En 66 años de existencia, amenazado siempre por
la implacable hostilidad de enemigos cuyo objetivo final es eliminarlo del mapa
de las naciones, el Estado de Israel y por extensión el pueblo judío en todo el
mundo, nunca antes se vieron enfrentados a una explosión de odio como la que se
vivió en nuestros días. Gobiernos, universidades, agencias noticiosas, TV,
prensa, redes sociales, agitadores de varias especies, todos se abalanzaron
gozosamente a denigrar y estigmatizar a Israel y por supuesto también a los
judíos. La agresión de Hamas desde Gaza y la respuesta de Israel en defensa de
su población civil desencadenaron todos los demonios del antisemitismo. Los más
aberrantes mitos, las injurias más soeces, el vitriolo de siglos, volvieron a
emerger de las cavernas más inmundas de la irracionalidad, mostrando en todo el
mundo sin excepción su rostro infame.
Los líderes de las
comunidades judías se vieron en cierto modo sorprendidos en todas partes por
tamaña erupción volcánica del antisemitismo. Saben que en el mejor de los casos
este flagelo permanece adormecido o latente, pero no esperaban un estallido de
la intensidad del actual. Sin pausa alguna estuvieron enfrentados a los severos
pronunciamientos condenatorios de los gobiernos, a una “media” de una
hostilidad desacostumbrada, a tumultuosas protestas de calle contra Israel, al
festival de los antisemitas agazapados, y a la desfiguración malévola de la
imagen de los judíos.
¿Qué hacer? Había que
reaccionar en medio de la tormenta manifestando el apoyo natural hacia la lucha
de Israel por un lado y considerando por el otro el estado de la opinión de
gobernantes y del público en general. No es un pequeño desafío.
En tiempos normales el
liderazgo institucional judío se constituye con el servicio voluntario, apoyado
por profesionales idóneos, de personas que sienten el deber de “hacer algo por
el conjunto” y por sus propios sentimientos y afiliaciones. Hay en el mundo de
las instituciones un verdadero “cursus honorum” con no pocas ambiciones en
juego. Llegar a una presidencia importante es vivido como un casi
ennoblecimiento dentro de la comunidad, despertando asimismo la atención de la
sociedad en general. Las responsabilidades en tiempos comunes pueden ser algo
gravosas, pero se compensan en el sentir del dirigente con el reconocimiento y
los honores que recibe. Cuando estalla una crisis seria, el cuadro cambia y los
grupos de líderes se ven obligados a tomar decisiones y asumir riesgos que
muchos preferirían no enfrentar. Es el momento de los actos que requieren
coraje moral para lidiar con las correntadas adversas.
Lo que debe demostrar el
líder es claridad de pensamiento y autoridad para guiar a su comunidad. La
defensa de los legítimos intereses judíos no tiene que entibiarse por un afán
de complacencia con ningún poder hostil, temporal o permanente. El arma
esencial del liderazgo judío es su independencia. La misión no es “quedar bien”
o ser “políticamente correcto”, sino establecer la verdad de lo que está
ocurriendo en el Cercano Oriente y en todo el mundo.
Es probable que un líder decidido
pueda encontrarse en su propia comunidad con reticencias por temor al “qué
dirán” los poderes y los vecinos con los que se convive a diario. La historia
judía demuestra que la mansedumbre por temor o conveniencia no elimina los
peligros. Solo las respuestas dignas, firmes y resueltas crean conciencia de
los problemas dentro de la comunidad y eventualmente respeto fuera de la misma.
En sociedades libres y abiertas no hay por qué atenuar la solidaridad con
Israel, porque lo que está en juego no es la política de un gobierno, sino la
vida misma del Estado judío. El sionismo es la idea de la que surgió Israel;
los que lo atacan disfrazan su intención de aniquilarlo, negando una
legitimidad que es cronológicamente mil años anterior al cristianismo y mil seiscientos
años al islamismo.
En América Latina en
particular la catarata de condenas de Israel tiene el efecto aberrante de
colocar al continente del lado de la yihad terrorista, siempre que quienes la
combatan sean los israelíes, aunque el silencio sepulcral ante lo que ocurre en
Siria, Irak,Sudán y otros lugares del mundo habla de una sospechosa
neutralidad. No es imposible que la prosperidad económica que han disfrutado
los países de la región en la última década, se atenúe. Ya existen síntomas de
inestabilidad social que pueden necesitar del “chivo expiatorio” clásico. Como
consecuencia de los hechos del Cercano Oriente la vulnerabilidad judía es
mayor.
Sin embargo, hay que
reconocer que la gran mayoría de los ciudadanos judíos se manifiesta por Israel
públicamente y a veces interpela a dirigentes más cautelosos o tímidos. Tienen
conciencia de la unidad de destino del pueblo y del Estado judíos y si es
necesario empujan a los líderes. Han habido también algunas voces no judías
decentes que no se sumaron a la diatriba global antiisraelí aunque quedaron
ahogadas por el tumulto antisemita. El erudito catedrático de Yale Paul Kennedy
publicó hace poco un artículo en que sostiene que “el mundo está desquiciado”.
La tarea del liderazgo judío es mantener a su gente libre de esta locura.
Sensatez y coraje lo conseguirán.