Centenares de miles de personas han muerto en los últimos años a manos de la violencia del extremismo islamista, decidido a imponer su única verdad, su interpretación fundamentalista de su religión, sobre el mundo todo, comenzando por sus propios correligionarios, los musulmanes mismos. Mucha sangre ha corrido ya en Oriente Medio y Europa, entre otros sitios, y por cierto en Israel, por los crímenes del terrorismo. Hemos visto decapitaciones masivas por parte del Estado Islámico, de musulmanes y no musulmanes, en Libia, Egipto, Siria, Irak, hemos visto a un piloto jordano quemado vivo dentro de una jaula, sabemos de numerosos crímenes…pero necesitamos a veces la difícil posibilidad de personalizar en un individuo, en una víctima, el significado de la barbarie. Para ponerle rostro, nombre y apellido, a las víctimas todas. Y eso sentimos al ver la foto del sacerdote Jacques Hamel, de 84 años, asesinado esta semana mientras celebraba misa en la localidad de Saint-Etienne-du-Rouvray, en Normandía, Francia.
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