PARIS.- Cuando el ministro Eric Besson inauguró hace unos meses una serie de encendidos debates sobre la nacionalidad, basados en la pregunta, asaz turbadora, «¿qué significa ser francés?», quizás haya tenido in mente la futura propuesta de su gobierno, agitada como un trapo rojo durante este verano para distraer la atención. Nada mejor que reemplazar un culebrón estival con otro, sacando a relucir la trilogía tristemente célebre, nacionalidad-inmigración-inseguridad, para hacer olvidar los chanchullos de la heredera de L´Oréal y del ministro Woerth, que salpican al propio Sarkozy.
-Definir qué significa ser francés, inglés o alemán resulta un rompecabezas que sólo quienes utilizan el tema con objetivos políticos muy concretos tratan de armar.
-Para este curioso modo de ver, lo delictuoso como categoría universal no existe. Todo depende de quién delinque, tomando en consideración el origen étnico y nacional del facineroso antes que el delito en sí.
-Por comenzar, la mayor parte de los gitanos que viven en Francia son de nacionalidad rumana, lo cual significa que son europeos. Todo europeo tiene derecho a vivir y a trabajar en cualquier país de la comunidad. Expulsar a los gitanos rumanos implica considerarlos gitanos antes que rumanos, esto es, basarse en la etnia más que en la nacionalidad.
-La expulsión de los gitanos de Francia ha sido saludada con entusiasmo por la derecha italiana. La Liga Norte está feliz. Un ministro leghista ponderó la idea sarkoziana de vincular el crimen con la ciudadanía. A eso se le llama «paquete de seguridad».
-Hay que ver cómo se parecen los odios raciales y cómo perduran: los improperios que mascullaban los españoles acerca de los árabes, en la España de la época, eran idénticos a los que habían llovido sobre los judíos un siglo atrás, antes de que también a ellos los expulsaran.
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