Resulta algo extraño poner en conjunción éstas dos palabras y hacer de ella una: lengua unida al horror. De eso hemos de hablar. La palabra horror se la usa con total soltura, al punto tal que su empleo excesivo hace incluso que se banalice su significado. Se dice: los horrores de la guerra, esto es un horror!, tal película es horrorosa, en fin, se la llega a usar con tal liviandad que pareciera que su verdadero peso como significación no fuera tenido en cuenta. Y el horror ha entrado incluso como una nueva estética. Las pilas de zapatitos de niños, sus anteojitos, las valijas de los deportados a Auschwitz, mostrados con total desparpajo, desafectivizado e indiferente en el museo de ese campo de concentración, que ha servido de modelo a las instalaciones de artistas de los nuevos movimientos creativos.
Ver nota completa