Corría el año 940 y no se hablaba de otra cosa de un extremo a otro de la ciudad de Córdoba. Se decía que un sabio judío de aquella localidad acababa de descubrir la panacea universal, el mítico remedio capaz de curar todas las enfermedades y de prolongar la vida de manera indefinida. Casi nada. El califa Abderramán III no tardó en hacerle llamar para averiguar si aquel rumor era cierto. Y en su corte se presentó así Hasday Ibn Shaprut, el protagonista de esta nueva y fascinante historia. Hasday Ibn Shaprut dominaba varias lenguas, sabía de astrología y de matemáticas: fue un erudito judío al servicio del califa Abderramán III. Hasday estudió medicina, ciencia y el Talmud y la Cábala: no se le resistían los saberes esotéricos