Olivier Guez desvela a ABC los pormenores
de la vida y la muerte de Josef Mengele, el «Ángel de la muerte» que perpetró
todo tipo de crueles experimentos humanos durante la Segunda Guerra Mundial
Le llamaban el «Ángel de la muerte», pero
ni ese terrorífico apodo es capaz de evocar una milésima parte de toda la
maldad que atesoraba en su negro corazón Josef Mengele. Médico de carrera y
matarife de vocación, el que es conocido a día de hoy como uno de los
seguidores más fanáticos del nazismo no era, allá por la década de los 40, más
importante que cualquier galeno destinado a un campo de concentración. Sin
embargo, sus crueles experimentos humanos en Auschwitz le terminaron granjeando
-a la postre- un hueco entre los asesinos más sanguinarios del Tercer Reich.
Inocular tintes azules en ojos de niños
para volverles más arios; extirpar (y reimplantar) miembros en menores… La
lista de maldades perpetradas por este médico no tiene límite. Pero, para
Olivier Guez (autor de la novela histórica «La desaparición de Josef Mengele»
(Tusquets Editores, 2018) hay uno que sobresale tristemente por encima del
resto. «En una ocasión cogió a un padre y a un hijo, les asesinó, les arrancó
la carne del esqueleto y, posteriormente, envió sus restos a un museo de Berlín.
Lo más tétrico es que, en los días posteriores, unos obreros polacos se
creyeron que aquella carne era su ración del día y se la comieron», desvela a
ABC.
La vida de Mengele tuvo, curiosamente, más
claros que oscuros hasta la llegada del nazismo a Alemania. En principio, todo
indicaba que el joven Josef iba a dedicarse al exitoso negocio familiar: la
producción de maquinaria agrícola. Pero nada más lejos ya que sus intereses
estaban en otros campos más académicos como la biología o la zoología. Así lo
desvela el popular periodista e historiador Jesús Hernández (autor del blog
«¡Es la guerra!») en una de sus obras más destacadas: «Bestias nazis». Al no
ser un mal estudiante, el futuro «Ángel de la muerte» terminó inscribiéndose en
medicina y antropología.
Buen trabajador
Mengele, trabajador y aplicado, podría
haber dedicado su vida a la verdadera medicina. Y así lo pretendía, al menos,
hasta el ascenso de Hitler. En 1933 todo cambió para él cuando se sintió
sumamente atraído por las teorías supremacistas del «Führer». «Hitler
consideraba que la vida era una lucha incesante entre las razas fuertes y las
débiles en la cual solo las más puras y fuertes sobrevivían. En la visión de
Hitler existían tres grupos raciales: los arios, creadores de cultura; los
“portadores de cultura”, razas que no creaban cultura pero que podían copiar a
los arios, y los “pueblos inferiores”, que tan sólo eran capaces de destruir la
humanidad», explica Álvaro Lozano en «La Alemania nazi».
El buen doctor vio en los nazis la culminación
de una idea que él ya había forjado en su mente. No en vano, en su tesis en
antropología de 1935 estudió la mandíbula inferior de cuatro grupos raciales
diferentes para mostrar sus diferencias. Y otro tanto le ocurrió tres años
después, cuando se graduó como médico con un trabajo titulado «Estudio familiar
de la fisura labial labial-mandibular-palatina» después de haber trabajado con
Otmar von Verschuer (todo un referente en experimentación humana). Por
entonces, las esvásticas ya estaban por todos los lados. «Hizo su juramento
hipocrático en un ambiente rodeado de ideología nazi y banderas partidarias»,
explica Carlos De Napoli en su obra «Mengele».
Camino al mal
En 1937, dos años antes del comienzo de la
Segunda Guerra Mundial, el que en otros tiempos fuera el prometedor Josef ya se
había convertido en un perfecto nazi moldeado al gusto del régimen de Hitler.
Algo que quedó demostrado poco después, allá por 1938, cuando se alistó en las
SS (las unidades más ideologizadas del régimen). Unirse a sus filas implicaba
plantar batalla al enemigo, y así lo hizo nuestro protagonista en 1941, cuando
participó en la invasión de la URSS. En las gélidas estepas rusas demostró
también su gallardía al obtener obtener la Cruz de Hierro después de salvar a
dos soldados heridos de un carro de combate en llamas.
Poco después regresó a Alemania, fue
ascendido a capitán y, finalmente, se ganó un puesto como médico en el campo de
concentración de Auschwitz. Un destino que ansiaban, por entonces, una buena
parte de los militares de las SS ya que les mantenía alejados del gélido frío y
las balas que se daban en Rusia.
Mengele arribó a su nuevo destino en mayo
de 1943. Hasta entonces jamás había visto las maldades que se perpetraban allí
pero, según parece, no le afectaron demasiado. No solo eso, sino que se adaptó
rápidamente a ellas y se convirtió en su máximo exponente. Según aquellos que
le conocieron, disfrutaba seleccionando (y enviando a la muerte) a los presos
que llegaban en los trenes. Aunque era una labor que los galenos solían
turnarse, él adoraba la estación.
En Auschwitz, Mengele dio rienda suelta a
su brutalidad infrahumana oculta. Solía recorrer las filas de presos que
arribaban al campo de concentración al grito de «¡Gemelos, gemelos, gemelos!»
para localizar hermanos que sirvieran para sus crueles experimentos humanos. Al
parecer, con ellos buscaba -en palabras de Jesús Hernández- descubrir el
secreto de los nacimientos múltiples y utilizarlo para que las mujeres arias
dieran a luz a multitud de niños «puros». A su vez, las similitudes entre ambos
le permitían acabar con uno de ellos, y dejar a otro como sujeto de «control».
También solía asesinarles a la vez para hacerles una autopsia comparativa.
En el sumario que elaboró la justicia
aliada contra Josef Mengele, se hizo una clara alusión a la experimentación
humana en niños gemelos:
«Las investigaciones sobre los gemelos
ocuparon una gran parte de los pseudoexperimentos del acusado, según las
indagaciones previas del tribunal. Estos le resultaban especialmente
interesantes al régimen nazi, en especial en lo que se refiere a su deseo de
incrementar la tasa de nacimientos por medio de un aumento manipulado
médicamente en el número de nacimientos de gemelos».
Aquello solo fue el comienzo de su reino
del terror. Mengele llegó a inocular un extraño tinte (llamado «azul metileno»)
en niños con rasgos arios, pero ojos marrones, para teñirles las pupilas.
Posteriormente, enviaba a los pequeños a la cámara de gas, aunque -en
ocasiones- también les arrancaba los globos oculares para quedárselos como
recuerdo. Así lo desveló la deportada Vera Kriegel, quien afirmó haberse topado
con una pared llena de estos tétricos souvenirs:
«Estaban pinchados allí como si fueran
mariposas. Pensé que me había muerto y que ya estaba en el infierno».
También se quedó totalmente asqueado ante
esta visión el médico judío Vexler Jancu, testigo de los resultados mientras
era preso de Auschwitz:
«En junio de 1943 fui al campo de gitanos
de Birkenau. Vi una mesa de madera. Sobre ella, había muestras de ojos. Cada
uno de ellos llevaba un número y una letra. Los ojos eran desde amarillo pálido
hasta azul claro, verde y violeta».
Mengele también se dedicó, según explica
Jesús Hernández, a amputar y reimplantar miembros de niños en su enfermería. «A
los gemelos se les amputaban miembros y se les reimplantaban, en alguna ocasión
al revés, se les inoculaban enfermedades, se les practicaban heridas y se
infectaban a propósito para ver las reacciones, se les intercambiaba la
sangre… no había límite para la perversa imaginación de Mengele», determina
el historiador. Además de todo esto, el miembro de las SS también cometió todo
tipo de barbaridades como arrojar un bebé recién nacido al fuego o aniquilar en
la cámara de gas a barracones enteros para evitar enfermedades.
Exilio
Por todo ello, el «Ángel de la muerte» se
vio obligado a huir a lo largo y ancho de Europa cuando se percató de que los
soviéticos estaban a las puertas de Auschwitz. Tras algunos años en un campo de
prisioneros, su familia logró enviarle hasta Argentina, donde fue recibido con
los brazos abiertos en 1949 por un país que necesitaba a los estudiosos nazis
para modernizarse.
Allí nadie le buscó y, de hecho, se pudo
dedicar a vivir la buena vida. Sin embargo, la captura en latinoamérica de
Adolf Eichmann (uno de los arquitectos de la solución final) le metió el miedo
en el cuerpo.
A partir de ese momento inició un viaje por
el Nuevo Mundo en el que su mayor obsesión fue que el Mossad no le encontrara.
De Argentina se marchó a Paraguay y, desde allí, a Brasil. Allí vivió sus
últimos días solo y acongojado, casi como un perro, hasta que falleció el 7 de
febrero de 1979 ahogado en una playa. «Alrededor de las 4.30 de la tarde, para
refrescarse del sol abrasador, Mengele decidió probar las suaves olas de
Atlántico. Diez minutos después, se encontraba luchando por su vida. (…) La
parálisis le había agarrotado el cuerpo», explican Gerald L. Posner y John Ware
en «Mengele. El médico de los experimentos de Hitler».
Olivier Guez: «La carrera de Mengele fue
absolutamente mediocre»
-¿Cuál es el experimento de Mengele que más
le impactó durante la escritura de su obra?
El que está en la mitad del libro. Para mí
es la metáfora absoluta de quién era Mengele y lo que fue Auschwitz. Mengele
cogió a un padre y a un hijo, uno cojo y otro con una joroba. Les asesinó, les
quitó la carne del esqueleto y, posteriormente, envió sus restos a un museo de
Berlín. Lo más tétrico es que, en los días posteriores, unos obreros polacos se
creyeron que aquella carne era su ración del día y se la comieron. Cuando
descubrí esta historia pegué un respingo.
-¿Por qué huyó de los rusos, si creía que
sus experimentos eran lícitos?
Los nazis como Mengele hacían lo que hacían
con la esperanza de ganar. No se planteaban para nada las preguntas morales.
Eran soldados biológicos que luchaban por imponer las diferencias raciales. Y
en esa biología estaba precisamente el núcleo del sistema nazi. Esa biología
influía directamente en las leyes, en las relaciones internacionales, en las
sexuales, en las económicas… Estaba en el corazón del sistema.
No se planteaban lo que ocurriría después.
Pero, cuando al final de la guerra empezaron a entender que todo aquello iba a
terminar mal para Alemania, fue cuando hicieron volar los hornos crematorios
para no dejar rastro. Hasta entonces lucharon por Alemania. Y, para ellos, la
medicina era uno de los muchos campos de batalla.
-En su obra, afirma que Mengele escapó de
los aliados gracias a su coquetería.
Si. No quiso tatuarse el número
reglamentario de las SS. Eso dice mucho de Mengele. Primero de su desconfianza,
pero también de su coquetería y de su narcisismo. Eso le salvó la vida en la
posguerra inmediata. Gracias a ello pudo camuflarse entre los miles y miles de
soldados alemanes desmovilizados durante la guerra. Eso le permitió
desaparecer.
-¿Por qué se exilió a Argentina?
Argentina fue a buscar a muchos nazis de
manera específica. El país necesitaba modernizarse políticamente,
económicamente, científicamente… Por ello se organizó la llegada de todos los
fascistas de Europa central, en general.
-¿Buscaban los servicios secretos de Israel
a Mengele?
Nadie sabía donde estaba Mengele salvo sus
familiares y amigos más cercanos. En Argentina ni siquiera le buscaban. Mengele
era un capitán (un cargo que entonces no era nada) y médico (de los que había
cientos en los campos de concentración). A pesar de que apareció en la lista de
criminales de guerra fue olvidado rápidamente porque no era un alto cargo y no
había sido responsable del Holocausto. Otros como Eichmann si. Él fue el gran
coordinador y el que lo organizó.
-Pero sí perseguían a Eichmann…
La diferencia entre Eichmann y Mengele es
que el primero era mucho más conocido y hablaba mucho más al público. Eichmann
llegó muy alto en la jerarquía nazi y, por tanto, necesitaba darse autobombo.
Mengele, por el contrario, tuvo una vida muy tranquila gracias a que su carrera
durante el nazismo fue absolutamente mediocre. Eso le permitió seguir su vida.
A pesar de ello, con la captura de Eichmann la vida de Mengele cambió
radicalmente.
-¿Se buscó a los cargos medios del nazismo
inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial?
Al final, en los años 50 nadie buscaba a
los criminales de guerra nazis. Los americanos estaban inmersos en la Guerra
Fría, los israelíes estaban muy preocupados por su seguridad porque su país no
tenía ni diez años… Además nadie hablaba, ni los culpables, ni las víctimas.
Todo ese permitió a Mengele vivir la “dolce vita” tras cruzar el Atlántico.
-¿Cómo fue su exilio en Argentina?
En Argentina tuvo una vida muy tranquila.
Enderezó sus negocios, se volvió a casar… Aunque era alguien totalmente
desconfiado que no se mostraba al resto, tuvo amigos, viajó, hizo negocios,
tuvo mujer e hijos, se compró un coche bonito…
-¿Por qué cambió esa «dolce vita»?
Por la captura de Eichmann en Argentina por
el Mossad en 1960. Su secuestro obligó a Mengele a marcharse. Además tenía
problemas con la justicia por sus abortos clandestinos. Luego adoptó una mentalidad
de serpiente. Tenía miedo, así que decidió moverse todo el rato. Lo que pasa es
que él no importaba a Israel. No fue juzgado porque nadie quiso realmente
detenerle. Nadie tuvo interés ni recursos para capturarle.
-¿El Mossad llegó a buscarle?
Solo le persiguió durante tres años. El
Mossad no es el servicio de seguridad de la memoria judía, lo es del Estado de
Israel, y el estado tenía otras prioridades más destacables entonces que la de
buscar a los nazis en latinoamérica. Además, violar la seguridad de un país era
peligroso. pudieron hacerlo una vez para Eichamann, pero dos era muy peligroso.
Así que el Mossad no estuvo mucho detrás de Mengele.
-Siempre se ha elucubrado con que era
protegido por antiguos nazis por su importancia…
Pertenecía a la sociedad nazi de Buenos
Aires, pero ellos no le protegían. Hubo algunos alemanes y austríacos que
miraron por su seguridad en Brasil, pero no era una organización estructurada,
eran personas pagadas por la familia Mengele. No era una red poderosa, era el dinero.
-¿Cómo vivió la última parte de su vida?
En Brasil vivió en un agujero, no se movía.
Murió de forma tan mediocre como vivió: solo, como un perro. Fue una muerte
banal, pero todo lo condujo a ella. Su soledad, su rabia, su amargura… Todo
eso le llevó a la playa en la que desapareció.
-¿Fue ese castigo suficiente, o debería
haber sido juzgado?
Para un hombre así no hay un castigo lo
suficientemente grande. Solo se puede confiar en la justicia de los hombres, y
no fue juzgado por ellos. ¿Hubo una especie de justicia en su final? No se
puede saber. Creo que la vida le castigó. Terminó sus días rodeado de soledad,
paranoia e incertidumbre. Eso fue letal para un burgués que había soñado en su
momento con ser profesor universitario. Además estuvo aislado. Creo que sufrió,
pero no se si lo suficiente. Eso que lo juzgue cada cual.
-¿Cómo pudo un médico llevar a cabo
aquellos experimentos?
No era un médico normal, era un médico nazi
normal. Un médico nazi tenía la mentalidad de que, para cuidar al pueblo, podía
hacer todo aquello que quisiera con las poblaciones consideradas inferiores.
Mengele llevó esa norma al máximo.
Fue un médico nazi. O un nazi médico, más
bien. No era un humanista al que, repentinamente, obligaban a hacer cosas que
luego no le permitían dormir. Hace poco se descubrieron fotografías en las que
se puede ver al personal de Auschwitz riendo después de salir del campo de
concentración. Eran como un grupo de trabajadores que se van a tomar algo
después de la jornada. Esas personas eran perfectamente conscientes de lo que
hacían, pero estaban protegidos por la ley y pertenecían a un régimen que
alentaba este tipo de cosas.
La cultura nunca ha sido una garantía. En
Europa, a finales del siglo XIX, hubo una cultura de la destrucción. Buscaban
romper la herencia judeo cristiana. Si vemos todos los movimientos de
vanguardia, buscaban destruir lo que las generaciones anteriores habían hecho.
Eso va desde el futurismo al supremacismo. Después de la Primera Guerra Mundial
todos los movimientos de masas, desde el fascismo hasta el bolchevismo, fueron
la producción del hombre nuevo. Algunos eran muy cultos, pero pusieron la
cultura al servicio de la destrucción. Y Mengele, que tenía una cierta cultura,
fue un ejemplo de esto.
«Los médicos nazis arrancaban la carne a los niños y se la hacían comer a otros presos»
30/May/2018
ABC, España- por Manuel P. Villatoro