Quizá nunca nos hayamos parado a pensarlo, cristianos viejos que se supone que todos somos. Pero a menudo, los recovecos y vericuetos de la historia son tan inescrutables como desconocidos. Y quién nos dice que por nuestras cristianísimas venas no corren unos cuantos glóbulos rojos con la cabeza tocada con la tradicional kipá y una Biblia entre las manos. Quinientos años después de la expulsión de los judíos de España, la vieja y querida Sefarad para ellos, nadie puede saber a ciencia cierta, total y absolutamente, que en sus venas no hay ni un gramo, ni un milímetro cúbico de sangre hebrea. Estuvieron junto a nosotros durante siglos, compraron y vendieron en los mismos mercados y muchos de los objetos que nuestros antepasados usaban habían sido construidos en sus talleres, en sus ebanisterías, en sus orfebrerías. Muchas de nuestras ciudades aún conservan su recóndito barrio judío, y quién no se ha creído al pasear por Toledo que iba camino de la sinagoga.
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