El jueves pasado Siria firmó un acuerdo con Naciones Unidas para que se estacionen en su territorio los Cascos Azules, ese cuerpo de paz que en este caso intentará controlar el conflicto interno que mantienen los rebeldes con el gobierno sirio. Mientras se gestiona ese desembarco, la lucha prosigue en varias ciudades -incluida la capital, Damasco- con cifras de muertos que crecen desde hace siete meses, integradas casi siempre por civiles. Pero el costo de la guerra siria no debe medirse solamente en vidas humanas, porque los combates y bombardeos también amenazan algunas zonas arqueológicas, que son tesoros de la humanidad y pueden correr el riesgo de ser destruidas por el fragor de los choques armados, sumando así un desastre artístico a la calamidad que ya está en curso.