La última operación
militar en Gaza («Margen Protector») ha exacerbado la judeofobia en diversas
regiones, y cada vez se hace más notable cuál es el principal canal por el que
hoy fluye dicho odio. Se trata de una mortífera asociación: de un lado, el engaño
de la propaganda terrorista; del otro, la complicidad que le dispensan sus
agentes repetidores en los medios. Este cruce entre fundamentalistas
recalcitrantes y periodistas mal predispuestos, mata.
Vayan los datos básicos,
sistemáticamente ocultados por los medios. La guerra en Gaza estalló el 8 de
julio con el lanzamiento de misiles por parte de Hamás contra la población
israelí. La continua agresión, motor de la contienda, es perpetrada por una
banda islamista que declara abiertamente su explícito objetivo de destruir
Israel y asesinar judíos.
La clarísima causa del
enfrentamiento (repito: los misiles sobre Israel, más de 3.500 y que al
escribir estas líneas no se han detenido), no impidió a los medios europeos
distorsionar los hechos e inventar que el casus belli fue el secuestro e
inmediato asesinato de tres adolescentes israelíes (casi un mes antes del
comienzo del ataque de los misiles). Reescrita así la historia, Israel se
insinúa en los medios como vengativo y desproporcionado, imagen engendrada rutinariamente
por TVE y los principales diarios de España. «Desproporcionado» es aquello que
puede lograr su objetivo con menos fuerza –y los misiles no se detenían. Ergo,
la respuesta israelí pareció ser más bien insuficiente.
La mentira no abarca sólo
la fecha y la causa de la guerra. Mientras Hamás procede diariamente al ataque,
acusa al mismo tiempo a Israel de perpetrar un genocidio. Que no hay tal cosa
ni nada similar es tan conspicuo que cansa demostrarlo, pero la verdad resulta
invisible para quien se esfuerza en no verla.
Un genocidio responde al
intento deliberado de exterminar a una población entera. Si el poderoso
ejército de Israel se lo propusiera, los palestinos morirían de a decenas de
miles. En vez de ello, ellos prosperan en Israel –el único Estado de toda la
región en el que los árabes gozan de derechos humanos.
No hay genocidio: hay
muerte de civiles inocentes… como en toda guerra. Pero los judeófobos y sus
repetidores revisan con lupa sólo las acciones bélicas del judío de los países,
estampan al judío el sambenito de «genocida», y eximen de toda revisión el
resto de las guerras. A apenas unos pocos kilómetros, entre otros, el régimen
sirio continúa la masacre de cientos de miles, pero ello no conmueve a nadie.
Israel es genocida y la mortífera tiranía siria es presentada como aliada del
progreso, Chávez dixit.
Como explica una y otra
vez Richard Kemp, Israel hace esfuerzos sin parangón para proteger a la
población civil palestina, un dato que jamás es recogido por los demonizadores
profesionales del Estado judío. Entre ellos, las cadenas de noticias como la
BBC, los medios de prensa más conocidos de España, las redes sociales como
Avaaz, las organizaciones de Derechos Humanos que se circunscriben a clamar por
los derechos del agresor, y los criptodrinos seriales como Mario Vargas Llosa,
Eduardo Galeano y Daniel Barenboim. Saltean metódicamente el dato fundamental:
los civiles palestinos mueren como consecuencia directa de que Hamás los
utiliza como escudos humanos, tal como confiesan sin reparos los portavoces de
la banda.
El Hamás obliga a su
población a permanecer entre los lanzamisiles, y a desatender la exhortación
del ejército israelí de que los civiles se alejen de zonas peligrosas. El
motivo es cristalino: cuando los israelíes nos vemos obligados a bombardear las
bases de lanzamiento, mueren civiles (más o menos en igual número que
terroristas en acción), y los medios de prensa europeos se lanzan a sus
rutinarios festivales de judeofobia. Y como en general no informan sobre la
agresión islamista sino sólo sobre la respuesta israelí, el espectador promedio
deduce que la motivación de la acción israelí es la sed de sangre. Y esta
deducción confirma el arraigado mito del judío sanguinario.
Al respecto, explica
Charles Krauthammer que la intención de los cohetes del Hamás no es asesinar
israelíes, porque con ello no aceleraría la destrucción del Estado hebreo. Aun
cuando la meta genocida de Hamás de acabar con todos los judíos permanece
explícita en su carta orgánica, la eficacia demostrada por nuestra tecnología
defensiva para interceptar misiles (siempre puesta al servicio de la protección
de la población civil de Israel, árabe y judía por igual) los ha convencido de
que no será posible eliminar al país judío con misiles.
Por ello, los misiles del
Hamás consiguen «apenas» que millones de israelíes debamos correr a guarecernos
una y otra vez en los refugios, pero cumplen con su otra meta: que durante la
reacción defensiva israelí mueran civiles palestinos. Ello sí socava a Israel
moralmente, ergo justificaría su destrucción. Si Israel fuera, como lo denominó
el presidente de Bolivia, «un Estado terrorista», pues debería ser eliminado. Y
de este modo los morteros de Hamás satisfacen su objetivo sin la necesidad de
que los judíos muramos de inmediato.
Para que esta enfermiza
aspiración se concrete es indispensable la connivencia de los medios en
pergeñar la gran mentira de un Estado violento, que vendría a ser el más
inmoral e indeseable de todos. La tarea no es difícil si se cuenta con una
mitología milenaria sobre el judío que se ve «confirmada» y con el hecho de que
diversos corresponsales repetirán la mentira oficial del Hamás: Israel mata
porque es malo. No hay recursos naturales en Gaza ni intención israelí de
gobernarla. Si atacamos, es de pura maldad.
El síndrome reitera la
distorsión de Hannah Arendt en 1961 cuando tomaba al pie de la letra las
mentiras de Adolf Eichmann en su juicio, y deducía de ellas que el genocida
había sido sólo un burócrata que cumplía órdenes. Después de todo, era lo que
el reo declaraba. Y su patraña era repetida por escritores y periodistas, como
hoy en día.
Ejemplos de la
complicidad
El portavoz del Hamás,
Osama Hamdan, fue en varias ocasiones entrevistado por CNN, en donde repitió
una y otra vez la jaculatoria no cuestionada de un Israel ocupador y genocida,
y de la «resistencia» de su banda. Que en 2005 Israel se retiró completamente
de la franja de Gaza, y ergo no habría ninguna ocupación para resistir; que
Israel se convirtió a la sazón en la única democracia de la historia que en
aras de «la paz» expulsó a su propia población, éstas son de las verdades
prohibidas entre los políticamente correctos. Divulgarlas en TVE haría que el
espectador sospechara que la guerra no tiene nada que ver con ocupaciones sino
con el brutal odio de los integristas.
Cabe suponer que después
de varias entrevistas a Hamdan, los periodistas ya saben de quién se trata. Su
prontuario es accesible a quien quiera informarse, algo recomendable a quienes
le permiten sus burdas apologías del asesinato. Hace unos días, en una
entrevista en un canal árabe, Hamdan sostiene como «evidencia histórica» el
mito medieval de que los judíos usamos sangre infantil para fabricar pan ázimo
durante la Pascua.
El periodista Wolf
Blitzer recogió el guante de la judeofobia de Hamdan y le preguntó por CNN
(4-8-14) si él efectivamente creía semejante dislate. Hamdan ¡eludió la
pregunta! y siguió demonizando a los «genocidas» durante varios minutos. Sólo
después de la diatriba el entrevistador se atrevió a agregar respetuosamente
que «habría esperado otra respuesta».
Pero no la obtuvo, y sin
embargo condonó las declaraciones del Hamás y dio una muestra más de la
repelente obsecuencia de la mayor parte de los medios cuando deben vérselas con
los enemigos de Israel. Contrástese ello con la hostilidad que habitualmente le
propinan a los entrevistados pro-israelíes, y quedará claro el mito de la
objetividad de los medios al referirse al Estado judío. Que después de escuchar
«información» de esta calaña, las audiencias odien a Israel, es sólo el efecto
natural.
Los periodistas de hoy
son muchas veces un remedo de los sacerdotes medievales que difundían los mitos
del deicidio y del libelo de sangre, y luego se distanciaban de las matanzas de
judíos engendradas por la mitología. Incluso a veces protestaban por la
violencia que ellos mismos habían provocado al esparcir el odio. Paralelamente,
los medios de hoy demonizan a Israel, y luego se presentan como objetivos y
ecuánimes entre «el monstruo sionista» y sus enemigos.
La semana pasada el Times
de Londres se negó a publicar un aviso pago, en el que el Premio Nobel de la
Paz Elie Wiesel pide que el Hamás proteja a los niños palestinos y no los use
como escudos humanos. El Times explicó que el aviso de Wiesel (que ya había sido
publicado en varios diarios norteamericanos) no fue rechazado porque fuera
falso, sino para evitar «inquietud entre sus lectores». Es decir que no
publican la verdad aun cuando se les pagaría por ello. Será pues muy improbable
que publiquen la verdad pura y gratuita.
El ejemplo del Times es
elocuente: uno de los más importantes medios europeos admite sacrificar la
verdad aun si le cuesta dinero, todo ello a fin de no perturbar que los
ingleses sigan demonizando a Israel. Un síndrome que se repite en casi toda
Europa.
De Inglaterra, uno de los
políticos más conocidos, George Galloway, declaró a su ciudad, Bradford, «libre
de israelíes». «No los queremos ni siquiera como turistas», explicó. Y a nadie
le sonó parecido a las ciudades «Judenrein» del Tercer Reich, porque casi les
parece que un mundo «Israel-rein» es aceptable debido, claro, a nuestra
incorregible criminalidad.
Los morteros caían en
Israel, y casi setenta de nuestros soldados fueron abatidos en la campaña para
destruir los lanzamisiles. Asimismo, más de ochenta mil reservistas fueron
movilizados (incluido el hijo de quien escribe estas líneas). Nadie nos sugiere
modos alternativos de detener el lanzamiento de misiles, por lo que es posible
que osemos seguir defendiéndonos. En estos casos, intuyo que es mejor vivir
odiados por Europa que morir compadecidos.
Los Nuevos Sacerdotes Medievales
03/Sep/2014
PorIsrael, Gustavo Perednik