En Ponte a Ema, una pedanía con cuatro casas en los campos de la Toscana, hay espacio para dos templos: la parroquia que lleva el mismo nombre de la población y el museo dedicado a Gino Bartali, el auténtico patrón local. Devoto como pocos, el empeñado ciclista probablemente no hubiera tolerado el símil, pero en una tierra de santos y beatos, todavía quedan fieles que acuden a honrar al último corredor de los de antes. A un ciclista que tiene en casa un santuario bien modesto, y amenazado de cierre, de olvido, arrastrando una leyenda que trasciende el deporte.