Durante más de tres mil años, generación tras generación, los judíos mantuvimos siempre la llama encendida en nuestros corazones del retorno a Sión, uno de los nombres de Jerusalén. Hoy si bien celebramos la materialización de ese anhelo milenario, hacemos votos para que Jerusalén pueda finalmente hacer honor a su nombre, que en hebreo significa “ciudad de la paz”.