Señor presidente: en primer lugar, quiero saludar a las autoridades e integrantes de las diferentes instituciones judías y de la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo que nos acompañan hoy.
Voy a comenzar mi intervención en esta sesión de la Comisión Permanente, de adhesión al «Día Internacional de conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto», con una cita que me impactó cuando la leí porque, obviamente, era premonitoria: «Consigan que todo esté en expediente; consigan las películas, consigan a los testigos, porque en alguna parte del camino de la historia algún bastardo se levantará y dirá que esto nunca sucedió». Estas palabras premonitorias pertenecen al general Dwight D. Eisenhower, quien mencionó esas palabras en 1945, luego de haber presenciado las atrocidades del Holocausto y a sabiendas de la crueldad que puede causar el silencio.
Señor presidente y señores legisladores: el próximo 27 de enero adherimos a un nuevo Día Internacional de conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto, resuelto por la Asamblea de las Naciones Unidas. La fecha elegida para dicha conmemoración responde al día en que el Ejército Rojo ingresó al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau en Polonia y lo liberó.
Como decía, este «Día Internacional» fue establecido en el año 2005 por las Naciones Unidas, bajo el fundamento de que el Holocausto tuvo como resultado que un tercio del pueblo judío e innumerables miembros de otras minorías murieran exterminados, por lo que será siempre una advertencia para todo el mundo de los peligros del odio, el fanatismo, el racismo y los prejuicios.
En esto último me quiero detener, es decir, en la advertencia. Hoy en día suponemos que jamás volverá a suceder un episodio cruel, aberrante e inhumano como lo fue el Holocausto. Quizás, no en su modus operandi, pero sin duda que el odio, el fanatismo, el racismo y los prejuicios existen; están a la vuelta de la esquina y son capaces de provocar las atrocidades más espantosas que podamos imaginar; sobran ejemplos a lo largo de la historia.
Por esto, debemos tomar muy en serio esta advertencia y luchar contra los fundamentalismos, sean del color que sean. El fundamentalismo ocasiona el mal absoluto, el mal en su máxima expresión, ese mal que llevó a la construcción de industrias de la muerte, como fueron los campos de concentración de la Alemania nazi, que son una vergüenza para la humanidad.
También debemos luchar contra la indiferencia, que es la principal cómplice de tan atroces actos, porque indirectamente los naturaliza y porque la gente buena siempre se rehúsa a reconocer el mal absoluto hasta que es demasiado tarde. El pueblo judío sabía que era víctima del mal, pero nunca creyeron en el mal absoluto, en el mal organizado, ese que no los veía como personas, sino como judíos. Como bien dijo el ministro de Finanzas israelí, Yair Lapid, en Berlín, el 20 de agosto de 2014, «De acuerdo a sus asesinos, las víctimas del Holocausto no eran personas. Ellos no eran madres, padres, hijos o hermanos. De acuerdo a sus asesinos, ellos nunca celebraron el nacimiento de un hijo, nunca se enamoraron, nunca lloraron, nunca rieron. Eso es lo que usted necesita para matar a otro hombre; estar convencido de que no es un hombre en lo absoluto. Cuando los asesinos miraban a la gente que partía en los trenes rumbo a su viaje final, ellos no veían a padres judíos, sólo veían judíos. Ellos no eran poetas judíos o músicos judíos, sólo eran judíos». Para lograr eso debían destruir a la persona. Esa destrucción comenzaba con la anulación de la identidad, dejaban de tener nombre y pasaban a ser un número que tatuaban en su brazo. Luego los despojaban de sus pertenencias hasta dejarlos completamente desnudos y les quitaban el pelo, logrando la humillación total.
Me cuesta imaginar cómo alguien puede haber llegado a perpetrar semejante atrocidad contra la humanidad y cuáles fueron los detonantes de los despiadados actos que buscaron el exterminio de una comunidad entera, ocasionando la muerte de seis millones de personas. Para ello es necesario estudiar la génesis del genocidio, algo a lo que aquí se hizo referencia.
El Holocausto nace a partir de la instalación del odio y la intolerancia promovidos por verdaderos psicópatas. Pero más grave aún es cómo lograron convencer y adoctrinar a enormes masas de sumisos, que fueron cómplices y se prestaron a estas crueldades. Los campos de concentración fueron construidos por personas altamente calificadas, que tenían perfectamente claro lo que estaban haciendo. En ellos, militares y civiles eran los encargados de llevar a cabo los millones de ejecuciones de judíos provenientes de toda Europa. No sólo participaron en esto los ejecutores, sino todo el aparato logístico desde el momento de la búsqueda, captura y transporte hacia estas industrias de la muerte. También recae responsabilidad en muchos de los ciudadanos comunes que sabían lo que ocurría y miraron para otro lado, como si nada de esto ocurriera.
Son muchos los ciudadanos de aquella época que han tenido la irresponsabilidad, mala fe y poca decencia de negar estos hechos históricos o de restarles importancia, cosa en la que, aún hoy, algunas personas insisten. Esos pensamientos son los que deben mantenernos alerta, ya que alguien que tenga el coraje de negar el Holocausto del pueblo judío es capaz de cualquier cosa. Por ello entendemos que no es en vano recordar el Holocausto, recordar la memoria de sus víctimas. Que nos sirva para que volquemos todos nuestros esfuerzos en que nunca más una mente enferma encuentre motivos para elaborar un plan macabro de exterminio ni siquiera parecido a este. Que nunca más vuelva a suceder un acontecimiento de estas características, y con esto no me refiero exclusivamente al pueblo judío, sino a cualquier ser humano, a cualquiera de nosotros o a cualquiera de nuestros hijos.
También es muy importante educar a las futuras generaciones, para que el respeto y la tolerancia sean pilares fundamentales de la sociedad y para que combatan todo tipo de amenaza hacia cualquier comunidad o minoría. No se trata de eliminar la identidad de los otros, sino de conocerla, comprenderla, poniendo de manifiesto la riqueza que representa la diversidad.
Para finalizar, quiero contar una vivencia personal. Hace poco tuve la suerte de visitar Israel y conocer el Museo del Holocausto. Tengo muy vivo el recuerdo impactante del Salón de los Nombres, que para mí tiene un significado especial, además de lo profundo, lo sentido, lo penetrante y lo abrumador que es estar en ese salón de forma circular que se encuentra al final del museo, donde los nombres están recopilados a través de páginas de testimonios que contienen breves biografías de más de dos millones de víctimas del holocausto, y aparecen las voces, los nombres, las luces que simbolizan a los muertos. Esas páginas con los nombres no solamente inmortalizan la memoria de las víctimas, sino que les devuelven a cada una de ellas esa identidad, esa condición de persona, que les fuera quitada previo al arrebato de la vida misma; es la resurrección de la condición humana. Pudieron arrancarles la vida pero no pudieron lograr su misión, que era eliminarlos de nuestras memorias, y en ello también está el triunfo del bien sobre el mal.
Muchas gracias.
Senador Álvaro Delgado: “El Holocausto nace a partir de la instalación del odio y la intolerancia”
01/Feb/2018