El año es 1920. Hay una guerra, siempre hay una guerra. Y en ambos bandos hay dementes que ocultan su identidad bajo nombre falso para poder participar de esa guerra. Dos de ellos, uno por bando, van a verse las caras. Uno es un judío de Odessa, que logra camuflar su origen para colarse en la salvaje caballería cosaca, ariete (y carne de cañón) con que el ejército bolchevique invade Polonia. El otro es un piloto norteamericano, veterano de la Primera Guerra, que debe ocultar su nombre y su grado para poder formar parte de un escuadrón de voluntarios internacionales que conforman la aviación polaca. Los polacos, que han sufrido inmemorialmente a los cosacos en carne propia, deciden que es menos suicida atacarlos con aviones que hacerles frente por tierra. Cada incursión de la aviación polaca deja un tendal de cosacos y caballos muertos, pero los cosacos son muchos y los aviones polacos son pocos. Y, además, a los cosacos no les importa demasiado morir si pueden darse el gusto antes de derribar alguno de esos aviones disparándoles con las precarias ametralladoras antiaéreas que el alto mando soviético les ha enviado. El judío de Odessa (que se oculta bajo el ingenuo alias de Lyutov, que significa lobo) va a relatar uno de esos enfrentamientos en un cuento inmortal de un libro llamado Caballería roja. El piloto norteamericano (que se oculta bajo el ingenuo alias de Mosher, la marca de sus calzoncillos) va a pasar a la historia por dirigir una película en cuya escena culminante un puñado de avioncitos cose a balazos casi de idéntica manera a un salvaje que les hace frente. El judío de Odessa se llamaba Isaak Babel, el piloto norteamericano Merian Cooper, la película King Kong.