Acabo de volver de Túnez. Invitada por el Instituto Cervantes de allí y su director Carlos Varona, intervine en la jornada “Revolución y mujer” en la Universidad de Cartago. Más de cien alumnos, la mayor parte mujeres, asistieron a las conferencias celebradas indistintamente en español, árabe y francés. En la sala, había cuatro mujeres con velo. Antes de las revueltas, me repitieron varias veces desde mi llegada sin que yo hiciera ninguna alusión a ello, no se veían así y, menos aún, cubiertas con el niqab. Túnez es un país orgulloso de su laicismo y modernidad. No es una sorpresa que las movilizaciones que llevaron a la deposición del presidente Ben Alí, el primer referente de las revueltas árabes, fueran en dicho país. Túnez ha sido un país de tradición reformista. Las mujeres cuentan con derechos que, en su día, al promulgarse el estatuto de familia de 1959, eran mayores que los de las mujeres europeas. De ahí el protagonismo que han tenido las mujeres tunecinas, especialmente las abogadas, en la rebelión contra Ben Alí, algo único dentro de las llamadas primaveras árabes.
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