En el día de ayer, 25 de enero 2018, el Parlamento Uruguayo (Comisión Permanente) convocó, a una sesión especial, con motivo de la conmemoración del Día Internacional del Holocausto.
Compartimos la ponencia del Senador Marcos Carámbula (Frente Amplio), primer parlamentario en hacer uso de la palabra. En entregar sucesivas, iremos incluyendo la de los parlamentarios Diputado Gerardo Amarilla (Partido Nacional), Senador José Amorín Batlle, Diputado Iván Posada (Partido Independiente) y Senador Alvaro Delgado (Partido Nacional).
SEÑOR CARÁMBULA (Marcos).- Gracias, señor presidente.
Vaya mi saludo a todas las autoridades presentes, al Cuerpo diplomático, a las diferentes organizaciones, sus autoridades e integrantes de la comunidad judía de nuestro país.
Agradezco a mi fuerza política que me haya designado en este día de recordación para expresar, en su nombre, estas palabras.
Como sabemos, el 1º de noviembre de 2005 la Organización de las Naciones Unidas decidió que el 27 de enero de cada año fuera el Día Internacional de conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto. A su vez, nuestro Parlamento, nuestro país, por la Ley N° 18.768, del 24 de junio de 2011, adhirió al día de recordación de las víctimas del Holocausto, transformándolo no solo en una adhesión y participación cada año, sino en toda una perspectiva de la educación y memoria.
Señor presidente: en el documento explicatorio de las Naciones Unidas, en primer lugar, se expresa la necesidad de definir el término Holocausto. El término Holocausto refiere a un acontecimiento genocida específico que tuvo lugar en la historia del siglo XX: la persecución sistemática, apoyada por el Estado, y el aniquilamiento de los judíos europeos por los nazis y sus colaboradores, entre 1933 y 1945. Los judíos fueron las víctimas principales: seis millones de judíos fueron asesinados; también dice la declaración los gitanos, los discapacitados, otros pueblos, los polacos, fueron objeto de destrucción y diezmo por razones raciales, étnicas, nacionales, políticas, discriminatorias. Muchos millones más, incluyendo homosexuales, aquellos que habían adherido a determinadas religiones y, en particular miles de prisioneros de guerra soviéticos, diferentes disidentes políticos, por sus ideas y por su raza sufrieron la gravísima opresión, tiranía y muerte bajo el dominio nazi. Así define al Holocausto este documento de Naciones Unidas; como la era de las catástrofes lo define Hobsbawm en su Historia del siglo XX.
Veamos someramente el contexto para no caer como dice la misma declaración de las Naciones Unidas en la simplicidad de las explicaciones.
El destacado músico Yehudi Menuhin dice: «Si tuviera que resumir el siglo XX, diría que despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas las ilusiones e ideales».
En el mismo sentido, Isaiah Berlin, filósofo, dice: «He vivido durante la mayor parte del siglo XX sin haber experimentado, debo decirlo, sufrimientos personales. Lo recuerdo como el siglo más terrible de la historia occidental».
Finalizo estas breves citas de introducción con lo que nos dice Primo Levi: «Los que sobrevivimos a los campos de concentración no somos verdaderos testigos. Esta es una idea incómoda que gradualmente me he visto obligado a aceptar al leer lo que han escrito otros sobrevivientes, incluido yo mismo, […]. Nosotros, los sobrevivientes, no somos solo una minoría pequeña […]. Formamos parte de aquellos que, […], no llegamos a tocar fondo. Quienes lo hicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin palabras». Y agrega Primo Levi: «Si comprender es imposible, conocer es necesario […]».
Hoy, nosotros tenemos la obligación de regresar a aquellos, de hacerlos presentes, de hacerlos memoria, y también futuro, de dimensionar hasta lo que es posible e inimaginable la condición humana en su crueldad, pero al mismo tiempo reivindicar la esperanza.
El historiador Kershaw dice: «Es muy difícil realizar un análisis racional del fenómeno del Nazismo. Bajo la dirección de un líder que hablaba en tono apocalíptico de conceptos tales como el poder o la destrucción del mundo y de un régimen sustentado en la repulsiva ideología del odio racial, uno de los países cultural y económicamente más avanzados de Europa planificó la guerra, desencadenó una conflagración mundial que se cobró las vidas de casi cincuenta millones de personas y perpetró atrocidades de una naturaleza y una escala que desafían los límites de la imaginación».
Asimismo, en otra cita, Ian Kershaw dice: «La capacidad del historiador resulta insuficiente cuando trata de explicar lo ocurrido en Auschwitz».
De todos los acontecimientos en la era de las catástrofes, lo más significativo en la incubación del nazismo fue el hundimiento de los valores e instituciones de la civilización liberal cuyo progreso se daba por descontado en las zonas avanzadas del mundo. Esos valores implicaban el rechazo a las dictaduras y al gobierno autoritario, el respeto del sistema constitucional con gobiernos libremente elegidos y un conjunto aceptado de derechos y libertades de los ciudadanos. Los valores que debían imperar en el Estado y la sociedad eran la razón, el debate público, la educación, la ciencia, el perfeccionamiento de la condición humana. Parecía evidente que estos valores habían progresado a lo largo del siglo y debían progresar aún más.
Todos los regímenes en la Europa de la posguerra me refiero a la Primera Guerra Mundial eran parlamentarios representativos, sin olvidarnos de que la tercera parte de la población del mundo vivía bajo el sistema colonial.
Hobsbawm dice: «Considerando el mundo en su conjunto, en 1920 había treinta y cinco o más gobiernos constitucionales y elegidos […], en 1938, diecisiete, y en 1944, aproximadamente una docena». Los regímenes fascistas estaban unidos por el «odio común a la Ilustración del siglo XVIII, a la revolución francesa y a cuanto creían fruto de esta última: la democracia, el liberalismo y, especialmente, «el comunismo ateo»».
Un estudio de las raíces del Holocausto plantea cuestiones sobre el comportamiento humano e implica respuestas muy difíciles sobre el porqué de los hechos. Y es necesario contemplar, dice el documento de las Naciones Unidas, los diferentes factores que contribuyeron. EI racismo, combinado con siglos de fanatismo y antisemitismo, renovado por un fervor nacionalista que surge en Europa en la segunda mitad del siglo XIX, alimentado por el fracaso de la Primera Guerra Mundial para Alemania y la humillación nacional que surgió tras el Tratado de Versalles, todo ello exacerbado por las difíciles circunstancias económicas mundiales, la indiferencia internacional, catalizada por el carisma y la propaganda manipuladora del régimen nazi, concurrieron a que fuera posible el Holocausto. Pero digamos con las Naciones Unidas: «solo porque el hecho ocurriera no significa que fuera inevitable».
Los sentimientos fomentados encontraron su expresión más característica en el antisemitismo, en el odio al intruso, al extranjero, al portador de ideas de la Ilustración, al intelectual desarraigado y agitador.
En aquellos tiempos, principios del siglo XX, fue intolerable para el mundo el Pogromo de Kishinev en 1903, en que hubo cincuenta muertes; era intolerable para un mundo que confiaba en el progreso de la civilización y veamos que apenas treinta años después, desde 1933, comienza la discriminación, la exclusión, la expulsión, el confinamiento, y desde 1938 la despiadada inhumanidad del régimen nazi fue quedando al desnudo. En noviembre de 1938, en la Noche de los Cristales Rotos, vimos cómo sucedían asesinatos, destrucción, destrucción de las propiedades, persecución, marcaje; este año se van a cumplir ochenta años.
Los nuevos movimientos que respondían a las antiguas tradiciones de intolerancia calaban especialmente en las capas medias y bajas de la sociedad europea, y su retórica y su teoría fueron formuladas por intelectuales nacionalistas que comenzaron a aparecer en la década del noventa. El término de nacionalismo se acuñó durante estos años para describir a los nuevos portavoces de la reacción. «Las capas medias y bajas» dice Hobsbawm «fueron la espina dorsal de esos movimientos durante todo el período de vigencia del fascismo». A ello se suma el llamado soldado del frente, frontsoldat, defraudados y humillados tras la Primera Guerra Mundial, 1914-1918, que se convierten en grupos armados ultranacionalistas. No olvidamos que fueron los que mataron a Rosa Luxemburgo.
Asimismo, el gran capital al principio dudó y luego decididamente le dio su apoyo, recibiendo a cambio mano de obra esclava de los campos de concentración, de exterminio. Cabe recordar que hacia 1945 había en Alemania seis millones de trabajadores retenidos a la fuerza.
Es necesario explicar esa combinación de valores conservadores, de técnicas de democracia de masas y de una ideología de violencia irracional, centrada fundamentalmente en el nacionalismo contra el liberalismo, contra los movimientos sociales en ascenso y contra la corriente de extranjeros que se desplazaban de uno a otro lado del planeta en el mayor movimiento migratorio que se hubiera registrado hasta esa época, desde el campo a la ciudad, de una región a otra. Antes del genocidio nazi, quince de cada cien polacos abandonaron su país para siempre. Se estimulaba la xenofobia masiva, el racismo, la protección de la raza pura nativa frente a la contaminación. EI pasado a que apelaban los nazis era un artificio; la nueva ciencia de la genética, la eugenesia, la genética aplicada, la superraza y la eliminación de los menos aptos.
Describir el Holocausto es espeluznante, es conmovedor; no se encuentran palabras.
Si se me permite, quiero recordar el testimonio de Elie Wiesel, con motivos de estos hechos. En su libro La noche, escribió: «Nunca olvidaré esa noche, la primera noche en el campo, que convirtió mi vida en una larga noche, siete veces maldita y siete veces sellada».
Más adelante, dice: «Nunca olvidaré ese humo. Nunca olvidaré las pequeñas caras de los niños, cuyos cuerpos vi convertirse en espirales de humo bajo un cielo azul en silencio. Nunca olvidaré esas llamas que consumieron mi fe para siempre. Nunca olvidaré el silencio nocturno que me privó, por toda la eternidad, del deseo de vivir. […]. Nunca».
Sin duda, no alcanzan las palabras.
Permítaseme un recuerdo personal. Siendo intendente de Canelones fui invitado por el alcalde de Jerusalén a visitar el Museo del Holocausto. Solo pensar en aquellas luces, estrellitas en la oscuridad que apelan al recuerdo de los miles y miles de niños asesinados, me estremece hasta hoy. Y ver cada objeto personal, y los rostros acercando la historia de los que no regresaron, conmueve hasta los tuétanos, en un sentimiento inexplicable de profunda angustia, de desazón, de rechazo visceral, de deseo profundo del nunca más.
Quiero detenerme en la resistencia heroica de aquellos hombres y mujeres, de aquellos niños, de aquellos adolescentes, porque a ellos nos aferramos para levantar la esperanza. ¡Y vaya si tiene significado la fecha y el lugar que se definió para recordar el Holocausto! ¡Vaya el homenaje a la resistencia de aquellos soldados rusos que liberaron el campo de concentración de Polonia y que venían de derrotar al ejército nazi con más de veinte millones de obreros, de soldados, de campesinos rusos, que dieron su vida por la patria!
Vale recordar la descripción del general alemán cuando debieron parar sus ofensivas el 1º de diciembre, en las afueras mismas de Moscú. Allí, a brazo partido y con sus herramientas, los obreros pelearon contra el invasor. Al mismo tiempo, señor presidente, el homenaje es un símbolo a la resistencia del gueto de Varsovia, imponente en todos los planos. Solo pensar en ese puñado de judíos, niños, niñas y adolescentes que iban cayendo, que fueron diezmados por las enfermedades, por el hambre, por la metralla, y su capacidad de resistir cuarenta y dos días, de pelear cada día, de generar poesía, música, aun en las más extremas condiciones, y resistir y resistir, una y otra vez, es de los ejemplos épicos más grandes de la historia universal.
Dice el documento de Naciones Unidas: «Las palabras que describen el comportamiento humano con frecuencia tienen múltiples significados». Yo digo que también las limita. El término «resistencia», por ejemplo, normalmente se refiere a un acto físico, a una revuelta armada; durante el Holocausto fue mucho más. Se refiere a la actividad partisana, a la trasmisión secreta de mensajes, de comidas, de armas; implica también la desobediencia voluntaria y consciente, como la derivada de la continuidad de las prácticas religiosas y culturales que desafían las normas, o la creación de arte, de poesía, de música, en los guetos y en los campos de concentración.
Para muchos, el simple mantenimiento de la voluntad de sobrevivir ante la abyecta brutalidad era un acto de resistencia espiritual.
Si se me permite, quiero detenerme acá, en nuestra patria, entre tantas expresiones de la creación, en Irene Némirovsky, que hoy es reconocida como una de las más grandes escritoras contemporáneas; su voz regresa y está extraordinariamente vigente. Muerta de tifus en un campo de concentración, adonde poco después también fue llevado su marido; fue arrancada de sus niñas, la menor de cinco años. Tenemos el testimonio de sus hijas, quienes narraron que se fugaron a Europa Occidental con una valija que contenía todos los apuntes de los libros que hoy nos conmueven con su sensibilidad, hasta que encontraron a una maestra que la conservó. La novela de Irene Némirovsky, Jezabel, es una de sus mejores. Además, está el recuerdo de La Paloma, los cuentos cortos, que remiten al Uruguay. Y tal vez estuviera vinculada a aquel Némirovsky, circuncidor y matarife así se le describe, de los primeros inmigrantes judíos a nuestra patria, que vaya si aportaron a nuestra historia.
Esta formidable escritora es hoy unánimemente reconocida. ¡Cuánto sufrió Irene con su sensibilidad al ser arrancada de su familia, de sus hijas! Dejó miles y miles de testimonios de los niños y sus dibujos, de su poesía, de los hombres de ciencia humillados, de los trabajadores explotados hasta el fin, si servían; de los trenes, de las cámaras de gas, de los incalificables experimentos.
Albert Camus, en su libro Moral y Política, siempre vigente, dice: «El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas; el siglo XVIII, el de las ciencias físicas y el siglo XIX, el de la biología. Nuestro siglo XX, es el siglo del miedo». En 1944 escribió: «Se me dirá que el miedo no puede ser considerado una ciencia, sin embargo, no hay duda de que es una técnica. Lo que más impresiona en el mundo que vivimos y, primeramente y en general, es que la mayoría de los hombres están privados de porvenir. Vivir contra una pared es una vida de perros.
Algo en nosotros» dice Camus «fue destruido por el espectáculo de los años que acabamos de vivir. Y ese algo es aquella eterna confianza del hombre que le ha hecho creer siempre que podían obtenerse de otro hombre reacciones humanas, hablándole con el lenguaje de la humanidad. Nosotros», dice Camus, «vimos mentir, envilecer, matar, deportar, torturar, y cada vez que sucedía era imposible persuadir a los que lo hacían de no hacerlo, porque estaban seguros de sí mismos y porque no se persuade a una abstracción, es decir, al representante de una ideología. El largo diálogo de los hombres acaba de cortarse».
Reflexiono con ustedes. Apenas treinta años después del Holocausto, en el mismo siglo XX, vivimos en nuestra América del Sur, en nuestro país, el horror, la muerte, la desaparición, la cárcel, la tortura, el vejamen de miles y miles por sus ideas. En particular, quiero subrayar caracteriza a ese período el ensañamiento feroz con aquellos compatriotas, a quienes además de ser perseguidos por sus ideas, por sus convicciones, se los perseguía porque eran judíos. Mi homenaje a todos ellos, en Eduardo Bleier, hasta hoy desaparecido, por la mentira, el odio, el autoritarismo, las espinas del fascismo que nos quedaron.
Finalizo con Camus, que dice: «Debemos preservar la inteligencia. Estoy persuadido que allí está el problema. Cuando los nazis acababan de tomar el poder, Göering daba una idea precisa de su filosofía: ‘Cuando se me habla de inteligencia, saco el revólver’. Y esa filosofía desbordaba Alemania; triunfaban las filosofías del instinto, y la inteligencia no ha dejado de ser acusada.- Y para terminar he tenido en cuenta la fidelidad y la esperanza; fidelidad por no negar nada de lo que se ha pensado y vivido en nuestra época, por testimoniar la duda y la certidumbre, por consignar el error, que en política acompaña a la convicción como su sombra. En tanto que la verdad se acepte por lo que es y tal como es, aunque sea por un solo espíritu, habrá lugar para la esperanza».
Nos sumamos a la verdad y la justicia, al gran esfuerzo del pueblo judío, a los juicios de Nuremberg, en los que fueron juzgando cada uno de los responsables, a los médicos, a los jueces, a los de los campos de concentración, a los que dieron la ideología, a las empresas que apoyaron aquel proceso. Verdad y justicia.
Para concluir nuestro homenaje, entendemos y sentimos que habrá lugar para la esperanza con la verdad, con la justicia, con el respeto a la diversidad, con el diálogo, con la educación de derechos. El Holocausto será un aprendizaje para la humanidad
Tengo la firme convicción del nunca más a estos hechos que generaron un siglo de miedo, con la renovada confianza en el hombre constructor colectivo de su destino.
Si me permite, quiero retomar una iniciativa que surge desde la comunidad y elevarla a consideración de las autoridades correspondientes, Intendencia de Canelones, Ministerio de Educación y Cultura, Ministerio de Transporte y Obras Públicas. En la ciudad de La Paz, en la plaza, en homenaje a Maimónides, aquel gran filósofo, en un lugar muy especial para la comunidad judía y paceña, se propone levantar el museo ágora biblioteca, en recuerdo al holocausto, abierto al futuro, a la comunidad, a los derechos, a la esperanza.
El Holocausto no es solamente una afrenta brutal a la comunidad judía; es una afrenta a la humanidad. La sentimos como tal. Debemos aprender y educar para no repetirla.
Muchas gracias.
Senador Marcos Carámbula “Describir el Holocausto es espeluznante”
26/Ene/2018