Rostros políticos del islam

09/Sep/2014

Israel en Línea, Fernando Mieres

Rostros políticos del islam

Los avances del Estado
Islámico (EI) en Irak y Siria y los genocidios en zonas ocupadas han obligado a
los gobiernos de Europa y de Estados Unidos a enfrentar el problema del único
modo posible, con una guerra. Guerra que, por lo demás, fue declarada por del
EI.

Entre el EI y los grupos
que lo siguen, y Estados Unidos y Europa, no hay mediación política. No puede
haberla. El Estado Islámico no es una nación. Es una organización supranacional
operando en el interior de diversas naciones islámicas.

Pero el EI, aunque no
depende de un Estado, basa su proyecto en la construcción de un antiguo tipo:
el califato. Luego, si el EI no es una organización estatal, es para-estatal.
Su objetivo es construir «estados de Dios». Por lo mismo, el objetivo de la
guerra deberá ser para los enemigos del EI, impedir la disgregación de Irak y
del noreste de Siria en uno o varios califatos. En ese objetivo ni Europa ni
Estados Unidos están solos. La mayoría de las naciones islámicas se encuentran
organizadas en estados políticos si no demócratas, por lo menos republicanos.

Si Europa y Estados
Unidos quieren derrotar al EI, requerirán unirse con todos los estados
islámicos opuestos a la formación de califatos del mismo modo como Estados
Unidos durante la Segunda Guerra Mundial requirió aliarse con gobiernos
anti-nazis, fueran democráticos o no, como el de Stalin, entre otros. La
guerra, por lo tanto, no será entre Oriente y Occidente, sino entre una gran
coalición internacional que unirá naciones de ambos mundos en contra de un
enemigo común.

Esa es la razón por la
cual los gobiernos occidentales no deben caer en la trampa tendida por el EI y
enredarse en una guerra de culturas o religiones. Si incurren en ese error, hoy
alentado por el EI y sectores fascistas e islamofóbicos occidentales, no
lograrán jamás el apoyo de los gobiernos de la región, arriesgando así una
derrota de enormes proporciones. Para derrotar al enemigo, y eso vale en la
guerra como en la política, es necesario aislarlo.

A través de una primera
mirada, resalta el hecho de que los países islámicos están organizados en una
pluralidad de formaciones políticas. Monarquías petroleras comandadas por
Arabia Saudita, estados teocráticos-electorales como en Irán, redes tribales
como en Libia, monarquías constitucionales como en Jordania, dictaduras
militares dinásticas como en Siria, dictaduras militares laicistas como en
Egipto, repúblicas «socialistas» como en Yemen del Sur, democracias confesionales
como en Túnez y Turquía, democracias formales como en Líbano, en Irak y en la
Autoridad Palestina. Todas, unas más otras menos, pueden ser ganadas – o por lo
menos neutralizadas – en la lucha en contra del EI.

El gobierno de coalición
alemana (socialcristianos y socialdemócratas) ha dado un ejemplo al resto de
Europa enviando armas al pueblo kurdo, en su gran mayoría formado por
musulmanes. Esa debe ser la línea: Los kurdos están sufriendo en carne propia
las limpiezas étnicas de las salvajes milicias del EI. Las guerras – eso es lo
que ya entendió Merkel – se ganan con armas y no con declaraciones de
solidaridad.

No es este por lo tanto
el momento para discutir acerca de las causas que llevaron al aparecimiento del
EI. Tal vez el origen del problema resida en las vacilaciones que demostró la
Unión Europea (UE) cuando no apoyó al movimiento de liberación de Siria antes
de que este fuera desplazado por los yihadistas de Irak. Pero en ese instante
predominaron las concesiones a Putin, a quien fue cedida la «pacificación» de
Siria, tarea que, por supuesto, no cumplió. Otros culpan a Obama por haber
retirado las tropas de Irak dejando detrás de sí un vacío de poder. No pocos
afirman justamente lo contrario, a saber: el hecho de la ocupación de Irán por
el Gobierno de Bush, llevó a los yihadistas a unirse en torno al EI. Bush,
efectivamente, declaró una «guerra santa» en la región, destruyendo a la
dictadura militar de Saddam Hussein – en cuyo Gobierno había incluso ministros
cristianos – sin ofrecer una alternativa de reemplazo. Esas y quizás muchas
más, podrán ser las razones que han hecho posible el avance del EI. Pero
debatir acerca de ellas, justo ahora, es como discutir en medio de un incendio
acerca del origen de las llamas.

Paradoja es que en la
alianza internacional en formación, los mejores aliados económicos de
Occidente, los países sauditas, son los más inseguros desde el punto de vista
político. Por una parte las monarquías petroleras son las que más se parecen en
sus formas a los antiguos califatos. Por otra, en dichos países la confesión
sunita es mayoritaria. Y como es sabido, uno de los propósitos del EI es
acentuar la dominación del sunismo por sobre el chiísmo en Irak. De tal modo,
si el EI llegara a apoderarse de Irak, una nueva guerra chiíta-suníta – Irán y
Arabia Saudita incluidos – será inevitable.

Todo indica que lo más
cuerdo para Occidente será atraer hacia sí al Gobierno de Rohani lo que no es
muy difícil pues Estados Unidos mantiene buenas relaciones con Irán. El
problema es que los monarcas sauditas – enemigos potenciales de Irán –
controlan gran parte de la droga de la economía occidental: el petróleo. Pero
por otro lado, si Occidente se deja presionar por Arabia Saudita, podría perder
sus accesos petroleros en Irak. Y no olvidemos: Sin el concurso de Irán, la
guerra en contra del EI será muy difícil de ganar.

Los aliados más seguros
de Occidente son, además de Irán, la dictadura militar de Egipto embarcada en
una lucha en contra de su yihadismo interno, y la democracia autoritaria de Turquía.
El presidente Erdogan podría apresurar la entrada de su país a la UE a cambio
de un decidido apoyo militar a Europa. La monarquía de Jordania y el gobierno
de Túnez son pro-occidentales. Y no por último, el dictador Al Assad, sabiendo
que está perdiendo la guerra frente al EI, ha ofrecido su «desinteresada»
colaboración a la UE.

La Real Politik, cínica e
inmoral como es, no puede ser obviada en caso de guerra. Es inevitable: en la
guerra hay que elegir a veces entre la peste y el cólera. Si Saddam Hussein
estuviera vivo, también seria hoy un gran aliado de Occidente, como lo fue en
la guerra Irán-Irak de 1986.

Los rostros políticos del
islam son muy diferentes. Una estigmatización del islam entendido como un todo
indiferenciado – eso es lo que buscan los decapitadores del EI – no sólo sería
una estupidez sin límite; sería, además, una opción suicida.

Dejarse llevar por ese
anti-islamismo histérico que preconizan los grupos neo-fascistas en Francia,
Holanda, Hungría, Grecia y Rusia, significaría simplemente traicionar a
Occidente.