Las últimas semanas han sido vertiginosas para la complicada relación entre Teherán y Occidente. El 8 de noviembre último, la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) publicó un lapidario informe sobre el estado del programa nuclear de Irán, en el cual denunció que las autoridades del país persa trabajaron “en el desarrollo de un diseño local de un arma nuclear”. Que esta conclusión haya provenido de un ente que declaró, en el calor de las discusiones sobre la guerra en Irak, que para el año 2003 Saddam Hussein ya no tenía armas de destrucción masiva, la exime de todo cuestionamiento de servilismo político. Luego, entre el 12 y el 28 del mismo mes, dos explosiones sacudieron a Irán. La primera provocó diecisiete muertos en un depósito de misiles, la segunda ocasionó destrozos en Isfahan, localidad que alberga una planta de enriquecimiento de uranio. Al día siguiente, hordas de militantes del movimiento paraoficial Basij coparon y saquearon la embajada de Gran Bretaña en Teherán, lo que derivó en la expulsión de diplomáticos iraníes asentados en Londres. Finalmente, el 4 del corriente, el gobierno iraní afirmó haber derribado un avión espía estadounidense y el presidente del país anunció que los Estados Unidos e Israel “serán erradicados del globo”.
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