Seguir viviendo en Auswichtz

14/Mar/2014

Aurora, Camila Barreiro *

Seguir viviendo en Auswichtz

Eugenia Unger no sólo sobrevivió el Holocausto y decidió compartirlo con el mundo, si no que dedicó su vida a ayudar para que nadie tenga que pasar por lo mismo que ella jamás.
Jóvenes desangrándose fuera de sus barracas, niños rotos en pedazos, humo pestilente emergiendo de las chimeneas de los crematorios, hacinamiento, infantes desnutridos rogando por un pedazo de pan para comer; todas estas imágenes y más fueron contempladas por los aceitunados ojos de Eugenia Unger -sobreviviente de la Shoá -.
Genia Rotsztein – nombre que cambió al casarse- nació en Polonia en el seno de una hermosa familia de clase acomodada. A diferencia de la mayoría de los judíos polacos, no practicaban la religión ni sabían ídish. Eran “progresistas”. Sin embargo, el exterminio nazi arrasó también con ellos, dejando a Eugenia sola, desnutrida y sin alguien a quien acudir por ayuda. “Todavía lloro a las 60 personas de mi familia que mataron. Me quedé sola. Ni una foto o carta de ellos tengo. Nada”, recuerda.
Todavía sus preciosos ojos se llenan de lágrimas y su voz se resquebraja cuando relata su paso por los campos de exterminio. Es que a Eugenia parece atormentarle el no comprender el por qué del padecimiento de su pueblo: “Era un pueblo con una cultura, con mejores artistas ¿Podés imaginar 6 millones de gente judía? ¿Cuántas canchas de fútbol son? Me sale de adentro tanto dolor al hablar de esto”, explica con una mano en el pecho.
“No creí mucho que existe Dios después de estar 2 años en Auschwitz y estar en marcha de la muerte, y en el gueto de Varsovia”, confiesa Eugenia con su acento polaco tan enraizado que aún no le permite una conjugación clara del castellano. “Yo hubiera dejado mi religión, pero tuve mucha persecución, tengo muy arraigado el judaísmo, adentro. No soy practicante pero creo en Dios, ahora”, aclara para luego agregar que “es más fácil vivir cuando se piensa que existe algo más fuerte, que el sufrimiento es en nombre de Dios”.
La vocal del Museo del Holocausto argentino, que ha viajado alrededor de todo el globo, siente que tiene un mensaje que transmitir, y eso la lleva a seguir -a sus 87 años- dando conferencias alrededor de todo el mundo. “Ya me falta poquito, pero traté de hacer lo mejor posible. Porque poco a poco se mueren los sobrevivientes ¿y qué pasa? No hay nadie”, manifiesta y luego –tras darle un pequeño golpe a la mesa- exclama: “Quiero darle un mensaje a la gente joven ¡Que no se dejen pisotear! Cada uno tiene su derecho a vivir ¿Qué querés que te diga? Me hace feliz ayudar a la gente”.
Luego de un breve llamado que le realiza su nieto Adrián, “Genia” vuelve a la mesa con una sonrisa que trata de escapar entre sus labios pintados de colorado. “Mis nietos son mi cable a tierra ¡y ni hablar de mis bisnietos!”, comenta mientras selecciona una tacita de su aparador en la que aparecen las caras de los niños. Para ésta bobe, como para cualquiera, la familia es la cosa más importante de la vida, sobre todo cuando la misma es tan “chiquita”. “Mi hijo está en Estados Unidos y hace 5 años que no lo vi. Mis nietos de allá no me llaman, no me escriben, es que la distancia es un olvido”, lamenta. “Pero Dios me dio un poco de alegría con mis nietos y mis tres bisnietos, cuando vienen a mi casa tengo miedo que rompan todo pero me hacen feliz”, cuenta -entre risas- Eugenia, cuya fisonomía cambia totalmente al hablar de su familia.
Por último, después de dialogar sobre su cuarto libro (“Eugenia Coraje: Una historia de vida, memoria y militancia”), Unger vuelve a angustiarse: “Siempre se me regresa un recuerdo y si pienso quizás empiezo a escribir el quinto. Es un dolor tan grande el que tengo por lo que le hicieron a nuestro pueblo ¡no tienen perdón de Dios! Ahora Alemania es una potencia”, observa apenada. Sobre el plan de Marcha por la Vida, que lleva a los jóvenes a conocer los campos polacos, tampoco tiene una buena opinión ya que era un pueblo muy antisemita y ahora “se llena los bolsillos” con los judíos; sin embargo acepta que así los escépticos que niegan el holocausto podrán comprobarlo con sus propios ojos: “No solo fue Auswichtz; también Buchenwald, Theresienstandt, Sachsenhausen, todos funcionaban. Dublin, Majdanek, todos tenían hornos”, esclarece.
Tras una hora de emocionante charla, Eugenia Unger, ya no puede continuar recordando: “Muy bien, nena. Ya no puedo hablar más. No estoy en condiciones”, resuelve secando sus lágrimas y acomodándose en la silla. “Todo lo que veo es hermoso. Y doy gracias a Dios cientos de veces que estuve cientos de veces para quemarme en el horno y a último momento me sacaron para trabajo. Es algo mágico que yo de Auswichtz haya podido salir con éste tremendo paquete que tengo”, concluye mirando a su alrededor, como si realmente en ese momento estuviera agradeciendo, nuevamente, por haber sobrevivido.
*La autora es egresada en Producción en Medios de la Comunicación de la ORT y estudió periodismo en TEA.