He tenido la oportunidad de escuchar a un cristiano evangélico, pongamos que se llama M., instalado con su familia en una de las repúblicas de la antigua URSS que por prudencia y natural discreción no citaré, hay razones evidentes de seguridad. La vida allí para todos los ciudadanos se está transformando en una cárcel donde sólo hay una única y creciente autoridad, la Ley Islámica.