La madrugada del 5 de setiembre de 1972 le quedó grabada para siempre. «Fue lo peor que me pudo pasar en la vida», dice. Walter Tardáguila dormía hasta que un compañero de habitación irrumpió en su apartamento de la Villa Olímpica al grito de «¡tupamaros, son tupamaros!». Pero la realidad era otra: estaba a punto de perpetrarse el hecho más sangriento en la historia de los Juegos Olímpicos: la masacre de Múnich.