanas. Dice Borges que De las Casas había sentido lástima por los
indios antillanos que se morían en las minas de oro y, entonces, para proteger
a esos indios importaba otros seres humanos del África para que se murieran en
las minas antillanas en lugar de los indios.
A
esa curiosa variación en el interés de un filántropo –dice Borges– se debieron
una cantidad de hechos posteriores: la Guerra de Secesión, el medio millón de
muertos en la guerra civil de Estados Unidos, el éxito de la obra del pintor
oriental Pedro Figari y tantas cosas más.
Esa
decisión de Wannsee, ese día de Wannsee, esa puesta en funcionamiento del plan
de la shoáh tuvo una cantidad de consecuencias posteriores: seis millones de
judíos asesinados y masacrados, al igual que entre 90 y 150 mil gitanos,
discapacitados, homosexuales. Todo eso se hacía en aras de la supuesta pureza
de una raza.
Ese
día, esa fecha de Wannsee, reconoce muchos actos anteriores y también –hay que decirlo– mucha indiferencia
anterior porque si bien algunos pocos
alertaron de lo que estaba pasando antes de Wannsee, la mayoría –quizás dudando
o quizás no queriendo ver– se negó, con su indiferencia, a atender el problema.
No
debemos olvidar que esto venía de antes. Pero, ¿qué era lo peor de lo peor? La
noche de los cristales rotos; las normas del gobierno de Hitler cuando asciende
al poder, en 1933, y establece que los ciudadanos judíos son de segunda categoría,
les saca los pasaportes y les pone una jota arriba.
Ese
es el peor de los antisemitismos, la peor de las discriminaciones, porque es
una discriminación racial. Todas las discriminaciones son malas, pero en este
caso es de las peores.
El
pueblo judío ha sido perseguido a lo largo de la historia, a veces por su
religión y a veces por sus ideologías políticas, pero esto era peor: aquí se le
perseguía por ser judío, por una cuestión racista. ¡Ni siquiera le daban la
posibilidad –equivocada persecución que había– de cambiar su fe religiosa! No;
no había salida, se le persiguió por su condición de ser humano.

Es que el término antisemitismo señala a los judíos como miembros de un
grupo racial único y no como personas que denotan una fe determinada o pertenecen
a una nación diferente. Y esto no fue introducido en el discurso público en el
siglo pasado, sino que fue introducido en 1870 en el discurso público en
Alemania, para que luego fuera germinando. Recién en la década del treinta esto
se empieza a manifestar más fuertemente, pero ya era mencionado.
En
1938 tuvo lugar la Noche de los Cristales Rotos. Imagínense también ese día.
Imaginemos que todos somos judíos y que estamos en Alemania. Llegamos a cenar a
nuestras casas, venimos del trabajo, ¿cómo te fue? nos preguntan. Se empieza a
hablar de que persiguieron a Fulanito, que se llevaron a este otro y que,
alentados por el aparato estatal, hay una serie de atentados tremendos: noventa
y un judíos fallecen esa noche y mil cuatrocientas sinagogas –y también
comercios de judíos– son incendiadas. Como dije, salvo algunas excepciones, el
mundo no reacciona y lo muestra en la Conferencia de Evian, en 1938.

Ante la indiferencia de muchos, se inicia un plan metódico e implacable
que lleva a la muerte a seis millones de judíos. Y se empiezan a escuchar
algunos nombres: Layout, Lodz, Chelmno, Varsovia, Terezín, Vilna, Treblinka,
Auschwitz–Birkenau, Mauthausen.
En
1942 la BBC da la noticia verdadera del exterminio de los judíos en Polonia. La
información que llegaba al mundo libre era correcta y confiable, pero no se
reaccionó. Los líderes occidentales decían que era más importante ganar la
guerra, que ocuparse de ello y bombardear fábricas, que liberar esos centros de
concentración.
Dicen
que el historiador Simón Dubnow, cuando lo llevaban a su muerte, se dio vuelta
y dijo: «Judíos, escriban»; creo que fue una de las cosas más importantes que
sucedieron.

El 27 de enero de 1945, cuando las tropas soviéticas ingresaron en
Auschwitz, quedaban siete mil supervivientes de un millón de personas que
habían pasado por ahí. ¡Siete mil! Y por eso es bueno que las Naciones Unidas
hayan establecido el 27 de enero como un día de conmemoración de las víctimas
de la Shoáh, porque esto conmovió los fundamentos más profundos de la
civilización occidental, cuestionando –porque lo hace– nuestra comprensión de
la misma humanidad y del entendimiento de los seres humanos. Por primera vez,
una nación decidió arrasar a otra nación.
La
Shoáh fue una enorme tragedia colectiva que le sucedió a la familia humana toda
y a nosotros también. Fue una pesadilla que cobró realidad en la civilizada
Europa, hace apenas unas décadas. El Holocausto marca un antes y un después de
la historia civilizada porque se transgredieron normas básicas que hacen a la
humanidad de las personas y se pervirtieron principios básicos, como el de la
dignidad y la vida. La Shoáh no fue un accidente, sino que ocurrió porque
individuos, organizaciones y gobiernos, legalizando la discriminación, el odio
y el racismo, planificaron y ejecutaron una persecución y una matanza masiva.

Es bueno recordar, como lo hizo la señora presidenta, la resolución de
la 42.ª sesión plenaria de las Naciones Unidas, del 1.º de noviembre de 2005,
que no solamente establece el 27 de
enero como «Día Internacional de Conmemoración anual en memoria de las víctimas
del Holocausto», sino que también insta a los Estados Miembros a que elaboren
programas educativos que inculquen a las generaciones futuras las enseñanzas
del Holocausto con el fin de ayudar a prevenir actos de genocidio en el futuro
y, sobre todo, rechaza toda negación, ya sea parcial o total, del Holocausto
como hecho histórico. Porque esa es la nueva indiferencia; la indiferencia de
nuestros días es la negación del Holocausto, y hay que decirlo claramente: esa
es una nueva forma de antisemitismo. Quien niega y, al negar, está minimizando
la Shoá, está llevando adelante una nueva forma de antisemitismo.
Hay
abundancia de evidencia histórica sobre la Shoá: hay fotografías y, por suerte,
aún hay testigos de esta tragedia, de este cataclismo destructivo, algunos de
ellos con sus brazos todavía tatuados por ese horror. Sin embargo, hay algunos
que la niegan o minimizan. Hoy, cuando se niega la Shoá, o los cobardes la minimizan,
surge el imperativo de estas conmemoraciones. Pero cuidado: no alcanza con
conmemorar cada 20 de enero. El 20 de enero es un momento para hablar y
reflexionar, pero esos actos deben ser condenados –y debemos estar alertas–
siempre. En especial, tenemos que estar alertas cuando en la región y en el
país un embajador acreditado ante nuestro Gobierno relativiza el Holocausto al
decir que solo murieron unos miles; tenemos que estar alertas cuando se
califican de genocidas las acciones de defensa de Israel contra grupos
terroristas que han proclamado su voluntad de hacerlo desaparecer de la faz de
la Tierra; tenemos que estar alertas cuando, acá, se impulsan medidas de boicot
contra Israel; tenemos que estar alertas cuando en Uruguay se organiza una marcha
con carteles que dicen «Fuera judíos de Paysandú»; tenemos que estar alertas
cuando se asesina a David Fremd por el solo hecho de ser judío; tenemos que
estar alertas cuando se postula que ese mismo asesino es inimputable; tenemos
que estar alertas cuando aparecen maletines y artefactos explosivos en las
cercanías de la embajada de Israel; tenemos que estar alertas cuando, aquí
cerca, cruzando el río, asesinan a cientos en los atentados de la AMIA y de la
Embajada de Israel en Buenos Aires; tenemos que estar alertas cuando el fiscal
que investigaba esos hechos un día aparece muerto; tenemos que estar alertas
cuando no se veta una resolución de condena a Israel sencillamente por
desavenencias de un presidente al que le quedaban pocos días para entregar su mandato.
Tenemos que estar alertas, porque no alcanza con las palabras de cada 27 de
enero. Son necesarias, pero más que palabras se precisan hechos, actitudes y
pronunciamientos bien claros. Y hay que decir «No» a las marchas con carteles
de «Fuera judíos»; hay que decir «No» a los que livianamente llaman genocidas a
actos de defensa de un Estado democrático; hay que decir «No» a los que niegan
la Shoá o la minimizan.

No tenemos que perder de vista que Israel es la frontera de la
democracia occidental. Es la frontera de los principios de esta civilización
judeocristiana, de respeto a la vida, de los derechos humanos, que está
enfrentando a un grupo terrorista que lo quiere hacer desaparecer de la faz de
la Tierra. Es un Estado de derecho combatiendo contra aquellos que no respetan
el derecho; si no, veamos lo que sucedió con ese soldado israelí, que se
extralimitó y por ello fue condenado por un tribunal. ¡Miren qué ejemplo: un
Estado que condena a un soldado por haberse extralimitado, frente a quienes
exhiben decapitaciones públicamente, en las redes sociales, mandan niños llenos
de explosivos o utilizan camiones para matar a la gente!
A
los que niegan el Holocausto les quiero recordar las palabras de Ana Vinocur,
en su libro Sin título: «Ahora me toca recortar y coser la insignia que debemos
usar sobre nuestra ropa. Estoy observando la estrella de David, el símbolo de
los judíos. La insignia de la gloria de un rey que honra la Biblia…

¡Esta es nuestra estrella, de paz y justicia! ¡No temas, aunque nos
quieren inculcar que tú eres nuestra desgracia, para nosotros jamás lo serás!

Cuando terminé de coser todas las estrellas, un mar de lágrimas llenó
mis ojos. Mi madre lo notó y me preguntó si me pasaba algo. Le contesté que se
me había nublado la vista de coser tantas estrellas, ya que somos unos cuantos
los que tendremos que usarlas […].

Mis pensamientos me abruman, pero la realidad es esta: el gueto, el
hambre, la desesperación. A pesar de tantos sucesos y penurias me queda algo de
optimismo. Cuando miro el sol, me parece tener más esperanza. En este
abatimiento y este dolor en todos los instantes, no maldigo a la vida, al
contrario la amo aún […]».

La Shoá no fue solo contra los judíos; fue contra la humanidad.

Por suerte, nuestro país ha tenido una relación muy especial con Israel
y con la comunidad judía, y debe seguir teniéndola. Como ha afirmado el
excanciller Didier Opertti, Uruguay ha hecho de la causa judía una causa
nacional.

La participación uruguaya en la creación del Estado de Israel es
reconocida mundialmente. Ya en 1920, cuando las naciones del mundo se reunían
en la Conferencia de San Remo, el representante uruguayo, doctor Alberto Guani,
se manifestaba a favor de las aspiraciones judías en Palestina y apoyaba la
Declaración Balfour. Por suerte, en 1939 ese mismo doctor Guani era ministro de
Relaciones Exteriores cuando ocurrió la Batalla del Río de la Plata y cuando,
en aquel gran gesto, Voulminot se negó a reparar el acorazado alemán que había
sido atacado por los buques británicos Exeter, Achilles y Ajax; ese mismo
canciller que hablaba con Millington Drake, el embajador británico que de su
peculio, de su bolsillo, rescató a la familia Spielmann y la trajo de Austria.

En 1945 la ciudad de Montevideo fue designada sede del Primer Congreso
Sionista Latinoamericano. Más tarde, Uruguay participó de la Conferencia de San
Francisco, antecedente de la Organización de las Naciones Unidas. En ese
ámbito, el ministro de Relaciones Exteriores de la época, ingeniero José
Serrato, presentó una moción en solidaridad con el pueblo judío, condenando las
persecuciones raciales. Fíjense que en 1945, esa moción presentada por Serrato
fue calificada por muchas delegaciones como imprudente. ¡Vaya si habría
indiferencia, que una moción de solidaridad con un pueblo que había sufrido la
Shoá, era calificada por muchos de imprudente!

Ni que hablar de lo que hizo Luis Batlle Berres. Me refiero al acto
público que realizó junto a José Pedro Cardoso contra las medidas británicas
que en aquel entonces regían en Palestina.

Ni que hablar lo que significó Enrique Rodríguez Fabregat, lo que
significaron Oscar Secco Ellauri, el ingeniero Edmundo Sisto, o que Uruguay
fuera el primer país de Latinoamérica –y cuarto en el mundo– en reconocer al
Estado de Israel. ¡Vaya si tendremos una historia de adhesión a la causa judía!

Ante los avances del antisemitismo y las negaciones que aún hay hoy,
respondemos citando frases de Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz: «Ante las
atrocidades –decía Wiesel– tenemos que tomar partido. El silencio estimula al
verdugo». «El fanatismo es ciego, vuelve a la gente sorda y ciega […] El
fanatismo no se plantea preguntas, no conoce la duda; sabe, cree que sabe». «Lo
contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. Lo contrario de la
belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es
herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la
indiferencia entre la vida y la muerte». De todos los peligros que hoy
enfrentamos quizás el más grave sea el de la indiferencia, esa indiferencia que
no le prestó atención a una marcha en el interior del Uruguay que pedía «fuera
judíos», o que no le prestó atención a un asesino que en un local de video
juegos gritaba que quería matar a los judíos. O esa indiferencia que no ha
permitido avanzar las causas de la AMIA en la embajada de Buenos Aires.
Para
terminar, señora presidenta, vuelvo a citar las palabras de Dubnow: «Judíos,
escriban», a las que agrego: «pero sobre todo, escribamos todos».
Muchas
gracias.
(Aplausos en la sala y en la barra).