Los Juegos Olímpicos, dijo Jacques Rogge en la ceremonia de apertura del viernes pasado, hablan de «honor», «dedicación», «compromiso», «respeto», «ejemplo», «armonía» y «paz». Por eso, tal vez, el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) sintió deseos de abandonar la Villa Olímpica cuando se enteró de la matanza de once entrenadores y atletas israelíes en los Juegos de Munich 72. Así lo hicieron todos los filipinos, trece atletas noruegos y seis holandeses. «Si alguien es asesinado en tu fiesta, no sigues con la fiesta. Me voy a casa», dijo el atleta holandés Jos Hermens. Pero Rogge, regatista como su padre y que asistía a su segunda cita olímpica, pensó que abandonar era darle la razón al terrorismo.