En noviembre de 2015, tras los atentados de París, en
Molenbeek se organizaron vigilias. La idea nunca fue solidarizarse, llorar,
sino pedir «paz». Acabó siendo un acto defensivo, más desafío que
conmoción por la masacre. Un grito contra el estigma. Varias decenas de niños
pintaban murales y pancartas. Un compañero le preguntó a un crío de unos siete
años qué hacían, y su respuesta, sonriendo, fue automática: «Protestamos
porque los judíos matan a nuestros hermanos».
Bélgica tiene un problema con el antisemitismo y no es
nuevo. El 27 de julio de 1980, en Amberes, donde reside el grueso de la
comunidad judía, un comando palestino atacó con granadas una colonia de
vacaciones escolares, matando a un chaval de 15 años. El 20 de octubre de 1981,
una bomba junto a la sinagoga de la ciudad mató a tres e hirió a otros 106.
Entre 1988 y 1989, un grupo a las órdenes de Abdelkhader Belliraj mató a tres
judíos. En 2002, la sinagoga de Charleroi fue ametrallada. Y en 2014, Mehdi
Nemmouche asesinó con un kalashnikov a cuatro personas en el museo judío de la
capital.
Todo lugar de culto, tiendas o colegios judíos necesitan
protección militar. Es ya normal. Por eso cuando un musulmán arranca decenas de
mezuzot en Amberes no es noticia. Por eso cuando el otro día un conductor
aceleró, cruzó el carril bici, se subió a la acera y casi atropelló a un padre
y su hijo, jasídicos, sólo medios israelíes se hicieron eco.
Hace dos años la asociación Dialogue et Partage difundió un
vídeo en el que descendientes de familias huidas de los nazis decían: «Soy
belga, también soy judío: ¿Debería irme?». Lo sorprendente es que en este
ambiente de ‘normalidad’, de silencio cómplice de instituciones y sociedad
civil, de no pasa nada, pocos opten por la Aliyá. Hay un grave problema y mirar
para otro lado durante años, porque van a por otros, ya sabemos lo bien que fue
en Molenbeek.
‘Mezuzot’ y vigilias
22/Feb/2018
El Mundo (España), por Pablo R. Suanzes