Decía el gran economista Schumpeter que había cuatro tipos de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. Sin duda lo dijo antes de que existiese Israel -murió dos años después de su creación-, porque si no hubieran tenido que ser cinco tipos. Israel es una categoría por sí sólo. Dos milenios brindando por “el año que viene en Jerusalén” y emigrando de un sitio para otro de grado y la mayor parte de las veces por ignominiosa fuerza, pero casi nunca a la vieja capital, en donde, por otro lado, a lo largo de todo ese tiempo, nunca dejó de existir una pequeña colonia judía, que tampoco dejó de recibir desde finales del siglo XV pequeños refuerzos no menos forzados, que a lo largo de los cinco siglos siguientes continuaron hablaron en ladino (latino), el idioma que habían traído consigo, el castellano de los Reyes Católicos.
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