En un artículo de Vice, la protagonista de la historia detalló los tres días -que le parecieron «tres meses»- de interrogatorios en una villa remota iraní. Allí, permaneció sentada escuchando a varios clérigos recitar citas del Corán «mientras las quemaduras infectadas de los brazos le pinchaban como agujas». Esos tres días llegaron después de la tortura. Era un «curso de reorientación» que pronto descubrió que no era sino un eufemismo para los interrogatorios. Según ella, consistía en «recibir instrucción religiosa y en repetidos intentos de obligarla a admitir que era gay».