Dora Ratjen fue una estrella en los Juegos Olímpicos de Berlín del año 1936, medalla de bronce en atletismo y dos años más tarde campeona de los juegos europeos con un record mundial en salto, y, sobre todo, querida del partido nazi. En 1938, cuando fue descubierta y acusada de fraude en un tren que iba de Viena hasta Colonia, la atleta olímpica dejó de ser Dora Ratjen para empezar a llamarse Heinrich. En aquella oportunidad, unas señoras que viajaban junto a ella y la reconocieron, notaron algo raro entre las piernas de la atleta, que solía usar largas polleras que cubrían sus piernas fornidas. Cuando el policía se acercó para interrogarla, Dora sacó su identificación de los campeonatos europeos en la que aparecía claramente su pertenencia al género femenino. Sin embargo, el policía no se quedó conforme y le dijo a Dora que debía examinarla; ésta se negó, pero ante la amenaza de ser acusada del delito de obstrucción de una investigación policial, tuvo que admitir que era un hombre. El fraude cayó sobre Dora y también sobre el Tercer Reich, que debió quitarle las medallas y prohibirle participar en cualquier otra competencia deportiva. Dora tenía diecinueve años cuando su carrera quedó trunca para siempre. Marginado y eternamente nostálgico, vivió hasta los noventa años atendiendo mesas en distintos bares y restaurantes.
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